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LEONEJO

jul 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

leonejo (2)

BESTIARIO
(DRAGORRIONES, CULEBRACAS, TÓPAROS 
Y OTROS BICHOS RAROS)
Patxi Irurzun / Belatz

El escritor Patxi Irurzun y el dibujante Belatz dan rienda suelta a su imaginación con esta colección de bichos raros-raros-raros. Un catálogo estival de criaturas híbridas e imposibles que se recomienda leer en familia

 

Un conejo, si no le cortas las uñas, se parece mucho a un león. ¡Más vale que no te arañe! Aunque lo haga sin querer. Claro que, a diferencia de los leones, los conejos son mudos (menos Bugs Bunny). Así que cuando uno ve por primera vez un leonejo, y sobre todo cuando lo oye, le hace mucha gracia, y también da un poco miedo. Es una cosa muy rara. ¡Un conejo que ruge!

¡GRRRR!

Los leonejos aparecieron por primera vez un día que nevó en la selva. Algunos leones, que no estaban acostumbrados a aquel frío, buscaron refugio en las madrigueras donde viven los conejos. Y donde guardan sus abrigos. A un conejo nunca lo verás, fuera de su madriguera, sin su abrigo. Por eso, cuando alguien va buscando un sitio en el que protegerse del frío o de la lluvia se dice que va buscando abrigo.

¡Un momento! Ahora que lo pienso, también puedes ver a un conejo sin abrigo en las carnicerías. Pero no, eso no vale, porque es un conejo muerto.

El caso es que aquellos leones que entraron en las madrigueras, como también estaban muertos, pero ellos de frío, comenzaron a probarse los abrigos de los conejos. Y, claro, les quedaban un poco pequeños. Así que fueron encogiéndose y encogiéndose hasta que pudieron entrar en ellos.

Y de ese modo es como nacieron los primeros leonejos, que son una mezcla de leones vegetarianos y de conejos muy fieros. Tan fieros que asustan a los cazadores.

¡GRRRR!

El leonejo, por si eso fuera poco, es el único animal que es tres veces animal, porque es león, conejo y araña.

LENTILLAS

jul 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para semanario ON (diarios de Grupo Noticias) /Ilustración de Tasio para la portada de Cuentos sanfermineros (Patxi Irurzun)

La primera vez que me puse lentillas, bueno lentilla, fue durante otros sanfermines, hace muchos años, cuando todavía no había visto nada, aunque yo pensara que ya lo había visto todo y que todo lo sabía: tenía dieciocho años y me creía el rey del mundo.

Fue el día del txupinazo. Durante los días anteriores había estado entrenando para colocarme (las lentillas). No era nada fácil. Era un nuevo tipo de lentillas, blandas y desechables, que se convertían en una especie de pececillos sobre la yema de los dedos. En los primeros intentos me costaba media hora. Y una vez que lo había conseguido tenía que acostumbrarme también a aquella nueva dimensión; las gafas al menos me dejaban un respiradero entre mi punto de vista y el nuevo mundo que se abría a mis ojos, limpio, luminoso, con aquellas caras tan feas y enfadadas cerca de la mía.

Al principio, por ejemplo, si me quitaba las gafas dejaba de oír. No sé por qué pasaba aquello. Era como si las patillas hubieran sustituido al nervio auditivo. Así que, tras colocarme (las lentillas) en la óptica, me daba un paseo de media hora por las calles de la ciudad, boquiabierto, pasmado, como si fuera Paco Martínez Soria. Poco a poco fui reduciendo la maniobra inicial, veinte minutos, un cuarto de hora, cinco minutos; y mi oído, además, fue acostumbrándose a los “¡Epa!”, “¿Que pasa o qué?” o “¡Ya falta menos!” que brotaban a mi alrededor como hongos acústicos.

Y llegó el gran día. El día del txupinazo. Mis primeros sanfermines sin ser un cuatrojos. Qué guapo iba a estar. Todas las chicas se iban a fijar en mi mirada chispeante, arrebatadora, miope.

La primera lentilla se acomodó en mi ojo derecho a la primera. Me acerqué a la ventana para comprobarlo y de paso celebrar el ritual de todos los años: ver pasar al primer peatón vestido de blanco nuclear, con el pañuelo rojo anudado en la muñeca. Comprobar que no estaba soñando y era realmente seis de julio, el día que todos los sueños y promesas podían hacerse realidad (y que, básicamente, por entonces se reducían a uno: ligarme a alguien).

