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RUBIO DE BOTE: DEFENSA PERSONAL

ene 21, 2014   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Foto: Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para salir a la calle a hacer osotogaris. Os recuerdo que hoy me estreno con Rubio de bote, mi colabotación en On, semanario del grupo Noticias




El pasado 4 de enero comencé a colaborar en el suplemento ON de los periódicos del Grupo Noticias (Deia, Diario de Noticias de Navarra, Gipuzkoa y Álava). Será una sección quincenal bajo el título Rubio de bote. Esta es el primer Rubio de bote:


DEFENSA PERSONAL

Es como esos romanos con gafas o con reloj o mirando el twiter en las procesiones de Semana Santa: cada vez que veo a un niño con kimono por la calle hay algo que no me cuadra, que me repele un poco. Supongo que también se trata de un trauma infantil. Yo soy de aquellos chavales a los que, a mediados de los setenta, nuestras madres nos apuntaban a judo por culpa de los navajeros. Era la época de las películas de quinquis, de los supermiriafioris, de la música de Burning y Los Calis, del miedo a salir de noche, de los yonkis domésticos, casi como de la familia, a los que conocíamos por su nombre de pila (el Toñín, se llamaba el nuestro) y que nos arrancaban a punta de cuchillo jamonero la medalla del niño Jesús, el anillo con sello o el reloj con números fosforescentes de la primera comunión. Que yo sepa ninguno de aquellos niños con kimono le hicimos nunca un osotogari a nuestros navajeros. Supongo que por eso odiaba el judo. Por eso y porque hasta el calentamiento yo, que soy de complexión tirillas, iba bien, resultaba divertido, los saltos, las caídas, pero cuando empezaban los combates me tocaba siempre contra algún niño con tetas que había merendado chorizo de Pamplona y entonces todo se volvía oscuro y me faltaba el aire, allá con la cara pegada contra un tatami que olía a babas y perineo sudado.
Y ahora va mi hijo y se me apunta a judo. Y le gusta. Y a mí me gusta que le guste. Y a veces incluso le dejo que vaya al gimnasio en kimono. En esas ocasiones, suelo aprovechar antes para hacer con él algunos recados, para ir a la caja de ahorros o recoger la factura de la luz del buzón, que es donde suele sacarme todavía de vez en cuando la faca el Toñín. Me he hecho un poco madre. Pero es que la cosa se ha puesto muy mala. Algunas veces también vamos, antes que al judo, a la tienda, y cada vez que me pongo a despegar bolsas en la cola de la caja, después de mirar el precio del pescado, de la fruta, de los preservativos, pienso en que sería una buena idea colocar desfibriladores en los pasillos de los supermercados.
Les regalo la idea porque tengo más. Es verdad eso de que la crisis es una oportunidad, de que la necesidad agudiza el ingenio y hay cientos de nichos de negocio. Por ejemplo,  “Manifiéstate”: una empresa dedicada a fabricar pancartas, silbatos, cacerolas, todo tipo de productos para protestar; con sus propias subdivisiones de negocio: una rama especializada en alquilar extras, dobles para las manifestaciones que se prevean de alto riesgo (es decir, casi todas); con un personal adiestrado en esquivar porras, eludir multas, inmovilizar antidisturbios…  Hay más negocios de éxito: los pupitres- litera, que además tendrían uno de sus mejores clientes, o incluso el único, en la propia administración y su monopolio del amontonamiento de niños en las escuelas públicas.

Y el judo. El judo es el futuro. Ya está bien de tanto inglés y tanto twiter, amigo romano. Pensándolo bien todos deberíamos salir a la calle en kimono, en ropa de combate, y aprender a hacer llaves, osotogaris  a los navajeros en los bancos y en las oficinas de las eléctricas y en los plenos parlamentarios. Es una cuestión de pura defensa personal. Ah, qué bonito sería, si nuestros contrincantes no tuvieran las tetas tan gordas. 


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