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PEQUEÑA GUÍA LITERARIA SANFERMINERA

jul 8, 2011   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Hoy en Diario de Noticias publican esta colaboración en la que repaso (o casi enumero) los libros de ficción que han utilizado los sanfermines como material literario. Como suele suceder en estos casos seguro que no están todos los que son; agradeceré nuevas aportaciones. Buena parte de la información la he conseguido (o la he saqueado) gracias a la ayuda de los amigos de blogsanfermin.com.


FIESTA MÁS ALLÁ DE HEMINGWAY
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Patxi Irurzun

VIENDO a algunos guiris en San Fermín escalar la fuente de Navarrería, hacer un calvo y lanzarse temerariamente desde varios metros de altura en brazos de otra cuadrilla de guiris igualmente empapados en kalimotxo -por dentro y por fuera- resulta difícil imaginarlos leyendo Fiesta de Hemingway, Plaza del Castillo de Rafael García Serrano o The drifters, de James A. Michener (que en su edición castellana tiene una traducción algo más carpetovetónica: Hijos de Torremolinos). No, la mayoría de ellos, y de los pamploneses en realidad, seguramente no hayan leído ninguno de esas novelas ambientadas en los sanfermines, pero es algo comúnmente aceptado que estos se internacionalizaron gracias a un libro: The sun also rises (Fiesta) la famosa obra de Hemingway; o más bien, al personaje que de sí mismo interpretó o le obligaron a interpretar al Premio Nobel, convertido en Pamplona en una postal, un souvenir, una estatua apoyada sobre la barra de un bar o el desdibujado modelo original de un concurso de dobles. Un anzuelo turístico, en definitiva, perfecto, con varios cebos irresistibles para jóvenes de todo el mundo sedientos de aventuras y sangría: alcohol, sexo, adrenalina…

En Fiesta (1927), sin embargo, hay casi más páginas que transcurren lejos de Pamplona y de los sanfermines que en estos, pero la selva del Irati, a donde Hemingway iba a curarse las resacas, no se superpuebla cada verano de pescadores de truchas venidos de todo el mundo. Pamplona y sus actuales fiestas deben mucho al escritor norteamericano, es cierto. Él «descubrió» al mundo el chupinazo («El domingo seis de julio a las doce del mediodía explotó la fiesta») o los encierros (algo exageradamente, eso sí: en algunas de sus crónicas periodísticas afirmaba que los toros entraban en la plaza a ¡180 kilómetros por hora!, y eso ni los Fórmula 1, que también enfilaron el callejón en 2008 para un spot televisivo). Pero Hemingway no ha sido el único ni siquiera el primero que ha glosado los sanfermines en una obra de ficción.

Hombres-pulpo, pochas y txistularis

El neoyorkino James A. Michener en su novela The drifters (1971) cuenta las peripecias de seis jóvenes expatriados que vagabundean por diferentes países y lugares: Mozambique, Marruecos, Portugal… y que en plena efervescencia hippie, también pasan por Pamplona durante los primeros y agitados días de julio de 1969. Michener no es Hemingway, «solo» un Premio Pulitzer, pero su novela fue en un auténtico superventas de la época en muchos países y además contiene muchos de los ingredientes necesarios para convertirse en una biblia mochilera: sexo, droga y rocanrol, que en su versión sanferminera se convierte en hombres-pulpo, alubias pochas y txistularis. Sin embargo, entre nosotros The drifters es una obra desconocida, probablemente gracias al título que la editorial Plaza y Janés le adjudicó en la edición española de 1973 y que invita más a pensar en una película de Mariano Ozores: Hijos de Torremolinos (Torremolinos, o sus bares, donde el autor vivió algunos años, es el lugar en el que se conocen los seis protagonistas del libro).

Algunos años más tarde, a finales de los setenta, sitúa el sueco Hans Tovoté parte de su novela Las bodas de Pamela (1998), en concreto durante los sucesos de 1978, cuando las fiestas fueron trágicamente interrumpidas con la muerte del joven Germán Rodríguez por disparos de la policía, tras irrumpir ésta en tropel en la Plaza de Toros durante la segunda corrida de feria. Tovoté, que lleva visitando Pamplona y sus fiestas desde 1960, se siente capacitado para dar un paso adelante y ambientar su obra de principio a fin en los sanfermines -no solo unos capítulos de la misma- y desde el punto de vista de un pamplonés, alejándose del viajero anglosajonamente perplejo que ve los toros desde la barrera.