Con la segunda lentilla no resultó tan sencillo. Lo intenté una y otra vez, pero no había manera. Y, tic tac, el reloj iba corriendo. Finalmente el pececillo se escurrió nervioso de mi dedo y se perdió por los recovecos de la piscifactoría que era mi ojo. ¿Me la había puesto o no? Volví a acercarme a la ventana. En la calle ya eran decenas las personas vestidas de blanco, haciendo cola en la villavesa. Pero yo solo las veía por el ojo derecho. No podía esperar más, de modo que salí así a la calle. Tuerto. Qué más daba. Yo seguía siendo el rey del mundo porque estaba en el país de los ciegos.

El ojo derecho me mostraba aquel mundo diáfano, perfectamente delimitado. Pero mi ojo izquierdo volvía a ser mi mundo, aquel mundo que perdí el día que me puse las gafas, aquel mundo que yo reconstruía e imaginaba a mi antojo, aquel mundo lleno de cábalas, de fantasías, de trucos y maneras retorcidas de buscarse la vida y la luz, de gente que me saludaba o a la que yo saludaba y no sabía quién era. Aquel mundo que establecía una barrera de niebla entre yo y los demás, entre yo y el mundo y que a la vez me unía a ellos. No se me ocurría mejor forma de deambular por unos sanfermines que aquella esquizofrenia visual.

Creo, incluso, que aquel día ligué. Pero no estoy muy seguro porque no sé con cuál de los dos ojos lo hice. Al día siguiente, cuando me levanté, una pequeña raspa de pescado yacía en mi pómulo. Cuando la quise coger con los dedos se deshizo entre ellos, convertida en un polvillo transparente.

ENTREVISTA A CARLOS EGIA

jul 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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«Esta es una historia de nosotros mismos, de los que fuimos y somos»

CARLOS EGIA, ESCRITOR

Carlos Egia vuelve tras «El sacrificio de los peces» con «La leyenda del desierto», una historia con la que pretende, y consigue, que el lector reflexione sobre temas universales como el destino, la amistad, las casualidades y las segundas oportunidades, a través de un thriller que comienza de manera pausada, pero se adentra poco a poco e inevitablemente en terrenos minados.

Patxi irurzun/ Gara (13/07/2019)

Dice el autor bilbaino que “La leyenda del desierto”, publicada por Txertoa, es una historia con muchas pieles, y lo es, aunque quizás su principal virtud es que a través de una historia –o de varias que se entrecruzan– de acoso, persecución y huida, el lector siente en la suya, en su propia piel, muchos de los interrogantes que esta novela plantea: ¿Existen las casualidades? ¿Cuántas veces puede alguien levantarse y volver a empezar?

“La leyenda del desierto” es, efectivamente, una historia con muchas capas. Es, por ejemplo, además de un thriller, una novela generacional, o el recuerdo, desde el presente, de una época (aquella en la que los bares estaban llenos de humo) que nos parece muy lejana pero sucedió apenas ayer y de la que son testigos inmutables escenarios como los acantilados, el cementerio, la lluvia o el desierto.

Esta es su segunda novela publicada, después de « El sacrificio de los peces», y a menudo la segunda novela resulta más complicada. ¿Ha sentido esa presión?

Desde luego. Presión, autoexigencia, superación… Debe ser así, además, tanto en el aspecto literario, narrativo o formal, como también a la hora de afrontar una historia diferente, fuera de los esquemas en los que te puedes sentir más cómodo y seguro, y no tanto para intentar sorprender como para descubrir si uno es capaz de abrir otros caminos y conseguir un relato tan poderoso o más que el anterior.

Sin embargo, “La leyenda del desierto”, aunque es un thriller y una novela dura conforme va avanzando, arranca pausadamente, deteniéndose en lo cotidiano, los detalles, mostrándonos poco a poco los personajes…

Es engañosa en ese sentido. Parte de una situación trivial, de un encuentro que se presenta como casual y que da pie a una relación de amistad sincera y desinteresada, la de Álex y Anita, para ir poco a poco adentrándose en un terreno bastante más peligroso, inestable y confuso. Coge fuerza y desarrolla capas, historias dentro de otras historias, pieles que se van superponiendo, acumulando personajes aparentemente inconexos que acaban convergiendo en el mismo punto.

