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500 gotas en el grifo del tiempo

abr 24, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 

 

Publicado en el número 500 de ON, magazine semanal de los diarios de Grupo Noticias (22/5/2017)

Hoy este semanario cumple quinientos números, una cifra importante tratándose de una revista de papel. Del mismo modo que la televisión mató a la estrella de la radio, internet desliza sus dedos de éter sobre la prensa escrita borrando poco a poco la tinta de las cabeceras de los periódicos.

O eso dicen.

A menudo me asalta una idea para un relato futurista o apocalíptico.  Me imagino una vieja librería o una biblioteca abandonadas y, entre sus ruinas, a un ermitaño, que,  alejado del mundanal ruido de las redes sociales y las nuevas tecnologías,  sobrevive  entre pilas de libros y discos. El hombre es una especie de yogui, que puede alimentarse solo de ellos, de los campos de fresas que encuentra entre sus surcos o de los dinosaurios que velan su sueño tumbados sobre dos líneas entre las páginas de un cuento. En el exterior, de todas maneras, el resto de humanos tampoco come cosas mucho más saludables que celulosa o vinilo. Por ejemplo, ya no quedan vacas sobre la faz de la tierra, porque se las han llevado todas a una megagranja en Soria y les han puesto wifi en las tetas.

Vale, no sé si es un relato con muchas posibilidades.

Lo que yo quiero decir es que a veces me siento como un ser de otra época (una época en el que, por ejemplo, se escuchaban los discos enteros, los chavales no querían ser youtubers sino formar grupos de rock o en la que las personas se avergonzaban de su ignorancia en vez de exhibirla orgullosas).  Sentirse parte de un mundo que desaparece en realidad no tiene nada de particular, es ley de vida: nuestros abuelos vieron cómo sus pueblos se sumergían en pantanos que nos liberarían de la pertinaz sequía y a nuestros nietos les contaremos qué inmenso placer era sentarse un domingo soleado por la mañana en una terraza a tomarse un marianito  mientras leías el periódico. Todos, en fin,  nos tendremos que tragar nuestros propios recuerdos diluidos por el cloro en el grifo del tiempo.

Lo que me inquieta es saber si siempre el ser humano ha sentido la misma duda  aterradora que a mí me asalta ahora; si a lo largo de toda su historia se ha preguntado si tal vez el mundo que deja a quienes ha dado la luz será más oscuro.  Para alguien que como yo, a pesar de todo (a pesar, por ejemplo, de la entrevista de Bertín Osborne a José María Aznar), cree en el progreso de la civilización, la respuesta es que no, que la especie humana por naturaleza mejora en cada generación y, aunque de manera tal vez desesperadamente lenta, hace del planeta que vive un lugar más habitable y más justo. Visiones catastrofistas las ha habido en cada nueva era, con cada gran invento que ha cambiado el curso de la historia, como el fuego, la imprenta o los preservativos, es cierto, como lo es que al final no ha sido para tanto. La televisión, por ejemplo, es solo una presunta asesina, pues para muchos de nosotros el medio de comunicación y entretenimiento al que más recurrimos, aunque sea solo como un ruido de fondo, es la radio, cuya estrella sigue brillando con fuerza. Pero también es cierto que en esos cambios de era nos hemos dejado a menudo muchos pelos en la gatera. La industrialización y el despoblamiento rural, por ejemplo, rompieron una relación de equilibrio y respeto con la naturaleza. Y en este tránsito de una cultura y un conocimiento adquiridos sólidamente por la vía escrita  a la modernidad líquida de la que hablaba Bauman, dominada por la imagen, la supervivencia de la prensa de papel, como este semanario que hoy cumple 500 números (¡zorionak!), creo que contribuye a un tipo de lectura que preserva determinados valores —reflexión, memoria, concentración…— que quizás eviten que en ese cambio de estados lleguemos alguna vez al gaseoso, en el que nos comuniquemos solo a través de eructos.

 

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