Publicado en «Rubio de bote» Magazine ON, 20/06/26
El
chinazo en la luna delantera restalla como el latigazo de un dios a
sueldo de Joseba de Carglass. Cuando aparco busco el impacto, pero
solo encuentro la cagada de un milano o un quebrantahuesos. Tiene que
ser una rapaz, porque en el centro de lo que luego Chat GTP me
revelará que no es un excremento sino algo llamado egagrópila (una
especie de bola que ciertas aves regurgitan y escupen por el pico en
lugar de por la cloaca) hay algo duro, un trozo de hueso, quizás de
algún ratoncillo o erizo, que retiro con mis propias manos,
desasosegado por la idea de que bajo él aparezca alguna grieta en el
cristal. No la hay, las vetas que se han abierto alrededor de la
esquirla son solo suciedad, la onda expansiva y la metralla del
meteorito. Finalmente, me lavo las manos chapuceramente, empapando un
kleenex con el agua del limpiaparabrisas.
Dos
días después comienzan los retorcijones, un dolor de estómago
punzante acompañado de náuseas, como si yo también estuviera
conformando e intentando expulsar mi propia egagrópila; retorcijones
que finalmente se traducen en una descomposición torrencial y que me
hacen pensar en mí mismo como el paciente cero, el primer caso de
infección humana por culpa de una nueva gripe aviar.
Nuestra
vida, y sus circunstancias, son pura
contingencia, un boleto
en
la lotería del azar.
Para que yo acabara sentado en un trono, un habitante de la república
roedora había tenido que ser previamente arrebatado a la tierra por
un águila ratonera que, por
su parte, había tenido
que vomitar los restos de su banquete justo en el preciso momento que
sobrevolaba mi coche. Y así podríamos seguir ad
infinitum. Para
que un alumno de un colegio privado o concertado consiga la
nota
que necesita para entrar en determinada carrera universitaria, un
profesor ha plagado previamente su cartilla con sobresalientes
dopados. A su vez, supongo que alguien le ha sugerido a este profesor
que inyecte la “sobresalientelina” a sus alumnos para promocionar
la excelencia académica del centro. La meritocracia y la igualdad de
oportunidades son solo otra egagrópila,
que escupe desde lo alto un ecosistema que protege a sus halcones
y
deja desguarnecidos a los que considera ratones, es decir, a la
educación pública y a quienes juegan limpio o solo con su esfuerzo.
Aunque, a diferencia del chinazo y mi diarrea volcánica,
todo esto puede que no sea solo un cúmulo de casualidades cósmicas.
Publicado en «Rubio de bote» (magazine ON) 06/06/26 Foto: Teresa Zgoda (Cabeza de una tenia vista en un microscopio
De pequeño yo era un tirillas.
Sigo siéndolo, en realidad, pero ahora he hiperdesarrollado mis
abdominales. Y lo mío me ha costado, repitiendo cada noche varias
series cortas pero intensas de sprints
entre el sofá y el frigorífico.
-¡Este niño tiene la solitaria!
-recuerdo que solían decirme mis tías, pues a pesar de mi delgadez
comía como una lima.
Me lo repetían tan a menudo que
acabé por creérmelo. Dentro de mí tenía una tenia voraz, a la
cual yo imaginaba como una especie de anaconda que se había
acomodado a lo largo de mi tracto intestinal y que tan pronto como
cualquier bocado caía en mi estómago sacaba la cabeza por el píloro
y, ¡zas!, me lo arrebataba. Aquello, lógicamente, me preocupaba. Me
acomplejaba, además, mi cuerpo. Me daba pudor mostrarlo en la
piscina o en las duchas, después de los entrenamientos. Todavía
sigue avergonzándome desnudarme. Y me da pena, porque nunca seré
uno de esos abuelos a los que ya se la suda todo y salen a andar sin
camiseta, luciendo barriga y una mata de pelo escarchada en las
tetas. Tendré que conformarme con colgarme el mango del paraguas a
la espalda.
