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VIAJES (IV): Port Moresby (Papúa Nueva Guinea)

jul 28, 2009   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment


En el viaje-odisea que cuento en Atrapados en el paraíso (con su Penélope y todo, esperando en Pamplona) la segunda parte del libro corresponde a Papúa Nueva Guinea, donde estuvimos un mes, la mayor parte de tiempo en el río Sepik, una auténtica autopista de agua (a falta de otros medios y vías de comunicación). La puerta de entrada a este país alucinante, sin embargo, es su capital, Port Moresby, desde la que escribí esta postal. La foto de arriba es de Eric Lafforgue, y si uno se fija bien, lo que esos hombres en apariencia tan primitivos llevan en la nariz es un CD, algo que explica muy bien el texto que sigue a continuación:

POSTALES DEL MUNDO: PORT MORESBY

Port Moresby, la capital de Papúa Nueva Guinea, y en realidad toda esta gran isla situada al norte de Australia, es un lugar sin ninguna posibilidad de desarrollo, desahuciado por completo para el capitalismo. Dicho de otro modo: Papúa Nueva Guinea es uno de los pocos países del mundo en el que no hay McDonalds. Tal vez porque los ejecutivos de McDonalds creen que la dieta carnívora de los papús ya está completamente satisfecha con los corazones humanos que, tras arrancar con manos de carteristas de almas, allá acostumbran a devorar crudos.

Lo cierto es que cuando uno aterriza en Port Moresby todas las leyendas sobre antropofagia que se asocian con Papúa toman visos de realidad. Las vallas publicitarias que nos reciben en el aeropuerto muestran el rostro en primer plano de un hombre cuyo gesto feroz descascarilla sus pinturas de guerra. “La última frontera”, podemos leer bajo la foto, mientras imaginamos al guerrero únicamente ataviado con una funda peniana. Pero sobre todo, cuando el viajero recorre por primera vez las calles de la ciudad y descubre adheridos a las dentaduras de los hombres y mujeres que se cruzan con él unos sospechosos cuajarones rojos, no puede evitar sentir un calambre que recorre su columna vertebral, como si esta se convirtiera de repente en un pincho moruno. Las aceras de Port Moresby, además, están completamente cubiertas de escupitajos que semejan sangre. El terror se desvanece casi inmediatamente, cuando se descubre que en realidad estas manchas no son las pulpas de los corazones de los escasos turistas sino restos de “betelnut”, el popular estimulante local (una especie de nuez, que se amasa en la boca con raíces de mostaza y cal viva y después se escupe).

Por lo demás, no hay demasiado que ver en Port Moresby, entre otras cosas porque a partir de las cuatro de la tarde, las calles pertenecen a los “raskal”, bandas de delincuentes armados. La capital de Papúa Nueva Guinea es una ciudad pequeña —unos 200.000 habitantes— y dormilona, sin otros atractivos que la playa (una de esas playas que te revelan que siempre hay playas con el mar de un azul más hiriente y la arena de un blanco más nuclear que todas las que has visto hasta entonces) y algún mercado. Port Moresby es sólo punto de paso hacia otras zonas del país, como el mítico Río Sepik, uno de los ríos más caudalosos del mundo, una auténtica autopista de agua y a veces incluso un túnel del tiempo, pues a sus orillas viven tribus que sólo conocieron la rueda hace 30 años. Desde Port Moresby, en definitiva, sólo escriben postales filólogos y etnógrafos (en Papúa Nueva Guinea conviven —a veces— unas 700 etnias, con sus respectivas lenguas), naturalistas, entomólogos (allá, entre aves del paraíso, cocodrilos de nueve metros y casuarios, revolotean algunas de las mariposas más grandes del mundo)… Personas, en definitiva, acostumbradas al rigor y que sin embargo, cuando se trata de la remota Papúa Nueva Guinea, no pueden evitar el impulso romántico de pintarla más enigmática e indómita de lo que en realidad es, ese impulso que les lleva a no revelar que, en realidad, los terribles guerreros de las fotos antes de envainarse la funda en el pito se han despojado para la misma, a cambio de unas monedas, de unos vaqueros y una camiseta , o que en Papua Nueva Guinea no se comen hamburguesas pero tampoco corazones humanos.
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