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BALONCESTO Y LITERATURA

Sep 17, 2011   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

BASKET-FICCIÓN
El All Star de las obras literarias inspiradas en el mundo del baloncesto

Un balón rodando por al aire, trazando una parábola perfecta. Todos los ojos clavados en la canasta. El luminoso marcando una diferencia de un punto entre un equipo y otro. La respiración contenida de todo el pabellón, como un gran animal. El balón que toca el aro, gira dentro de él, una, dos veces, decidiendo caprichosamente cómo repartirá la suerte…

Podría ser un buen arranque para una novela, o el final de un cuento. El baloncesto reúne todas las condiciones para ser un deporte literario: las emociones llevadas al límite, su plasticidad (qué grandes poemas habrían escrito Marinetti o Apollinaire con un mate de Jordan, una asistencia de Magic Johnson, una bandeja de Julius Erving… o con una bomba de Navarro). Sin embargo, a diferencia de otros deportes como el fútbol o el ciclismo, que han inspirado cientos de novelas y relatos, o como el boxeo, que constituye casi un subgénero literario, apenas se conocen obras de ficción sobre baloncesto.

The basketball diaries parece la referencia obligada. Novela autobiográfica del poeta y músico punk neoyorkino Jim Carroll, narra el proceso autodestructivo de un estudiante católico y heroinómano, al que interpretó en la película Diario de un rebelde un increíble (al menos como jugador de baloncesto) Leo Di Caprio. El baloncesto y las drogas o el alcohol como válvulas de escape adolescente, la misma combinación que aparece en algunos de los libros de Sherman Alexie, como El indio más fuerte del mundo o Diez pequeños indios. Alexie relata en ellos la vida cotidiana de los indios spokane, tribu a la que él mismo pertenece. En sus páginas Jesucristo nace y crece en una reserva india, hay grupos de blues formados por pieles rojas o estos sueñan con escapar a su destino, al racismo y al alcoholismo, convirtiéndose en estrellas de la NBA, mientras en las canchas, y en la vida real, los jugadores a los que se acercan los humillan con frases como “¿Por qué vienes detrás de mí? No tengo tu cheque de la seguridad social”.

El baloncesto, en la ficción literaria, va frecuentemente unido al fracaso, a perdedores como el caótico Conejo, de John Upidke, vieja gloria del baloncesto que ahora se gana la vida vendiendo la peladora de patatas MagiPeels; a jugadores que sienten amenazada su estrella, como Jayjay Johanssen (sí, casi como el músico sueco), el único blanco titular en el equipo de la Universidad de Dupont, en Soy Charlotte Simmons de Tom Wolfe; o a deportistas retirados por culpa de fatídicas lesiones, como Myron Bolitan, el detective de las novelas negras de Harlan Coben.

La novela negra y el baloncesto se cruzan también en La bicicleta de Leonardo, de Paco Ignacio Taibo II, en donde el protagonista investiga el secuestro y robo de un riñón de una aguerrida jugadora de baloncesto norteamericana; o en la novela juvenil Muerte a seis veinticinco, de Joan Cervera, Premio Edebé 2009, en cuyas páginas se investiga el asesinato de la mujer y el hijo de un jugador del Joventut de Badalona.