¿Qué podía hacer? Por entonces
se decía que había un remedio casero para exorcizar al parásito.
Tenías que colocar un vaso de leche debajo de la boca, abrir esta
mucho, y la solitaria, tentada por el alimenticio olor, no tardaría
en asomarse. Había que estar muy atento porque ese era el momento en
que atrapar la cabeza del bicho y extraerlo tirando de ella, como
esos magos que vomitan ristras interminables de pañuelos de colores.
Yo estaba dispuesto a pasar por el trance. Me pegaba ratos muertos
delante del espejo, con el vaso de leche pegado a la barbilla. A
veces le ponía colacao, por si mi tenia era sibarita. Pero nada, me
había tocado una solitaria tímida. Una solitaria solitaria.
Aquello del vaso de leche era, por
supuesto, una leyenda urbana, un bulo, igual que las vitaminas que se
evaporaban del zumo de naranja si no te lo bebías ipso-facto o la
muda de piel que teníamos que hacer para curtirla, dejando que el
primer sol del verano nos despellejara a tiras los hombros. Me
extraña que en estos tiempos de terraplanismo mental no haya todavía
ningún tarado que promulgue el consumo de carne de cerdo podrida o
de tierra de los parques infantiles como eficaz método de
adelgazamiento. Igual hasta lo llevaban a la televisión, a un
programa de esos de prime
time, como el de las
hormigas, o a ese otro de cocineros, Ultrachef, o como se llame, en
el que recientemente fue invitada una exconcursante que días antes
había animado desde Dubai a los contribuyentes a no pagar impuestos,
los mismos impuestos con los que se sufraga el susodicho programa de
la televisión pública que, como si también alojara dentro de sí
misma una tenia, supongo que retribuye las gansadas de esta
inconsciente.
Publicado en Rubio de bote, colaboración para magazine ON (suplemento semanal de diarios de Grupo Noticias), 23 de mayo de 2026
Estoy
gafado. Otra vez han vuelto a equivocarse y a intercambiarme el
informe de la revisión médica del trabajo con el de otra persona,
uno con el colesterol y los triglicéridos altos y además con una
hipoacusia moderada (es decir, un poco teniente). Me lo imagino ahora
al pobre comiendo alegremente croquetas y bollicaos y entrecots y
ositos de gominola y haciéndole repetir al camarero “¡Que a ver
cuántos torreznos le pongo!”.
Y
luego lo del móvil, que se me estropea el micrófono justo cada vez
que me pongo con el Duolingo, así que tengo que repetir las frases
tres o cuatro veces, güat-is-yur-neime?, nada, que no me lo
coge. A este paso voy a matar a disgustos al pajarico verde ese de la
aplicación −creo que
es un búho−. De hecho,
me escribe desolado un email cada vez que hago borota.
Con
lo del tiempo tampoco acierto. Esto de la primavera trompetera es un
rollo. En el mismo día puedes pasar de la Euskadi tropical a la
Siberia severa. Si me acuerdo de coger la crema solar se me olvida el
paraguas. Por la mañana echo de menos la camiseta térmica y al
mediodía me dan calor hasta las gafas. Es el entretiempo. Tendría
que aprender de esa gente que va en bermudas y con anorak. Así
aciertan siempre, aunque sea a medias. El entretiempo es como la vida
misma. Cuando menos te lo esperas cae una tormenta bíblica; o en
mitad de un día de perros el cielo te salva enviando unos rayos de
sol que dibujan en tu vida un cuadro de Sorolla. El entretiempo es el
Dragon Khan. El hombre del tiempo ahorcado. Alexa contestándote “Hoy
la máxima será de treinta grados y la mínima de dos bajo cero”…
Y
yo ya no sé qué hacer. Me he pedido en Aliexpress una estación
meteorológica. Ha sido comprarla en la web y a las cuatro horas la
tenía en la puerta (bueno, en el ascensor: “Se lo dejo en el
ascensor, ¿okey?”, dice el repartidor, y no te deja tiempo para
contestarle: “Es que acabo de salir de la ducha”; los riders
no pierden el tiempo, se marchan como trenes bala, todavía tienen
una montaña de paquetes que repartir, un amazonas convertido en
cartón metido en la mochila XXL).
