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DE KARMELE SAINT-MARTIN A LOU REED, o los caminos de esta sección son inescrutables

Sep 10, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog, seis grados  //  No Comments

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Publicado en semanario ON, suplemento semanal de diarios de Grupo Noticias (09/09/2017)

SEIS GRADOS
La teoría de los seis grados de separación dice que podemos conectarnos con  cualquier otra persona del planeta Tierra a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. Aquí, además, hacemos el camino de vuelta.

Patxi Irurzun

 

DE KARMELE SAINT-MARTIN A LOU REED
 o los caminos de esta sección son inescrutables

Resultado de imagen de Karmele Saint MartinA lo largo de estos meses en esta sección estival hemos trazado una serie de itinerarios que, tomando como punto de partida la teoría de los seis grados de separación, la cual sostiene que cualquier persona, usted misma, está conectada con cualquier otro habitante del planeta Tierra a través de, como mucho, cinco intermediarios, nos ha llevado desde Cervantes hasta la Bruja Avería o desde Joaquín Luqui, pasando por Torrebruno, a Francisco de Goya y Lucientes. Y de todos ellos, a través de una ruta diferente, de nuevo al punto de partida (esa ha sido la particularidad de estas colaboraciones).

Los paseos han sido esos como podían haber sido otros, se han recorrido un poco al tuntún, al albur de la casualidad, que en ocasiones ha sido sorprendente,  y, aunque a veces ha habido que tomar atajos o dar rodeos, también hemos llegado a menudo a cruces de caminos en los que se podía haber enfilado uno de los mismos u otro, daba igual porque todos los caminos llevan a Roma (aunque ahora quizás sería más apropiado decir que todos los caminos llevan a un Mercadona o a un Mcdonalds).

Lo intentaremos demostrar en esta última colaboración, que iniciamos con Karmele-Saint Martín, la olvidada cuentista pamplonesa.

Karmele Saint-Martín(1895-1989), seudónimo de María del Carmen Navaz, es hija de la pedagoga, educadora y asistenta social María Ana Sanz (con ella podríamos comenzar a trazar uno de esos recorridos alternativos, pues entre los antepasados de este pionera republicana, se encuentra el guerrillero Javier Mina: Javier Mina se entrevistó con el Conde de Orgaz durante la guerra de independencia española; a uno de los antepasados de este general lo retrató El Greco, en El entierro del Conde Orgaz; de El Greco dijo Andy Warhol que era el dios de la pintura; y ya estamos en Lou Reed, que formó parte de la Velvet underground, cuya famosa portada del primer disco, la del plátano, como todo el mundo sabe, es obra de Andy Warhol).Resultado de imagen de VELVET UNDERGROUND

Pero volvamos a Karmele Saint-Martin. Escritora tardía, comenzó a escribir en la cincuentena, dedicando especial empeño a las narraciones cortas. Publicó varias colecciones de relatos, con una de las cuales ganó el principal concurso literario dedicado al género de la época, el Leopoldo Alas. La mayoría de sus cuentos tienen un toque Ligeramente negro (así tituló uno de sus libros), cuando no rotundamente macabro o siniestro y por ellos transitan a menudo personajes extravagantes, o de vidas y finales tremebundos (la mayoría de los cuentos de Saint-Martin se caracterizan por el final cerrado y sorprendente). Karmele Saint-Martín debería de ser reivindicada hoy en día, que tan en boga está la literatura negra, pero es lo que pasa cuando llegas antes de tiempo a los sitios, o antes de que llegue el fotógrafo: las portadas de colores son para los últimos invitados a la fiesta y para ti solo queda el blanco y negro de los viejos calendarios, como el que, de hecho, dedicó en 2009 el Instituto Navarro de la Igualdad a doce escritoras navarras, entre las que se encontraba Karmele Saint-Martin, es decir,  María del Carmen Navaz.