Son estos libros, no obstante, “rara avis” en nuestras letras, al igual que Quinta personal, de Montserrat Torrecilla, obra que ganara en su día (1985) el premio de literatura deportiva Don Balón. En la literatura en castellano cuesta tanto encontrarse con baloncestistas o aficionados al deporte de la canasta casi tanto como con barrenderos o dependientas. Sin embargo, si el baloncesto como materia literaria no es aparentemente muy fructífero, sí ha nutrido a la literatura desde sus filas de un buen puñado de autores: jugadores, entrenadores, periodistas, incluso árbitros han escrito libros de ficción, después de colgar las botas. Francisco Gallardo, médico sevillano especializado en medicina deportiva (fue médico en la selección absoluta con Antonio Díaz Miguel) es autor de El rock de la calle Feria, novela de carretera e iniciación (un viaje a Amsterdam para ver un concierto de Bob Marley); Gallardo, además, fue compañero en la selección juvenil de Epi, Romay o Iturriaga, y precisamente “Itu”, el hoy comentarista televisivo y otro viejo rockero del baloncesto ibérico, Corbalán, participaron con sendos cuentos en la antología Relatos del deporte; Aitor Zárate, ex de varios equipos ACB, publicó un thriller de abogados y representantes de deportistas en La trampa del oso (además es autor de varios best-seller de libros de autoayuda); Julián Sánchez Romero escribió una novela de intriga, El anticuario, en la primera de sus diez temporadas como árbitro; el periodista Paco Rengel, especializado en baloncesto, firmó ADN, una novela con tramas sobre la memoria histórica y el periodismo deportivo; Joan Plaza, actual entrenador del Cajasol, publicó siendo técnico del Real Madrid Las mantas de Angelina (y “obligó” en la presentación del libro a algunos de sus pupilos, como Felipe Reyes, a bloquearle el rebote ante la prensa)… Y Phil Jackson, el legendario entrenador de los Lakers, no escribe novelas, pero las “recomienda” como motivación a sus jugadores. A Pau Gasol le tocó 2666, de Bolaño. Y el propio Bolaño, narra en Los sinsabores del verdadero policía un onírico Barça-Real Madrid, con los jugadores de su equipo con las extremidades desdibujadas y Arvidas Sabonis, en el conjunto rival, como único baloncestista visible y reconocible, amo y señor de la pista. Parece ser que, respecto a ese apabullante dominio lituano, en esta ocasión Bolaño no fue un visionario.

Publicado hoy en Diario de Noticias:
http://noticiasdenavarra.com/2011/09/17/deportes/otros-deportes/un-deporte-inspirador-de-obras-literarias

PEQUEÑA GUÍA LITERARIA SANFERMINERA

Jul 8, 2011   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Hoy en Diario de Noticias publican esta colaboración en la que repaso (o casi enumero) los libros de ficción que han utilizado los sanfermines como material literario. Como suele suceder en estos casos seguro que no están todos los que son; agradeceré nuevas aportaciones. Buena parte de la información la he conseguido (o la he saqueado) gracias a la ayuda de los amigos de blogsanfermin.com.


FIESTA MÁS ALLÁ DE HEMINGWAY
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Patxi Irurzun

VIENDO a algunos guiris en San Fermín escalar la fuente de Navarrería, hacer un calvo y lanzarse temerariamente desde varios metros de altura en brazos de otra cuadrilla de guiris igualmente empapados en kalimotxo -por dentro y por fuera- resulta difícil imaginarlos leyendo Fiesta de Hemingway, Plaza del Castillo de Rafael García Serrano o The drifters, de James A. Michener (que en su edición castellana tiene una traducción algo más carpetovetónica: Hijos de Torremolinos). No, la mayoría de ellos, y de los pamploneses en realidad, seguramente no hayan leído ninguno de esas novelas ambientadas en los sanfermines, pero es algo comúnmente aceptado que estos se internacionalizaron gracias a un libro: The sun also rises (Fiesta) la famosa obra de Hemingway; o más bien, al personaje que de sí mismo interpretó o le obligaron a interpretar al Premio Nobel, convertido en Pamplona en una postal, un souvenir, una estatua apoyada sobre la barra de un bar o el desdibujado modelo original de un concurso de dobles. Un anzuelo turístico, en definitiva, perfecto, con varios cebos irresistibles para jóvenes de todo el mundo sedientos de aventuras y sangría: alcohol, sexo, adrenalina…

En Fiesta (1927), sin embargo, hay casi más páginas que transcurren lejos de Pamplona y de los sanfermines que en estos, pero la selva del Irati, a donde Hemingway iba a curarse las resacas, no se superpuebla cada verano de pescadores de truchas venidos de todo el mundo. Pamplona y sus actuales fiestas deben mucho al escritor norteamericano, es cierto. Él «descubrió» al mundo el chupinazo («El domingo seis de julio a las doce del mediodía explotó la fiesta») o los encierros (algo exageradamente, eso sí: en algunas de sus crónicas periodísticas afirmaba que los toros entraban en la plaza a ¡180 kilómetros por hora!, y eso ni los Fórmula 1, que también enfilaron el callejón en 2008 para un spot televisivo). Pero Hemingway no ha sido el único ni siquiera el primero que ha glosado los sanfermines en una obra de ficción.