Un sueco haciéndose pasar por peteuve. Y es que los autores autóctonos tal vez hayan interiorizado demasiado o demasiado tiempo aquello de que los sanfermines son unas fiestas sin igual, una colección de «momenticos» difícilmente explicables con palabras. «Narrar las fiestas de San Fermín es tarea imposible», tira la toalla Alfredo Fraile Filare en la primera línea del prólogo a su Catorce cuentos sobre San Fermín (1990). Y continúa: «Aunque plumas de muchos perifollos han intentado siquiera reflejar el ambiente, el clima, solamente el aire de la calle, todo ha resultado palidísimo destello de una realidad inaprehensible». No sabemos si entre esos perifollos se incluye a Rafael García Serrano, con su Plaza del Castillo, o a Félix Urabayen con El barrio maldito, escritores ambos de obra consolidada y con varias líneas en los manuales de literatura.

‘Plaza del Castillo’ y ‘El Barrio maldito’

Félix Urabayen se adelantó dos años a la Fiesta de Hemingway con El barrio maldito (1925) y fue por tanto el primero que se atrevió a ambientar una obra de ficción en las fiestas de Pamplona. Su obra, una estampa costumbrista del Valle de Baztan y de sus personajes, como la misteriosa y marginada raza de los agotes, los contrabandistas, etc., dedica tres capítulos a las fiestas de Pamplona, que conoce bien, de modo que mientras que en Fiesta son solo el ring con un público local al fondo sobre el que combaten los conflictos morales del boxeador Robert Cohn, en la obra del navarro Urabayen los sanfermines adquieren protagonismo en sí mismos: los encierros, las danzas y canciones típicas… A pesar de esta visión aparentemente tradicionalista, Urabayen fue un hombre de izquierdas: consejero de Cultura en el Gobierno de Azaña, sufrió cárcel al acabar la guerra, y, gravemente enfermo, murió un año después (1942) de salir de prisión, siendo su obra olvidada y silenciada durante años.

Al nombre del pamplonés Rafael García Serrano, por el contrario, se cuelga casi automáticamente el lastre de escritor falangista, porque lo fue e hizo gala de ello en sus obras («Mi amigo requeté», lo llamaba Hemingway), pero su obra Plaza del Castillo (1955) seguramente sea, con permiso del norteamericano, la novela sanferminera de mayor aliento literario: «Emilio, el mejor camarero del mundo, le trajo el vermú y aquellas aceitunas gordas como cupletistas», escribe, por ejemplo. Plaza del Castillo narra las fiestas de 1936 (que entonces duraban desde el día 6 hasta el 19 de julio) y paralelamente los prolegómenos y las primeras horas del alzamiento militar, contado desde las filas del bando ganador.

Salvando todas las distancias con la tragedia de la guerra civil, la muerte sobrevolando unas fiestas tan vitalistas como estas es algo también recurrente en otras obras más recientes, como Las lágrimas de Hemingway (2005), de Reyes Calderón o Un extraño lugar para morir (2010), de Alejandro Pedregosa, ambas novelas de género negro, con crímenes misteriosos de por medio aprovechando el tumulto sanferminero. En el libro de Alejandro Pedregosa, autor casado con una pamplonesa, un escritor aparece muerto en una habitación del hotel La Perla, el mismo en el que se alojara el inevitable Hemingway durante algunas de sus estancias en Pamplona. Un inspector local, de nombre Uriza se encarga del caso, algo que comparte con Reyes Calderón, quien coloca en su novela a otro comisario autóctono de nombre Juan Iturri al frente de la investigación de una muerte por cornada de miura que acaba derivando en asesinato por sobredosis de ketamina.

El cuento sanferminero

La muerte y la vida, el día y la noche, el vino y la sangre… Todo se confunde durante los sanfermines, unas fiestas llenas de contrastes y contradicciones, como ya bien señalara Pío Baroja (a quien no se puede decir que estas fiestas encantaran, precisamente) en Juventud, egolatría (1917): «Entonces y después, una de las cosas que me parecieron ridículas fueron las fiestas de Pamplona. En Pamplona había una mezcla de brutalidad y de refinamiento verdaderamente absurda. Durante unos días se iba a las corridas, y después, de anochecer, se recibía con luces de bengala a Sarasate. Un pueblo rudo y fanático olvidaba una fiesta de sangre para aclamar a un violinista».