En dicho calendario, el mes de mayo se dedicó a Margarita de Navarra, la reina ilustrada de Navarra, entre cuyas obras literarias destaca el Heptamerón, colección de relatos escrita siguiendo el patrón del Decameron de Bocaccio, pero desde una perspectiva femenina. «La escritora que mejor sirvió a la causa de su sexo fue Margarita de Navarra, que propuso contra la licencia de las costumbres un ideal de misticismo sentimental y de castidad sin mojigatería, tratando de conciliar amor y matrimonio para honor y dicha de las mujeres», escribió sobre esta obra Simone de Beauvoir, a quien seguiremos ahora la pista para llegar de nuevo hasta Lou Reed. Simone de Beauvoir mantuvo una relación amorosa con el escritor estadounidense Nelson Algren, quien entre sus novelas cuenta con una titulada  Walk on the wild said y ya estamos de nuevo en Lou Reed, que como es bien sabido compuso una conocida canción con ese mismo título.

A partir de aquí los caminos de regreso de nuevo hasta Karmele Saint-Martin son infinitos. Podríamos retroceder hasta el mes de marzo del calendario del Instituto Navarro de la Igualdad, dedicado a Carmen Baroja Nessi, hermana de Pío Baroja y madre de Julio Caro Baroja, que escribió el prólogo de Nosotras, las brujas vascas, uno de los libros de relatos de Karmele Saint-Martin. O podríamos argumentar que Nelson Algren publicó algunas de sus novelas, como El hombre del brazo de oro, en la colección de libros Reno, donde también lo hiciera Sergius Piasecki con su maravillosa El enamorado de la osa mayor, un libro sobre contrabandistas, que comparte temática con otros de escritores navarros como Centauros del Pirineo de Félix Urabayen o La cuerda rota, de Pablo Antoñana, a cuya obra otro escritor navarro, Miguel Sánchez-Ostiz, dedicó Lectura de Pablo Antoñana. Y a partir de Sanchez-Ostiz, que también ha escrito en más de una ocasión sobre los Baroja, recuperar esa senda. O recordar que Albert Pla hizo una versión del tema de  Walk on the wild said de Lou Reed, y que también a Albert Pla lo reivindicó Sanchez-Ostiz desde las páginas de uno de sus dietarios, y retomar de nuevo la pista barojiana a través del escritor navarro.

Por no hablar de que Walk on the wild said la novela de Nelson Algren se llevó al cine en la película que conocemos como La gata sobre el Resultado de imagen de la gata negra nelson algrentejado de zinc caliente, en la que además del propio Algren, uno de los guionistas era John Fante, maestro de Charles Bukowski, sobre quien Francisco Umbral dejó escrito que era un Henry Miller de supermercado. Menos guapo, Umbral también le dijo de todo a Camilo José Cela en su libro Cela: un cadáver exquisito y (si no nos apetece tomar de nuevo la pista barojiana, que podríamos, dado que Cela visitó a Pío Baroja antes de morir y estuvo en su funeral) un hermano de Cela, precisamente, Jorge Cela Trulock, fue el editor de uno de las dos novelas publicadas por  Karmele Saint-Martín: Señoras de piso.

Los caminos del señor son, en definitiva, inescrutables, o el mundo es un pañuelo, y en esta enredadera de caminos y nombre es fácil desorientarse y perder el oremus. En resumidas cuentas, de lo que se trataba con estos Seis grados, era de hablar de los artistas, escritores, músicos, a los que admiramos (o de reivindicar a otros, como Karmele Saint-Martin o Maria Luisa Elío, injustamente olvidados) y de trazar al menos un mapa o poner en la mano de aquellos que también han podido sentir curiosidad o interés por ellos una brújula que les permita seguir su propia ruta. ¡Buen viaje!

LA LEY DEL CEMENTO

Sep 10, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en Rubio de bote, semanario ON 09/09/2017. Foto: fotograma de Secretos del corazón (Montxo Armendariz). Antiguas pasarelas de Pamplona

 

 

El  skyline de Pamplona recortándose sobre el parque de la Media Luna, con el río Arga como una culebra de agua a sus pies, que es además el skyline de mi infancia, está amenazado por la construcción de varios rascacielos, lo cual me hace pensar también que Gainsbourg, mi conejo enano belier, suele sentarse siempre en el punto más elevado de su jaula.