Hombres-pulpo, pochas y txistularis

El neoyorkino James A. Michener en su novela The drifters (1971) cuenta las peripecias de seis jóvenes expatriados que vagabundean por diferentes países y lugares: Mozambique, Marruecos, Portugal… y que en plena efervescencia hippie, también pasan por Pamplona durante los primeros y agitados días de julio de 1969. Michener no es Hemingway, «solo» un Premio Pulitzer, pero su novela fue en un auténtico superventas de la época en muchos países y además contiene muchos de los ingredientes necesarios para convertirse en una biblia mochilera: sexo, droga y rocanrol, que en su versión sanferminera se convierte en hombres-pulpo, alubias pochas y txistularis. Sin embargo, entre nosotros The drifters es una obra desconocida, probablemente gracias al título que la editorial Plaza y Janés le adjudicó en la edición española de 1973 y que invita más a pensar en una película de Mariano Ozores: Hijos de Torremolinos (Torremolinos, o sus bares, donde el autor vivió algunos años, es el lugar en el que se conocen los seis protagonistas del libro).

Algunos años más tarde, a finales de los setenta, sitúa el sueco Hans Tovoté parte de su novela Las bodas de Pamela (1998), en concreto durante los sucesos de 1978, cuando las fiestas fueron trágicamente interrumpidas con la muerte del joven Germán Rodríguez por disparos de la policía, tras irrumpir ésta en tropel en la Plaza de Toros durante la segunda corrida de feria. Tovoté, que lleva visitando Pamplona y sus fiestas desde 1960, se siente capacitado para dar un paso adelante y ambientar su obra de principio a fin en los sanfermines -no solo unos capítulos de la misma- y desde el punto de vista de un pamplonés, alejándose del viajero anglosajonamente perplejo que ve los toros desde la barrera.

Un sueco haciéndose pasar por peteuve. Y es que los autores autóctonos tal vez hayan interiorizado demasiado o demasiado tiempo aquello de que los sanfermines son unas fiestas sin igual, una colección de «momenticos» difícilmente explicables con palabras. «Narrar las fiestas de San Fermín es tarea imposible», tira la toalla Alfredo Fraile Filare en la primera línea del prólogo a su Catorce cuentos sobre San Fermín (1990). Y continúa: «Aunque plumas de muchos perifollos han intentado siquiera reflejar el ambiente, el clima, solamente el aire de la calle, todo ha resultado palidísimo destello de una realidad inaprehensible». No sabemos si entre esos perifollos se incluye a Rafael García Serrano, con su Plaza del Castillo, o a Félix Urabayen con El barrio maldito, escritores ambos de obra consolidada y con varias líneas en los manuales de literatura.

‘Plaza del Castillo’ y ‘El Barrio maldito’

Félix Urabayen se adelantó dos años a la Fiesta de Hemingway con El barrio maldito (1925) y fue por tanto el primero que se atrevió a ambientar una obra de ficción en las fiestas de Pamplona. Su obra, una estampa costumbrista del Valle de Baztan y de sus personajes, como la misteriosa y marginada raza de los agotes, los contrabandistas, etc., dedica tres capítulos a las fiestas de Pamplona, que conoce bien, de modo que mientras que en Fiesta son solo el ring con un público local al fondo sobre el que combaten los conflictos morales del boxeador Robert Cohn, en la obra del navarro Urabayen los sanfermines adquieren protagonismo en sí mismos: los encierros, las danzas y canciones típicas… A pesar de esta visión aparentemente tradicionalista, Urabayen fue un hombre de izquierdas: consejero de Cultura en el Gobierno de Azaña, sufrió cárcel al acabar la guerra, y, gravemente enfermo, murió un año después (1942) de salir de prisión, siendo su obra olvidada y silenciada durante años.

Al nombre del pamplonés Rafael García Serrano, por el contrario, se cuelga casi automáticamente el lastre de escritor falangista, porque lo fue e hizo gala de ello en sus obras («Mi amigo requeté», lo llamaba Hemingway), pero su obra Plaza del Castillo (1955) seguramente sea, con permiso del norteamericano, la novela sanferminera de mayor aliento literario: «Emilio, el mejor camarero del mundo, le trajo el vermú y aquellas aceitunas gordas como cupletistas», escribe, por ejemplo. Plaza del Castillo narra las fiestas de 1936 (que entonces duraban desde el día 6 hasta el 19 de julio) y paralelamente los prolegómenos y las primeras horas del alzamiento militar, contado desde las filas del bando ganador.