Es esa esquizofrenia, esas dos caras de la moneda y de la condición humana las que, en mi opinión, convierten a los sanfermines en fiestas universales y ofrecen todas las condiciones para elevar la materia narrativa que proporcionan a subgénero literario, como aventuré en el prólogo a Cuentos sanfermineros (2005), mi modesta y actualizada aportación a la literatura sanferminera: relatos protagonizados por piesnegros con perro y flauta, por adolescentes-croqueta, por porteros de Osasuna y alcaldesas enredados en un affaire sexual, por guiris que no han leído a Michener ni a Hemingway y que se lanzan de cabeza desde la fuente de Navarrería… O, también, por barrenderos (la otra cara de la moneda: quienes trabajan en San Fermín), como el que protagoniza mi novela ¡Oh , Janis, mi dulce y sucia Janis! (2011) en la que varios capítulos transcurren igualmente durante las fiestas de Pamplona y en la que aparecen escenarios y ambientes que comparte con otra novela publicada este año: A las 12, en el Iruña, de Pedro Pastor Arriazu, quien dice que «la esencia de los Sanfermines es meterse en ese barullo infecto de Jarauta». Si hay, en definitiva, cuentos de fantasmas o de fútbol no parece descabellado reivindicar los cuentos de San Fermín.

Los sanfermines son el tablado perfecto para el gran teatro del mundo y de la vida, ofrecen miles de situaciones y vivencias, de estampas rocambolescas, coloridas, ridículas, épicas, se convierten en un rito de iniciación para miles de adolescentes, en su primer contacto con el sexo, el alcohol y las drogas, con el relente de la mañana o con el aliento de la muerte a la espalda. Materia literaria prima que transciende lo local y que permite todos los puntos de vista: la irreverencia, el humor, la tragedia, la novela negra o erótica… Hay, en definitiva, miles de sanfermines ahí fuera, tantos como personas que lo viven, y todavía tan solo un puñado de obras de ficción escritas. Hay vida literaria más allá de Fiesta.

http://www.noticiasdenavarra.com/2011/07/08/especiales/sanfermines-2011/39fiesta39-mas-alla-de-hemingway

REENCUENTRO (Cuento sanferminero)

jul 8, 2011   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Foto: © Mikel Lasa

Había pedido un café con leche. El café consigue limpiarme el estómago cuando he bebido mucho. Eran las cinco y media de la mañana y entraba a currar dentro de tres cuartos de hora. Se trataba de los primeros sanfermines en que trabajaba y estaban resultando duros. Solía ir a la fábrica tras haber pasado toda la noche de juerga, aguantaba como podía y luego regresaba a casa, donde comía y me echaba a dormir unas horas. Después volvía a beber. Era como un torbellino contra el que había que luchar para no perder el equilibrio.

La cafetería estaba cerca delas barracas, un tanto alejada por tanto de la vorágine de callejuelas asfixiantes del casco viejo, y, por eso, no había demasiada gente, aunque la suficiente para sentirse afortunada disponiendo de un asiento. Desde el exterior se filtraban las luces intermitentes de los espectáculos, los aullidos de sus sirenas y un inconfundible olor a fiesta, amalgama de vino, sudor, fritada y orina. Dentro se agolpaban rostros desencajados, cuerpos derrumbados sobre las mesas, dormitando entre cerveza derramada, cigarrillos humeando entre los dedos, algún grupo carcajeándose… Quienes estaban junto a la barra bailaban, o cantaban, o decían tonterías con voces resquebrajadas por la borrachera. Yo estaba sola. Mis amigas se habían ido hacía unos diez minutos para continuar la fiesta en alguna peña donde bailar y beber. Hacía un rato un gracioso había intentado hacerme compañía, pero resultaba demasiado grosero y apestaba a tendido de sol. Hubo de largarse aburrido por mi indiferencia. De repente, poco antes de que le diera el último trago al café apareció él. Todavía recordaba su nombre: Kiko. Había estado enamorada de él durante todo un año, en el instituto, cuando fuimos juntos a clase. Él parecía corresponderme pero era un muchacho enfermizamente tímido y nunca fue capaz de decirme nada, aunque yo le diera más de una oportunidad. Después Kiko se fue a la universidad y todo se desvaneció. Ahora, como un puñetazo en el estómago, los sentimientos se reanimaban en agónicas boqueadas.