Es una novela también en la que los escenarios, los paisajes, tienen mucha presencia, los viejos bares, los acantilados, la playa. Son lugares reconocibles y a la vez creo que están muy relacionados con el clima que quiere crear y los caracteres de los personajes

El clima y la historia en esta novela van indudablemente unidos. Lo mismo se puede decir de los escenarios y el paisaje. Los bares, el acantilado, la playa, el cementerio, el laberinto de estradas y caminos, así como el viento, la lluvia, el frío, el calor, el desierto y el mar. Todo ello es la parte visual, una metáfora del carácter de los personajes y también de sus emociones. Somos como somos porque nuestro entorno es, también, de una forma determinada. Eso, desde luego, no es definitivo, pero explica muchas cosas. Creo, además, que es bueno que tengamos historias que hablen de nosotros y que lo hagan desde nuestros paisajes.

En ese sentido, esta novela de segundas oportunidades y casualidades, más allá de la historia de los personajes, pretende eso, ¿hablar de todos nosotros?

En las primeras sinopsis que hice de la historia repetía constantemente una frase: “La leyenda del desierto” es una historia de nosotros mismos, de lo que fuimos y de lo que somos. Por otra parte, está el tema de las segundas oportunidades (o terceras o cuartas). Álex lo ha perdido todo. Solo es dueño de una vida vacía. ¿Qué debe hacer? Desde luego, en esa pregunta está el origen de la historia. La necesidad de seguir cuando todo parece perdido, de volver a empezar, de no rendirse nunca, de maltratar al destino y vencerlo todas las veces que sea necesario. Pero luego me he dado cuenta de que no se trataba solo de Álex, sino de prácticamente todos los personajes de la historia.

La novela tiene también algo de generacional, nos cuenta algo sobre esos bares que conocimos, el tiempo gris y lleno de humo que vivimos. ¿Es así?

“La leyenda del desierto” echa mano de un problema del presente para hablar del pasado. Es una pequeña excusa, un truco que me he inventado. De otra forma, es bastante complicado. Hay un montón de cosas, en este sentido, que van salpicando la historia. Los bares, el ruido, el humo, la música. También las adicciones, el tabaco, el alcohol, las otras drogas, las familias rotas. Toda una generación, al menos, que desapareció del mapa. ¿Por qué? La violencia, la cárcel, la policía. El odio, las obsesiones. Cosas que antes hacíamos con toda normalidad y que hoy parecen no tener sentido. Quería mirar a una época que parece muy lejana pero que, en realidad, solo es de antes de ayer. Todo ha cambiado una barbaridad en muy poco tiempo. Igual la única forma de entender un poco lo que nos pasa hoy es echar un vistazo a lo que pasaba hace veinte o treinta años.

Respecto a los personajes no podemos dejar de señalar que la novela cuenta, entre otras cosas, una historia de acoso, violencia…

La novela habla también, es cierto, de cosas que suceden en la actualidad, de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día. De algunos, al menos. Habla de la violencia contra las mujeres, del acoso, del maltrato, de la explotación, de la inmigración, etcétera. Las novelas, según mi modo de ver, también deben servir a los autores para retratar a la sociedad en la que viven, para hablar de ella, para mojarse un poco, para señalar sus males, para hacerlos visibles y para que nos paremos a reflexionar sobre ellos con un poco de calma y perspectiva, más allá de la tendenciosidad populista de los grandes medios y de la voracidad de las redes.

¿Qué nos puede contar sobre Anita, aporta quizás el punto de esperanza en la historia?

Anita es, probablemente, el único personaje de la novela que no tiene la necesidad de salir del desierto. Ella sortea sus propios problemas sin pedir ayuda a nadie. Está en un momento particularmente difícil de su vida, eso que algunos llaman pre-adolescencia, y lo resuelve con nota, echándose a la espalda la responsabilidad de salvar a su madre. Casi nada. Anita también es la única que se va transformando a través de las páginas. Empieza siendo poco menos que una niña solitaria, un poco especial y con cierto “toque”, para acabar demostrando una entereza y determinación que a los adultos les falta. Y tiene, además, las cosas claras y muy buen humor.

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