Salvando todas las distancias con la tragedia de la guerra civil, la muerte sobrevolando unas fiestas tan vitalistas como estas es algo también recurrente en otras obras más recientes, como Las lágrimas de Hemingway (2005), de Reyes Calderón o Un extraño lugar para morir (2010), de Alejandro Pedregosa, ambas novelas de género negro, con crímenes misteriosos de por medio aprovechando el tumulto sanferminero. En el libro de Alejandro Pedregosa, autor casado con una pamplonesa, un escritor aparece muerto en una habitación del hotel La Perla, el mismo en el que se alojara el inevitable Hemingway durante algunas de sus estancias en Pamplona. Un inspector local, de nombre Uriza se encarga del caso, algo que comparte con Reyes Calderón, quien coloca en su novela a otro comisario autóctono de nombre Juan Iturri al frente de la investigación de una muerte por cornada de miura que acaba derivando en asesinato por sobredosis de ketamina.

El cuento sanferminero

La muerte y la vida, el día y la noche, el vino y la sangre… Todo se confunde durante los sanfermines, unas fiestas llenas de contrastes y contradicciones, como ya bien señalara Pío Baroja (a quien no se puede decir que estas fiestas encantaran, precisamente) en Juventud, egolatría (1917): «Entonces y después, una de las cosas que me parecieron ridículas fueron las fiestas de Pamplona. En Pamplona había una mezcla de brutalidad y de refinamiento verdaderamente absurda. Durante unos días se iba a las corridas, y después, de anochecer, se recibía con luces de bengala a Sarasate. Un pueblo rudo y fanático olvidaba una fiesta de sangre para aclamar a un violinista».

Es esa esquizofrenia, esas dos caras de la moneda y de la condición humana las que, en mi opinión, convierten a los sanfermines en fiestas universales y ofrecen todas las condiciones para elevar la materia narrativa que proporcionan a subgénero literario, como aventuré en el prólogo a Cuentos sanfermineros (2005), mi modesta y actualizada aportación a la literatura sanferminera: relatos protagonizados por piesnegros con perro y flauta, por adolescentes-croqueta, por porteros de Osasuna y alcaldesas enredados en un affaire sexual, por guiris que no han leído a Michener ni a Hemingway y que se lanzan de cabeza desde la fuente de Navarrería… O, también, por barrenderos (la otra cara de la moneda: quienes trabajan en San Fermín), como el que protagoniza mi novela ¡Oh , Janis, mi dulce y sucia Janis! (2011) en la que varios capítulos transcurren igualmente durante las fiestas de Pamplona y en la que aparecen escenarios y ambientes que comparte con otra novela publicada este año: A las 12, en el Iruña, de Pedro Pastor Arriazu, quien dice que «la esencia de los Sanfermines es meterse en ese barullo infecto de Jarauta». Si hay, en definitiva, cuentos de fantasmas o de fútbol no parece descabellado reivindicar los cuentos de San Fermín.

Los sanfermines son el tablado perfecto para el gran teatro del mundo y de la vida, ofrecen miles de situaciones y vivencias, de estampas rocambolescas, coloridas, ridículas, épicas, se convierten en un rito de iniciación para miles de adolescentes, en su primer contacto con el sexo, el alcohol y las drogas, con el relente de la mañana o con el aliento de la muerte a la espalda. Materia literaria prima que transciende lo local y que permite todos los puntos de vista: la irreverencia, el humor, la tragedia, la novela negra o erótica… Hay, en definitiva, miles de sanfermines ahí fuera, tantos como personas que lo viven, y todavía tan solo un puñado de obras de ficción escritas. Hay vida literaria más allá de Fiesta.

http://www.noticiasdenavarra.com/2011/07/08/especiales/sanfermines-2011/39fiesta39-mas-alla-de-hemingway

KALIMOTXO ELECTRÓNICO (Una entrevista que hice para GARA a los ingleses Crystal Fighters)

May 23, 2011   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Crystal Figthers imaginan un mundo de kalimotxo electrónico

Patxi IRURZUN | IRUÑEA. Traducción entrevista: Luis INGELMO

¿Qué pintan dos txatxos, las figuras del carnaval de Lantz, en la portada del disco de un grupo de música electrónica británico? ¿Y ese «País Vasco to San Francisco…», el estribillo de uno de sus temas que rompe pistas de baile en todo Europa?¿Por qué alguien susurra unas frases en un macarrónico euskara en el vídeo de otra de sus canciones?

