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Frase corta que te apunta a ti: Historia universal de los hombres gato, de Josu Arteaga. MIGUEL ÁNGEL MALA

dic 3, 2012   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Extraigo de Factor Crítico esta reseña que Miguel Ángel Mala hace de ‘Historia universal de los hombres gato”, la novela de Josu Arteaga para la que escribí el prólogo (que Mala cita en estas líneas de abajo):

Gato: (del lat. cattus) 1 m Mamífero carnívoro de la familia de los félidos, digitígrado, doméstico, de unos cinco decímetros de largo desde la cabeza hasta el arranque de la cola, que por sí sola mide dos decímetros aproximadamente; cabeza redonda, lengua muy áspera, patas cortas; pelaje espeso, suave, de color blanco, gris, pardo, rojizo o negro. Es muy útil en las casas como cazador de ratones. Diccionario de la RAE, 1992.

Un análisis del título del libro revela que el autor ha leído a Borges, o al menos que podría haberlo leído o que conoce su ‘Historia universal de la infamia’. Porque escribir una historia universal, aunque trate sobre una aldea de pocas decenas de habitantes como Olariz, es en sí mismo algo pretencioso y desproporcionado. De hecho, Borges tituló así su librito de biografías porque resultaba cómico querer abarcar algo por entero, eso que los enciclopedistas franceses pusieron de moda y que muchos otros han continuado.

Existen historias universales sobre casi cualquier cosa, incluso sobre la literatura, sí, y lo llaman Literatura Universal y se quedan tan anchos. Y se lee en los congresos: Literatura Universal Comparada, o La Poligénesis de la Literatura Universal, o Introducción a la Literatura Universal. Y a uno le dan ganas de reír, porque una verdadera Introducción a la Literatura Universal no puede durar una hora y media con un turno de preguntas de cierre.

Y por eso Josu Arteaga ha escrito una ‘Historia universal de los hombres gato’ en la cual, utilizando esas enumeraciones caóticas que a Borges tanto le gustaban, se pasa revista a los gatos pardos, a los gatos monteses, a los gatos tuertos o a las lenguas de gato, entre otros tipos y subtipos y fenotipos de gatos y sus cualidades. ¿Y qué representan estos animales para Josu Arteaga? A juzgar por el texto, creo que la parte más salvaje, instintiva, sincera y brutal del ser humano. Una parte que no se deja domesticar mediante castigos o alabanzas, chantajes ni manipulaciones. Algo que en los pueblos queda al aire libre, como si dijéramos, mientras que en las ciudades está escondido.

Así, las perversidades del narrador y coprotagonista, Fernando Amescoate, se suman a las de todo un pueblo, de alma negra pero también sincera hasta un punto animal, falta de atavío, de perifollo o vestimenta. Una raza maldita que sin embargo conoció tiempos mejores en los que el agua bajaba limpia por los arroyos y ciertas reglas aún se respetaban, reglas que no tenían mucho que ver con el hombre sino con la tierra, reglas cuyo mayor representante fue Arsenio Aguirre Solozábal, El Indiano, al que achacaban muertes que no fueron suyas y del cual Fernando aprendió casi todo lo que tenía que saber. Y pese –o quizás gracias– al monstruoso entramado de bestialidades que emparenta a sus habitantes, dice de ellos:

Que sepan que fuimos libres. Que sepan que morimos antes que entregarnos. Como la vieja Numancia de la que supimos por la escuela.

Patxi Irurzun califica de neotremendismo el estilo de la obra, cosa que me parece muy razonable, y lo relaciona con mi primer libro, ‘La cruz de barro’, cosa que me agrada todavía más porque ambos comparten la misma idea generatriz, esa autenticidad del medio rural frente al alma postiza de las ciudades. Como Josu, sentí la necesidad de hablar sobre un mundo que me parecía fascinante, en el que las historias poseían el sabor del pecado original, del barro y del aceite rezumando por los bordes de la tina de almazara. Olariz y Garmaz forman parte de un mismo universo, aunque una sea navarra y la otra castellana.

Y el marco temporal también las aproxima, pues ambas comienzan antes de la guerra civil y terminan en la actualidad, señalando el paso de un mundo antiguo que apenas había sufrido transformaciones en cientos o miles de años a otro moderno, marcado por el agua corriente, la electricidad, el cloro de las piscinas y el asfalto de las urbanizaciones.

En cierto modo, si se atiende a la atmósfera semifantástica y al marco temporal, comparten el ADN de ciertos libros que surgieron en la pasada década, como ‘Los girasoles ciegos’ de Alberto Méndez, y pillan de refilón el tema de la guerra civil y las dos Españas, tan presentes en la polémica carlista. Y como Los girasoles ciegos o La cruz de barro, Historia universal de los hombres gato es un libro difícil de clasificar genéricamente. «Novela, dicen algunos», señala Josu Arteaga de su propio libro, y lo mismo se podría achacar a las otras dos.

Pero para mí, todas ellas son libros de cuentos. Cuentos relacionados, que comparten personajes y amplían historias ya tratadas en otros anteriores pero cuentos al fin y al cabo, dotados de autonomía y eficacia singular. Claro que las editoriales prefieren que se califique de «novela» a un libro como Los girasoles ciegos, porque decir que es una colección de relatos descarta a muchos lectores. Tanto da.

Cuestiones genéricas aparte, el estilo de Josu es coherente con la sequedad del alma de los habitantes de Olariz, marcando las frases de forma tan contundente que a veces parecen martillazos en una fragua. Son sentencias tan bien cortadas como los sillares de una iglesia, cimentando una construcción que avanza con la rotundidad de un pánzer sobre las verdes praderas francesas. «En Olariz la vida y la muerte se entienden a nuestra manera», dice. «Todo nace y todo muere», dice. «Sin más».

Así ha sido desde el primer amanecer. Para hombres y animales. Sin distinción. La vida es nieve primeriza. La muerte es nieve pisada. Ambas son lo mismo. Blanca y pura cuando se posa. Barro que desaparece en el barro, cuando el invierno muere bajo un sol que nace.

Frases cortas que apuntan al corazón del lector, inoculándole el veneno de la narración en dosis exactas para que no muera hasta el último momento, cuando ya esté todo dicho y no haga falta más que el silencio para que la obra fragüe.

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