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EL NIÑO DEL FAIRY

nov 18, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en «Rubio de bote», colaboración quincenal en magazine ON (diarios Grupo Noticias)

 

 

Al humor, en general, no se le toma en serio. Se ha hablado poco del niño del Fairy, el muchacho que en una de esas conexiones para algún telediario en las que un reportero cubría una protesta estudiantil en Catalunya, mostró a la cámara, de manera magistral —dominando el tempo, la mueca, adueñándose desde su esquina de figurante del plano — un bote de Fairy, ya saben, esa arma de destrucción masiva que, según el por entonces delegado del gobierno Enric Millo, fue utilizada como trampa durante el referéndum del 1 de octubre para hacer resbalar a los antidisturbios (esos sufridos trabajadores a los que los alborotadores acostumbran a agredir golpeándoles con la cabeza las porras).

El niño del Fairy, con su performance, rompió el código. Sin abrir la boca. No tuvo que gritar “¡Prensa española manipuladora!” para desautorizar al periodista. Nadie recuerda, en realidad, qué dijo el periodista. Y si el niño del Fairy pudo hacer eso fue amparado por otro código, por el mismo escudo invisible que protege o ha protegido secularmente al bufón, a la voz literaria narrativa o al ventrílocuo.  Siempre me han admirado los ventrílocuos, la carta blanca de sus muñecos para decir barbaridades que si las dijese el artista con la boca en lugar de con el estómago lo llevarían a prisión o al hospital. Es el hecho de hablar con el estómago lo que da prestigio al ventrílocuo. En la antigüedad se creía que quienes hablaban con el estómago —pitonisas o sacerdotes que desvelaban los oráculos— alojaban en él las voces de los muertos. Y eso explica el mal rollo que generaban, por ejemplo, antes que los muñecos de trapo, tipo José Luis Moreno —en ese caso el mal rollo no era culpa de los muñecos—, los guiñoles de madera vintage; circula incluso una leyenda urbana  que habla de un ventrílocuo, Edgar Bergen, que utilizaba para sus números la momia de su hijo. Es, claro, una fake new  —que en castellano se dice patraña—, pero con esos precedentes tampoco es raro que exista incluso una fobia a estos muñecos, la automatonofobia, o que hoy apenas queden ya ventrílocuos. Lo cual no quiere decir que no existan. ¿Qué es sino pura ventriloquía un debate electoral? El problema es que cuando no se ve al ventrílocuo —al IBEX 35, la CEOE, la conferencia episcopal, las fuerzas armadas…— los chistes no hacen gracia, solo provocan pavor y más automatonofobia.

En el caso de los bufones, todavía es peor. Los bufones reales servían para que los monarcas tuvieran los pies en el suelo. Un buen bufón tenía que decir lo que el rey no quería oír. Y cuanto más déspotas eran un rey o un gobernante más necesitaban a su bufón.  Y más lo estimaban.  Hoy en día, por el contrario, los bufones reales están domesticados, son solo aduladores, lacayos, palanganeros, prensa rosa o al rojo vivo…

Por no hablar de la literatura, pues ya es algo comúnmente aceptado no distinguir al autor del narrador (sin ir más lejos, hace unos días un sindicato policial pidió en una denuncia que declarara un grupo musical, Manel, porque en un programa de televisión habían hecho una parodia ofensiva, en su opinión, usando como base una de las canciones de dicho grupo, lo cual es rizar ya el rizo).

Solo una sociedad, en fin,  cada vez más embrutecida y menos culta puede prescindir de la espita del humor. Necesitamos más bufones, más ventrílocuos, más guerras de tartas, más pistolas que hagan ¡Pum! con letras escritas sobre un trapo blanco. Y otro día se puede debatir si el humor sirve realmente para cambiar algo, pero lo que es incuestionable es que — al contrario que todo lo demás, que tampoco parece solucionar mucho— con apariciones como la del niño del Fairy al menos te echas unas risas.

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