Los Luchadores de Cristal, Crystal Fighters, han jugado al escondite con su aclamado disco «Star of love» y la pregunta del millón en el circuito del pop electrónico es ¿de dónde son estos chicos? En su myspace, ellos afirman que navarros, pero se llaman Gilbert Vierich (guitarra y percusión), Graham Dickson (guitarra y txalaparta) y Sebastian Pringle (voces y guitarra).

Crystal Figthers ha rodeado de misterio su origen (la ópera inconclusa hallada por Laure, una de las componentes ocasionales del grupo, en uno de los cuadernos de su abuelo vasco) y la jugada les ha salido bien. Una atmósfera mítica y de leyenda envuelve al grupo y ellos no hacen demasiado por disiparla: «’Crystal Fighters’ es el título que recibe un fragmento extraído de esos cuadernos. El nombre nos llamó la atención», nos cuenta Sebastien, quien añade que también sus dibujos les resultaron interesantes: representaciones, o casi esbozos, de figuras de la mitología y la música vascas que incorporaron a su propia música y a las ilustraciones de su álbum (el txatxo, el txistu o la txalaparta, entre otros).

«Mirando hacia atrás, nos hemos percatado de que esos cuadernos llenos de poemas y bosquejos marcaron el comienzo de nuestra fascinación por la cultura vasca, que incluía también nuestra música, de modo que fuera como una pintura, una atmósfera sonora que se asemejase a lo que nosotros sentíamos al leer esos escritos», Precisa Graham.

La música de Crystal Figthers ha sido definida de mil maneras: dance, nu-rave, tribalismo tropical, pero ellos defienden, por encima de todo, el poso de la música y el folk vasco. Y aquí ya no hay leyenda, dan nombres que demuestran que esa influencia tiene cuajo: «Hemos tratado de explorar diversos tipos de música vasca en nuestras canciones, desde los coros de doscientas personas que cantan `Haurtxoa seaskan’ o `Goizeko izarra», del Tolosa Otxotea, hasta el punk de La Polla Records, Eskorbuto o Las Vulpess, pasando por bailes populares como `Agur Jaunak’ o `Kukua’».

«Aprender a tocar y a expresarnos con instrumentos como la txalaparta, la trikitixa, el txistu y el tambor han tenido una importancia crucial en el desarrollo de nuestro sonido, sobre todo a la hora de integrarlo junto a los bajos eléctricos propios de la escena musical londinense y nuestro estilo vocal», cuenta el guitarrista del grupo.

¿Qué más da, pues, si estos chicos han nacido en Londres o en Urdax? Bajo el aura de exotismo y los rumores y sospechas de utilizar éste como herramienta de marketing, lo cierto es que la atracción por la cultura popular vasca, su bagaje musical, los convierten en vascos hasta la médula. ¡Si hasta trabajan en auzolan! Los tres miembros de Crystal Fighters comparten techo además de escenarios, en una vida entregada a la música: «Tenemos la esperanza de que, si nuestra música puede llegar a influir en los pensamientos y las actitudes de la gente, entonces no sólo habremos ofrecido un entretenimiento, sino algo que te invita a reflexionar. Quizá con el próximo disco logremos transformar el mundo», sentencia Graham Dickson con relajo.

Txalaparta

«Somos conscientes de que la txalaparta debe tocarse con unos palos que golpean en vertical, que cada músico, normalmente, sigue un patrón de dos notas continuadas (una especie de tachún tachún que cada uno va ejecutando, que la madera no debería afinarse, lo que básicamente la convierte en un xilófono, y nos atenemos a ello tanto como nos es posible durante nuestras grabaciones en estudio, aunque, en directo, se sabe que las reglas no se cumplen a rajatabla», se excusan los londinenses.

http://www.gara.net/paperezkoa/20110521/267658/es/Crystal/Figthers/imaginan/un/mundo/de/kalimotxo/electronico/

METACOLUMNA Y JUMELAGE

Jul 3, 2010   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Una columna de autobombo -sobre mi propia columna, Día D hora H, de hace años en Gazte Algara- ilustrada por Exprai en esta ocasión en jumelage con Kalvellido.