Algunas veces subo andando desde la Txantrea y veo las torres de la catedral, la muralla, las lomas grises sobre el río, la cruz del Seminario; otras, paseo por la Media Luna y diviso de un solo golpe todo el paisaje de mi niñez, el que fue mi territorio: desde mi colegio, los Escolapios, hasta mi casa, en los bloques beige de Orvina 3. Y siento que todo se me remueve por dentro, que los recuerdos brotan, vuelven a mí, se abren como palomitas de maíz en el microondas de la memoria.  Y apoyado en la barandilla verde, con el barranco de la mediana edad a mis pies, veo pasar como una película escenas de los primeros años de mi vida.

Me veo a mí mismo, cruzando las pasarelas sobre el Arga, y a aquel gran perro lobo viniendo de frente,  y recuerdo cómo me arrojé al agua antes de que se me comiera mi corazón en piel de gallina; aquellas pasarelas, que tampoco son las mismas de hoy, a las que en invierno quitaban las tablas de madera para que no se las llevasen las crecidas, de modo que quedaban solo los bloques de piedra; recuerdo también que nosotros debíamos saltar de uno en uno esos pilones, con el rumor hipnótico del agua  bajo las Jhon Smith llamándonos por nuestro nombre, cuando el Pisahuevos nos mandaba, en clase de gimnasia, a hacer “el cross de Beloso”, así lo llamábamos.

Me veo, algo más allá, subiendo a los trampolines del Club Natación, para tirarme del cuarto con carrerilla o del tercero de cabeza. Y la pista de baloncesto, en la que encesté mis mejores canastas, cuando nadie miraba. Me veo en la chopera detrás de las gradas, entre la piscina y los caballos de Goñi, jugando, muerto de vergüenza, a verdad o atrevimiento. Veo, entre la piscina y las pasarelas,  el hueco donde estuvo el antiguo lavadero, y recuerdo cuando el suelo de madera carcomida me tragó, se hundió bajo mis pies, aunque yo fuera el más flaco de la clase. Veo las volutas de humo de los primeros cigarrillos, en el banco detrás de los bomberos donde nos juntábamos, después del colegio, a jugar  —bote-bote Lázcoz, arenado Juangarcía…—, a mirar revistas prohibidas, a fumar…;  veo también otro humo más negro, elevándose desde el fortín de San Bartolomé cuando nos colábamos en él y hacíamos fuego con las papeletas de propaganda electoral. Veo la muralla, desde la que arrojábamos bolas de nieve a las villavesas que subían por la cuesta de Labrit, o castañas pilongas a los del colegio del al lado, los alumnos de Salesianos.  Veo, más allá, el puente de la Magdalena, y recuerdo cómo me sentía seguro, a salvo de los navajeros, cada vez que lo atravesaba, de vuelta al barrio conflictivo. Veo Irubide, mi instituto, y recuerdo lo feliz y lo tímido que fui en él, las fiestas, las huelgas, las chicas…

Veo todo eso, desde la barandilla verde de la Media Luna, desde el skyline de la ciudad que es su memoria y la mía y en el que, dicen, quieren incluir varios rascacielos, sin que nada pueda al parecer impedirlo, porque el pacto está sellado con cemento; lo veo y pienso qué verán, qué sentirán, desde las ventanas más altas, quienes ocupen esas torres, con sus magníficas vistas, por las que pagarán mucho dinero y que sin embargo, nunca les pertenecerán, al menos como me pertenecen a mí y le pertenecen a la ciudad. Veo todo eso y pienso también en Gainsbourg, mi conejo enano belier, a quien su instinto de dominación o de protección, no sé,  lo hace buscar siempre el sitio más elevado de la jaula, y no le importa que este sea el mismo lugar en el que hace sus necesidades, con tal de estar allí, en lo más alto, aunque sea sentado sobre sus propias cagarrutas.

 

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