Kiko entró tambaleándose, sucio, con un enorme Calimero de peluche a los hombros, un sombrero bombín, dos o tres muñecos de goma colgando de la faja y una pistola de agua asomando en el bolsillo derecho de su pantalón. Tenía aspecto de haber ido a los toros: una toalla rodeaba su cuello, la blusa de peñas aparecía tintada de sangría, el trasero ennegrecido, y los pantalones remangados dejaban ver unas pantorrillas peludas salpicadas con grumos de harina endurecida. Se acercó a la barra y llamó la atención del camarero disparándole unos chorritos de agua con la pistola. Le acertó justo en una oreja. El camarero, algo malhumorado, se acercó a él.

—Una caña para y otra para el pollo— dijo Kiko.

Había sentado al Calimero sobre la barra, a su lado. Quienes estaban a su alrededor rieron. Le sirvieron, sin embargo, sólo una cerveza. Kiko volvió a disparar al camarero. Le dio en un ojo.

—Oiga, estoy trabajando —protestó.

—¿Sí? Pues que suerte; yo estoy en el paro —Kiko le dió dos tragos a su cerveza—. Mi pollo quiere una caña —añadió.

El camarero sirvió otra.

—¿Está rica, pollito?

Kiko derramó la cerveza por la boca de su Calimero. La gente se reía. Una vez que hubo vaciado el vaso, se bebió el suyo, pagó y volvió a aupar al pollo sobre sus hombros. Al volverse me vio.

— !HOMBRE, MARINA! —gritó.

También él se acordaba de mi nombre. Y ahora todo el bar lo sabía. Me acaloré un poco, pero conseguí superarlo. Yo también estaba un poco borracha.

— !MIRA POLLO, ESTA ES MARINA !

Kiko bajó el muñeco de sus hombros y lo acercó a mi cara. Le di dos besos. Estaba empapado de cerveza. Kiko, sin embargo, no me besó.

—¿Qué haces?

Bajó el tono de su voz. Se había dado cuenta de que me sentía incómoda con todos los ojos de la cafetería clavados en nosotros dos.

—Nada, desayunar. Dentro de veinte minutos entro a trabajar —contesté— ¿Y tú?

—¿Yo? Beber. Este, que es un borracho…— señaló al peluche y después, serio, algo triste, se quedó mirándolo fijamente.

—¿Acabaste la carrera?

—Sí, pero nada. Estoy en el paro —volvió a mirar al muñeco— ¿Verdad, pollo?— Kiko deslizó su mano hasta la nuca del Calimero y balanceó su cabeza de adelante a atrás. Después, con una voz atiplada, como de niño, dijo:

—Verdad, sin un duro.

De repente levantó los ojos, los clavó en los míos y me dijo:

—¿Sabes? En el instituto tú me gustabas.

—Tú a mí también —contesté precipitadamente.

En una ocasión aguardé todo un año para oír eso. Miré el reloj. Ahora ya no había tiempo: eran ya la seis.

—Tengo que irme —le hice saber.

Se puso en pie, con el Calimero entre los brazos, y salimos de la cafetería.

—¿Por dónde vas?

Señalé la fábrica, a lo lejos. Él se encogió de hombros.

—Por allí no hay bares —acercó otra vez el muñeco a mi cara.

—Dale un beso de despedida a Marina.

Besé otra vez al peluche. Kiko no me besó.

—Adiós —me despedí.

—Adiós, guapa —contestó.

Pero hablaba el pollo de nuevo. Él me miró, sonrió y se dio la vuelta. Comenzó a caminar en dirección contraria a la mía, tambaleándose y hablando con el pollo. Unos metros más adelante se detuvo, sacó la pistola del bolsillo, la acercó a su sien y disparó. Kiko se derrumbó sobre la acera, agarrado con fuerza, casi con desesperación, a su pollo de peluche.

Cuentos sanfermineros, Patxi Irurzun (Altaffaylla kuktur taldea, 2005)

Otros cuentos sanfermineros:

Ese Tocho

Fiambre

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