TABLÓN DE ANUNCIOS

La primera vez que escribí un cuento tenía cinco o seis años –hay que ver, tan pequeñito y ya tan desgraciado, contagiado por esa terrible enfermedad–. Fue en el campo. Me había destripado un dedo trepando a un árbol, cuando uno de aquellos anillos con sello se enganchó en uno de sus nudos, y ya no pude, ya no me dejaron seguir jugando con mis hermanos y mis primos, continuar taponando los hormigueros, meándome en las brasas de las fogatas domingueras… Fue entonces cuando, ¡voila! mi madre sacó de la chistera que es el bolso de todas las mamás un lápiz y un cuaderno, que todavía conservo y en la cual aparece garabateado aquel primer cuento. Cuenta la historia de unas mariposas a las que les gustaba oler las flores en vez de ir al cole, y cuando fueron mayores, se hicieron pelotaris, como mi abuelito, y restaban todos los tantos desplazándose rápidamente por el aire y recogiendo suavemente con sus alas la pelota… Cosas por el estilo, no importaba. Lo que de verdad importaba era que de esa manera podía seguir trepando a los árboles, y hasta encaramándome a sus ramas más altas, aquellas a las que sólo podía llegar con mi imaginación.
Todavía hoy, muchos años después, mientras el resto de los niños de mi edad se casan, tienen niños preciosos (un beso muy fuerte para la recién llegada, mi sobrinica Amaia), sacan sus oposiciones, sientan, en definitiva, sus cabezas, yo sigo, lápiz –ahora ordenador–, en ristre, dándole vueltas a la mía, mi cabezota, incapaz de bajarme de las frondosas copas de esos árboles imaginarios, donde se encuentran mundos maravillosos o extraños pero muy pocas peras, melocotones o higos que llevarse a la boca. Escribir, sñif, continua siendo llorar, pero tranquis, que no transcribiré a continuación la consabida lista de lamentos : las impersonalmente amables cartas de rechazo de las editoriales, los editores que juegan con tus sentimientos, prometiendo libros que nunca llegan a publicarse, los que te reciben calculadora en mano, los “encargos” de los “colegas” (otro saludo, éste a escritores, dibujantes, rockeros… gremios “altruistas” donde los haya; ellos entenderán de qué hablo–, las correcciones, recortes y errores como amputaciones en los textos …). A todo termina resignándose uno, incluso a esta enfermedad incurable que es lo del lápiz, o sea el ordenador, y el papel y que tantos sarpullidos provoca en la piel de la autoestima y en la de la cartera. A todo, excepto a que aquí al lado, junto a esta columnita, no aparezca mi careto. ¿Soy acaso más feo que los demás? Sí, lo soy; planteémoslo de otra manera: ¿soy acaso un monstruo?… Bueno, dejémoslo.
El caso es que, tantos años después, sigo escribiendo por lo mismo que cuando tenía cinco o seis años, en busca de un poco de diversión, de comunicación, y que de vez en cuando, muy de vez en cuando, o al menos más de vez en cuando de lo que yo quisiera y para lo que quisiera (para ligar, para ser sinceros, que es para lo que uno escribe –para que le quieran, en definitiva, y así ¿cómo?, si nadie sabe quien soy o nadie me cree cuando intento pegarme el moco–), pues eso que, muy de vez en cuando, a pesar de todo algún despistado o despistada me comenta que le ha gustado alguna de estas mis colaboraciones. Dicho lo cual, para todos esos perturbados que quieran respescar cualquiera de estos DIA D HORA H que el cruel género que es la colaboración periodística el columnismo, o como quiera Umbral que se llame, anuncio que he colgado, modestamente, todas ellas en la siguiente dirección web: http://salman.ws/diadhorah*

Y puesto que lo que comenzaba siendo un tierno y nostálgico relato infantil ha terminado convirtiéndose en un descarado tablón de anuncios publicidad, saludos a tutiplén –ahí va otro, este para mi socio y sin embargo amigo el dibujante malagueño Kalvellido, que es el que me retratado de tan impresentable guisa en el dibujico que acompaña, excepcionalmente estas líneas…), recuerdo también que a través de esa página se puede acceder a, ejem, ejem, mi vida, obra y milagros, enviarme vuestras apasionadas declaraciones de amor, propuestas indecentes o insultos –siempre que sean originales–, además de echarle un vistazo al ciberfanzine literario que edito, Borraska, de momento yo solito, pero que está deseperadamente abierto a todo tipo de ayuda y colaboraciones que le permitan supermineralizarse, como diría Super-ratón, antes de esfumarse, dejando una estela de humo y estrellitas, hasta la siguiente semana; hasta el siguiente Dia d Hora h, en este caso.