La
estación meteorológica me ha costado seis euros con noventa y
nueve. Todo un chollo. De no ser porque al abrirla lo que me he
encontrado ha sido una pizarra magnética con unos imanes con formas
de nubes de tormenta, mares arboladas, soles sonrientes. Un juguete
para los futuros Arnaitz Fernández. “Se han equivocado, como los
del informe médico”, digo, creo que para mí, pero mis hijos
contestan algo, han debido de escucharme, parece que me riñen,
distingo solo algunas palabras,
“lo-que-pides-en-aliexpress-y-lo-que-te llega”, “huella
ecológica”, “putosordo”, no sé, no oigo muy bien lo que
dicen, “Estarán hablando en inglés”, pienso, y me dirijo a la
cocina a prepararme un bocata de chorizo ibérico.
El
músico galés Gwilym Bowes Rhys, que ha estado durante estas últimas
semanas ofreciendo conciertos en diferentes lugares de Euskal Herria,
cuenta y canta en su tema “Ben Rhys” la historia de su
tatarabuelo. Ben Rhys murió en 1861, junto con otros compañeros,
tras la explosión en un pozo minero al sur de Gales. Los patronos
les habían negado la compra de candiles cuya llama cambiaba de color
si detectaba la presencia de gases peligrosos. Lejos de asumir su
responsabilidad, los dueños de la mina solo pagaron a las familias
de las víctimas la mitad de salario del día del accidente, alegando
que este había tenido lugar a media mañana.
La
historia no es tan diferente a muchas de las que podemos leer hoy en
cuentas de redes sociales como @soycamarero, en las que se hacen
públicos intercambios de mensajes entre trabajadores y sus jefes,
quienes ofrecen condiciones y salarios más propios de esclavistas o
señores feudales, o en las que despiden a camareros si estos
enferman o tienen que enterrar a un familiar.
En
su pequeño ensayo “Utopía no es una isla”, la escritora Layla
Martínez hace un repaso por algunos de los mundos mejores que, desde
la “Utopía” de Tomás Moro, diferentes pensadores y movimientos
políticos soñaron para los seres humanos y, en particular, para la
clase trabajadora. En la introducción del pequeño ensayo la autora
señala que cuando pregunta en charlas o talleres a los asistentes
cómo imaginan el mundo dentro de unos años, el escenario siempre se
pone en lo peor: crisis económicas y ecológicas, regímenes
fascistas, pérdidas de derechos de los trabajadores… Del mismo
modo, la ciencia ficción siempre suele tender a la distopía de
tintes aterradores, en la que los humanos han sido sometidos por las
máquinas, los marcianos o las ideologías totalitarias. Nadie
imagina -dice Martínez- una sociedad futura en la que el capitalismo
o el patriarcado han sido abolidos o en la que los trabajadores
tienen horarios de veinte horas semanales y ganan lo suficiente para
dedicar el resto de su tiempo a vivir dignamente. Tal vez porque los
dueños de la mina siguen pagando la mitad del salario mientras
morimos enterrados en vida en trabajos alienantes a tiempo completo
(los dueños de la mina, o sus representantes, serían hoy PP, Vox y
Junts, que tumbaron en el parlamento el proyecto de ley para reducir
la jornada laboral).
La utopía, sin embargo, es posible, tal y como demuestran algunos de esos mundos mejores que Layla Martínez recoge en su obra y en los que quienes los imaginaron anticiparon avances para la humanidad que terminaron haciéndose realidad. Los mineros galeses, por lo demás, como Ben Rhys, trabajaban en 1861 doce horas al día y muchos de ellos fallecían prematuramente, con los pulmones ennegrecidos por la silicosis o el carbón.