Un cuento de Patxi Irurzun

Aquí se puede leer y descargar «ME LLAMAN OSO PANDA», relato incluído en mi libro «Once millones de ejemplares vendidos». La ilustración es de Ernesto Murillo «Simonides»

Aquí se puede leer y descargar «ME LLAMAN OSO PANDA», relato incluído en mi libro «Once millones de ejemplares vendidos». La ilustración es de Ernesto Murillo «Simonides»
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero 2026)
Durante estas últimas semanas en las que, de manera inusual, la literatura ha generado algunas polémicas en la esfera pública -el beef o pique entre Uclés y Pérez-Reverte, la concesión del Premio Planeta a Juan del Val, o del Nadal al propio Uclés- ha pasado, sin embargo, desapercibida la audaz iniciativa de la editorial sevillana Barrett, que a lo largo de este año publicará algunos de los libros de su catálogo de manera anónima, es decir, sin desvelar a los lectores quién es el autor o autora de las obras.
El “Catálogo a ciegas”, así es como lo han llamado, pone por tanto en el centro la propia obra y la propia lectura y no todos los condicionantes extraliterarios que demasiado a menudo determinan la suerte de estas: la fama o dimensión social de quien firma el libro, su ideología o aspecto, las simpatías o antipatías que despierta, si hace promoción en La Revuelta, en El Hormiguero o en La Gaceta de Melilla, si es tiktoker, cocinero o experta en literatura comparada, si sus anteriores obras han vendido trescientos ejemplares o doscientos cincuenta mil…
Con su apuesta Barrett viene a poner patas arriba todas las reglas del negocio editorial y a señalar todos sus vicios y trampas (tal vez por eso, precisamente, los medios apenas se han hecho eco), además de liberarnos a los lectores de cierta presión externa, presión que también puede trasladarse a otras disciplinas artísticas: ¿Es realmente Lux de Rosalía poco menos que la Novena Sinfonía de Beethoven? ¿De verdad los Javis son los nuevos hermanos Coen? ¿Solo porque lo diga todo el mundo? ¿Y como lo dice todo el mundo, yo, que soy muy punki, tengo que opinar obligatoriamente lo contrario?… Claro que, de esta manera, la presión se la puede imponer uno a sí mismo: “¿Sería capaz de distinguir en una cata literaria a ciegas a Juan del Val de Henry Miller?…
No se preocupen, porque es poco probable que en su “Catálogo a ciegas” Barrett incluya al autor de Vera, una historia de amor (yo creo que si cayera en sus manos un libro como ese lo descartarían solo por el título), aunque sí reconocen que otra de las motivaciones que les ha llevado a poner en marcha este desafío es la venganza, es decir, la posibilidad de pagar con la misma moneda a las grandes editoriales, acostumbradas a robar autoras o autores que han conseguido éxitos literarios desde editoriales pequeñas e independientes: en este caso, se insinúa, será al contrario, Barrett puede que haya birlado a esas grandes editoriales alguna que otra vaca sagrada de la literatura, que se ha prestado a este juego del antifaz literario … o puede que no, puede que tras las obras anónimas se oculte solo, qué sé yo, el vigilante nocturno de un camping de Castelldefels. ¿Se animan a hacer sus porras?
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, febrero, 2026)
Hace unos días mi peluquero me preguntó, a la hora de pagar, si era jubilado, pues aplica a estos un escudo social, una rebaja de tres euros. “¿Pero qué dices, chalao? ¡Si aún me quedan diez años!”, estuve a punto de contestarle. También podía haber aprovechado y sugerirle que me aplicara el descuento de todos modos, total para cuatro pelos que tenía que apañarme… (claro que es cierto que el tiempo que se ahorra ahora con el cuero cabelludo lo pierde con los pabellones auditivos, en los que conforme uno se va haciendo mayor se da el curioso fenómeno de la alopecia a la inversa).
Un día te sienta como un tiro que te llamen señor cuando te preguntan la hora y al siguiente estás mirando obras o cruzando la calle por donde te da la gana.
“Yo aquí no vuelvo”, fue, de todos modos, mi ofendida y visceral reacción al salir, pero me calmé en cuanto pasé por otra peluquería, una de esas con poste de barbero en la entrada, y vi a un chaval con el pelo oxigenado al que le estaban haciendo una muesca en la ceja, todo ello al ritmo de Jarfaiter. No me veía ahí dentro, la verdad. Además, pensándolo bien, si mi peluquero me había preguntado si yo estaba jubilado era porque no me conocía, porque mientras me hace la faena no intimamos, no hablamos (entre otras cosas porque él es marroquí y tiene un español macarrónico, de primero de Duolingo). De hecho, por eso lo había elegido. Como dice el chiste: “¿Cómo quieres que te corte?”. “Callado”.
