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REENCUENTRO (Cuento sanferminero)

jul 8, 2011   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Foto: © Mikel Lasa

Había pedido un café con leche. El café consigue limpiarme el estómago cuando he bebido mucho. Eran las cinco y media de la mañana y entraba a currar dentro de tres cuartos de hora. Se trataba de los primeros sanfermines en que trabajaba y estaban resultando duros. Solía ir a la fábrica tras haber pasado toda la noche de juerga, aguantaba como podía y luego regresaba a casa, donde comía y me echaba a dormir unas horas. Después volvía a beber. Era como un torbellino contra el que había que luchar para no perder el equilibrio.

La cafetería estaba cerca delas barracas, un tanto alejada por tanto de la vorágine de callejuelas asfixiantes del casco viejo, y, por eso, no había demasiada gente, aunque la suficiente para sentirse afortunada disponiendo de un asiento. Desde el exterior se filtraban las luces intermitentes de los espectáculos, los aullidos de sus sirenas y un inconfundible olor a fiesta, amalgama de vino, sudor, fritada y orina. Dentro se agolpaban rostros desencajados, cuerpos derrumbados sobre las mesas, dormitando entre cerveza derramada, cigarrillos humeando entre los dedos, algún grupo carcajeándose… Quienes estaban junto a la barra bailaban, o cantaban, o decían tonterías con voces resquebrajadas por la borrachera. Yo estaba sola. Mis amigas se habían ido hacía unos diez minutos para continuar la fiesta en alguna peña donde bailar y beber. Hacía un rato un gracioso había intentado hacerme compañía, pero resultaba demasiado grosero y apestaba a tendido de sol. Hubo de largarse aburrido por mi indiferencia. De repente, poco antes de que le diera el último trago al café apareció él. Todavía recordaba su nombre: Kiko. Había estado enamorada de él durante todo un año, en el instituto, cuando fuimos juntos a clase. Él parecía corresponderme pero era un muchacho enfermizamente tímido y nunca fue capaz de decirme nada, aunque yo le diera más de una oportunidad. Después Kiko se fue a la universidad y todo se desvaneció. Ahora, como un puñetazo en el estómago, los sentimientos se reanimaban en agónicas boqueadas.

Kiko entró tambaleándose, sucio, con un enorme Calimero de peluche a los hombros, un sombrero bombín, dos o tres muñecos de goma colgando de la faja y una pistola de agua asomando en el bolsillo derecho de su pantalón. Tenía aspecto de haber ido a los toros: una toalla rodeaba su cuello, la blusa de peñas aparecía tintada de sangría, el trasero ennegrecido, y los pantalones remangados dejaban ver unas pantorrillas peludas salpicadas con grumos de harina endurecida. Se acercó a la barra y llamó la atención del camarero disparándole unos chorritos de agua con la pistola. Le acertó justo en una oreja. El camarero, algo malhumorado, se acercó a él.

—Una caña para y otra para el pollo— dijo Kiko.

Había sentado al Calimero sobre la barra, a su lado. Quienes estaban a su alrededor rieron. Le sirvieron, sin embargo, sólo una cerveza. Kiko volvió a disparar al camarero. Le dio en un ojo.

—Oiga, estoy trabajando —protestó.

—¿Sí? Pues que suerte; yo estoy en el paro —Kiko le dió dos tragos a su cerveza—. Mi pollo quiere una caña —añadió.

El camarero sirvió otra.

—¿Está rica, pollito?

Kiko derramó la cerveza por la boca de su Calimero. La gente se reía. Una vez que hubo vaciado el vaso, se bebió el suyo, pagó y volvió a aupar al pollo sobre sus hombros. Al volverse me vio.

— !HOMBRE, MARINA! —gritó.

También él se acordaba de mi nombre. Y ahora todo el bar lo sabía. Me acaloré un poco, pero conseguí superarlo. Yo también estaba un poco borracha.

— !MIRA POLLO, ESTA ES MARINA !

Kiko bajó el muñeco de sus hombros y lo acercó a mi cara. Le di dos besos. Estaba empapado de cerveza. Kiko, sin embargo, no me besó.

—¿Qué haces?

Bajó el tono de su voz. Se había dado cuenta de que me sentía incómoda con todos los ojos de la cafetería clavados en nosotros dos.

—Nada, desayunar. Dentro de veinte minutos entro a trabajar —contesté— ¿Y tú?

—¿Yo? Beber. Este, que es un borracho…— señaló al peluche y después, serio, algo triste, se quedó mirándolo fijamente.

—¿Acabaste la carrera?

—Sí, pero nada. Estoy en el paro —volvió a mirar al muñeco— ¿Verdad, pollo?— Kiko deslizó su mano hasta la nuca del Calimero y balanceó su cabeza de adelante a atrás. Después, con una voz atiplada, como de niño, dijo:

—Verdad, sin un duro.

De repente levantó los ojos, los clavó en los míos y me dijo:

—¿Sabes? En el instituto tú me gustabas.

—Tú a mí también —contesté precipitadamente.

En una ocasión aguardé todo un año para oír eso. Miré el reloj. Ahora ya no había tiempo: eran ya la seis.

—Tengo que irme —le hice saber.

Se puso en pie, con el Calimero entre los brazos, y salimos de la cafetería.

—¿Por dónde vas?

Señalé la fábrica, a lo lejos. Él se encogió de hombros.

—Por allí no hay bares —acercó otra vez el muñeco a mi cara.

—Dale un beso de despedida a Marina.

Besé otra vez al peluche. Kiko no me besó.

—Adiós —me despedí.

—Adiós, guapa —contestó.

Pero hablaba el pollo de nuevo. Él me miró, sonrió y se dio la vuelta. Comenzó a caminar en dirección contraria a la mía, tambaleándose y hablando con el pollo. Unos metros más adelante se detuvo, sacó la pistola del bolsillo, la acercó a su sien y disparó. Kiko se derrumbó sobre la acera, agarrado con fuerza, casi con desesperación, a su pollo de peluche.

Cuentos sanfermineros, Patxi Irurzun (Altaffaylla kuktur taldea, 2005)

Otros cuentos sanfermineros:

Ese Tocho

Fiambre

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