*El link no funciona desde hace años.

DANNY KAYE & ESKIL BUSKI-BUSKI (Trabajo de investigación)

May 20, 2010   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

En una de las columnas que durante algunos meses escribí para el diario ADN lancé un SOS para que alguien me ayudara a solucionar dos dudas, dos agujeros negros, dos paraísos catódicos perdidos que me atormentaban desde mi tierna infancia. Lo mejor será que primero leáis la columna y luego sigo:

BUSKI BUSKI

Se busca. Profesión: cocinero. Nacionalidad: sueca. Rasgo físico destacado: un bigote más poblado que La Morea un fin de semana lluvioso. Talla: unos 60 centímetros. Es decir, bastante alto. Al menos, para una marioneta. Solía aparecer afilando un par de cuchillos, mientras entonaba unos gorgoritos que sonaban algo así como “Buski-Buski”. Suelo preguntar por él, cuando en las cenas de treintañeros los afectados por el síndrome de Peter Pan (que siempre los hay) entonan aquello de “En un puerto italianooooo”. —¿Y os acordáis de Los Teleñecos, de aquel cocinero sueco?— suelto a bocajarro, y me arranco con lo de “Buski-Buski”. Entonces, noto un silencio incómodo a mi alrededor y veo las miraditas nerviosas de los demás, que se cruzan por encima de mi cabeza, tejiendo una camisa de fuerza invisible (sobre todo cuando intento imitar lo de los cuchillos). A veces pienso que, efectivamente, me lo tengo que mirar. El caso es que ese recuerdo permanece amarrado como una garrapata a mi memoria, justo al lado de aquellas películas de navajeros, por culpa de las cuales nuestras madres nos mandaban a judo con el kimono puesto (o si hacía frío, con la chaqueta Starsky), a aprender a hacerle un “osotogari” al fantasma de la inseguridad ciudadana; o de aquel boxeador pelirrojo, esmirriado y patoso que el día del golpe de estado apareció en una película cuando tocaba el telediario y que vencía a su adversario al compás del Danubio Azul: tarararará pum-púm, y con cada pumpúm le metía un directo en el mentón a su estupefacto adversario. Durante muchos años también pensé que aquella película sólo se había proyectado en mi imaginación. Hasta que conocí a una chica que también la había visto. Hoy esa chica es mi chica (y la madre de mis hijo)s. Así que estoy seguro: no lo he soñado. Lo único que me hace falta, para no volverme loco, es que alguien me confirme que Buski-Buski existe (y ya de paso el nombre del actor pelirrojo de la peli del 23-F).
Bien, pues a mi llamada de socorro respondieron varios emails, a los que estaré eternamente agradecido, que me revelaron, en primer lugar, que el actor pelirrojo es Danny Kaye, y la película en cuestión «El asombro de Brooklyn«. Aquí se puede ver la escena del boxeador de la que hablo. En cuanto al cocinero sueco, tampoco lo había soñado, aunque lo que en realidad decía no era Buski-Buski, sino Eskibulki-bulki, o algo similar. Después, investigando un poco más, hasta descubrí que esa peculiar forma de hablar ha dado nombre a un idioma en un juego de una vidoconsola, o que ¡venden un muñequito del cocinero a 9 euros, con gallina y todo, en una web! -que no llegué a comprarme, por rácano, y ahora he vuelto a perder la dirección-. Pero lo más curioso, encontré un video en el que Danny Kaye y el cocinero sueco aparecían juntos en el show de los Teleñecos.

Puede que todo esto os parezca una tontería, a mí me resulta sorprendente, y sobre todo, aún hay muchas preguntas que contestar y me da que, con vuestra ayuda aún se puede tirar más del hilo. Por ejemplo, el cocinero sueco ¿tiene nombre? Espero vuestros comentarios.

PD: más datos: hay un grupo en Facebook llamado «Fans del cocinero sueco de los teleñecos»,
y una entrada en Wikipedia, en la que se revela que al cocinero nórdico lo doblaba el propio Jim Henson. Y esta de abajo es una de las figuritas que se venden del personaje (no la que vi yo la otra vez):

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