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INVIERNO FACHA

feb 25, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Artículo publicado en magazine ON, diarios Grupo Noticias (sábado 23/02/2019)

 

 

Mi calidad de vida ha mejorado notable y hasta sobresalientemente desde que en invierno uso camisetas térmicas y calcetines gordos. Chaleco de plumas debajo del abrigo ya no me pongo desde que los fachas lo adoptaron como uniforme de campaña. Ande yo caliente y ríase la gente, pero que no se descojone. Lo que sí me da frío es ver a esos adolescentes con los pantalones remangados y pinkies o calcetines invisibles, dejando que el viento helado les acuchille los tobillos.

Cuando eres joven te la suda todo (bueno, te la suda igual en este caso no es la mejor manera de decirlo).  ¿Quién va a mandar más, el invierno o la moda? Cuando eres joven no temes al frío, ni te importa tener los pies helados, si por encima llevas unas zapatillas chulas. El invierno no va a poder contigo. El invierno no te va a decir qué te tienes que poner y qué no. El invierno es Santiago Abascal. El invierno es toda esa gente agitando las banderitas que otros les han dejado preparadas en los asientos para que las agiten (para que las agiten, es curioso, contra los nacionalistas, o sea contra sí mismos).  El invierno es ese señor a la puerta del Tribunal Supremo en el juicio contra los presos políticos catalanes con una bufanda en la que sobre los colores de la bandera española se lee: “Esto es España y al que no le guste que se vaya”  (hombre, yo no sé si es un lema muy bien escogido para un juicio como ese. Tal vez lo que el hombre quería decir era: “Esto es España y al que no le guste que se quede”). El invierno es un facha y los jóvenes pasan de él porque la naturaleza es sabia y cuando tienes la sangre caliente no está mal tener los pies y las manos y la cabeza fríos. El señor de la bufanda y Santiago Abascal y los que se fotografían y dan codazos con él en las manifestaciones deberían llevar también pinkies, en vez de botas de montar y pisar.

Otra cosa que abriga mucho son los gorros. Por la cabeza perdemos un montón de calor. Nunca he visto, por cierto, a ningún político con gorro, excepto a Labordeta, que mandó a los fachas a la mierda, ¡hala a la mierda, joder! Yo tengo un gorro ruso que cuando me lo quito me saca de la cabeza un anticiclón. A veces llego a casa, lo pongo encima del ordenador y me escribe la columna él solo. No, tal vez en vez de pinkies los políticos deberían de llevar todos gorros rusos y quitárselos cuando subieran a la tribuna, dejar que por el congreso de los diputados circulase una ola de calor tropical y no este invierno oscuro con sus chalecos de plumas y sus bufandas con lemas xenófobos y sus banderitas patrióticas fabricadas en China.

No hay, por lo demás,  nada mejor que un día de sol en invierno. Es como una parada en el calendario para tomarse una taza de caldo. Los días comienzan, por suerte, ya a acortar. El verano es una luz al final del túnel de hielo en las casas de las miles de familias que no pueden poner la calefacción, mientras en la televisión salen más imágenes de gente agitando banderitas. En las carreteras los conejos dibujan semáforos en rojo con sus ojos cada vez más tarde. La primavera se está probando vestidos baratos y bonitos en las rebajas. La nieve de las montañas es un señor silbando alegre debajo de un puente. Y yo no sé muy bien qué digo. Hoy se me ha olvidado ponerme la camiseta térmica, los calcetines gordos y, sobre todo, el gorro ruso y creo que solo muevo los dedos sobre el teclado para entrar en calor, ustedes me disculparán.

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