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E.T. SUBIENDO POR LA CUESTA DE SANTO DOMINGO

mar 29, 2013   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Mi colaboración de este mes para blogsanfermin.com
Por entonces yo vivía en la Rotxapea, no es como ahora que técnicamente no soy pamplonés (ahora vivo en Sarriguren), pero ya entonces empezaba a ver las fiestas un poco desde fuera, o más bien era al revés, ellas me veían a mí como un intruso. Me di cuenta el día que alguien nos invitó a ver el encierro en un balcón de Santo Domingo y subimos andando por la cuesta. Yo llevaba a mi hijo colgado a la espalda en una de esas mochilas para padres guais. H tendría unos 8 meses, su cabeza era una pelotica y era lo único que se le veía asomando por ahí atrás, eso y sus dos ojos, enormes y mirándolo todo, como dos periscopios
—¡Un niño, un niño! —le señalaba la turba que esperaba a que dieran las ocho, envuelta en una manta sucia e invisible que olía a vino, tabaco, sobacos insumisos, pedos nucleares y anónimos entre la multitud, serrín de los bares…
—¡Un niño, un niño! —repetían los que se volvían a mirar, con los ojos como surtidores de  kalimotxo y sonrisas psicotrópicas.
Parecía que  en lugar de un niño H fuera un extraterrestre, o la Barcina quitándose la peluca de rastas, o Moisés atravesando el mar rojo (porque lo cierto es que a nuestro paso la calle se despejaba milagrosamente). Toda aquella chavalería podía pasarse días (o más bien noches, yo recuerdo sanfermines de vampiro en que la única luz que vi fue la de los bares y la de los mecheros) sin cruzarse con un niño. Yo por el contrario veía niños a todas horas, niños cagando, niños llorando, niños pidiendo a gritos biberón (por entonces solo tenía un hijo, pero es que era muy movido).
Los niños, en definitiva, estaban desterrados de la noche y del vocabulario de los menores de treinta años, quienes tampoco tenían ni idea de que existían otros sanfermines, los sanfermines de día, los sanfermines en Salou, los sanfermines con silleta… Una puta mierda todos ellos, una excusa, lo que dice uno para consolarse cuando se ha hecho viejo. No hay nada que se pueda comparar a tener veinte años y salir a quemar la ciudad, a beberte hasta el agua de los floreros, a follar como un jabato (ah, no, esto no, siempre se me escapa, siempre se me olvida que estamos en Pamplona). Claro que ahora no me metería en una máquina del tiempo ni loco, me quedo con mis extraterrestres y sus periscopios y con mis sanfermines de forastero sarrigunense. Pero comparable, lo que se dice comparable a aquellos sanfermines, nada. A mí que no me jodan.

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