Ir al peluquero siempre me ha dado mucha pereza. De pequeño mi madre solía mandarme a uno del barrio, calvo, que desagraviaba esta condición dejándose unas patillas como de general austrohúngaro, o como Chiquito de la Calzada. De hecho, recordaba un poco a este, porque era un hombre rocero (muchos peluqueros lo son, en otro sentido, supongo que por imperativo de su oficio, y esa es otra de las cosas desagradables de cortarse el pelo, el contacto físico de sus bajovientres). Pero me refiero a que le gustaba dar conversación, lo cual a mí, que era un niño muy tímido, me provocaba cierto nerviosismo, nada recomendable cuando te doblan la oreja para meter por encima de ella una tijera recién pasada por la piedra de afilar. Al final, mi madre acabó cortándome el pelo ella misma e inventando de manera involuntaria pioneros rapados en la sien que en realidad perpetraba para ir igualando trasquilones hasta que ya no quedaba nada que igualar.
Es curioso, me parece que todo eso fue ayer, que me separa de esa época mucha menos distancia que los diez años que me quedan para jubilarme. Y es que ya lo decía Lolo Rico, la creadora de La bola de cristal, en el título de sus memorias: “¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa y yo no me dé cuenta?”.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, ENERO 2026)
Hace unas semanas el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a España por no investigar eficazmente la supuesta violación de dos mujeres por sumisión química ocurrida en Pamplona en 2016. Durante el proceso fueron destruidas pruebas clave, dándose la “casualidad” de que uno de los dos implicados resultó ser cuñado de un policía nacional adscrito a la unidad que investigó el caso. Desaparecidas -hechas desaparecer, mejor dicho- dichas pruebas, como secuencias del vídeo del bar en que presuntamente fue administrada la droga en la bebida a las mujeres o datos sobre los teléfonos móviles, borrados “por accidente” de un disco duro, el juez determinó que no había pruebas concluyentes para condenar a los acusados (lo cuales, entre otras lindezas, hablaban en un grupo de WhatsApp de entrenarse para matar mujeres a golpes).
No, no es el argumento de una película o de una novela de John Grisham, es la cruda realidad, una injusticia clamorosa que deja a las víctimas agraviadas dos veces, la primera por sus agresores, y la segunda por quien debería haberlas defendido de ellos.
Queda como consuelo la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, que condena al Estado español a indemnizar económicamente a las dos denunciantes, pero que no resuelve el hecho de que los culpables se hayan ido de rositas y con la burundanga en el bolsillo y que resulte poco probable que los denunciados puedan llegar a ser condenados, puesto que las pruebas que podrían incriminarlos se han esfumado en un birlibirloque policial y judicial. La condena europea, además, llega después de todo un viacrucis de nueve años por diferentes tribunales -como la Audiencia Provincial de Navarra o el Tribunal Constitucional, que no admitió el recurso de amparo- y gracias a la tenacidad del abogado de las víctimas y de estas mismas, que han conseguido que, al menos, la injusticia que han padecido tenga el desagravio de ser reconocida públicamente y aireada en diferentes medios de comunicación.
Cabe preguntarse, no obstante, cuántas situaciones similares u otras -abusos laborales, de autoridad, despidos, desahucios, …, por no hablar de injusticias sistémicas como la desigualdad económica, la discriminación racial o de género, la corrupción…- caerán en saco roto porque las personas que las padecen no tienen la fortaleza anímica o el respaldo económico para afrontar los litigios, o porque se encuentran por el camino todo tipo de trabas, amenazas, laberintos judiciales sin salida, procesos kafkianos o cuñados policías.
Publicado en «Rubio de bote» (colaboración para magazine On, diarios Grupo Noticias, enero, 2026)
El otro día estábamos votando una derrama en la reunión de vecinos cuando de repente apareció un comando de Delta Forceps e hizo una extracción, es decir, se llevó al administrador por la fuerza. La verdad es que entre los vecinos había unos cuantos que no estaban de acuerdo con la gestión de este administrador y que las votaciones que habíamos hecho para ver si lo manteníamos o no habían sido algo sospechosas, aparte de que la casa estaba hecha unos zorros, con humedades, fallos en la calefacción, las escaleras sin barrer −un día, en un descansillo, hasta nos encontramos una tan misteriosa como fétida caca, que tardó en ser retirada varios días−.
Pero no nos esperábamos algo así.
Los Delta Forceps −ya saben, el grupo de élite de El Gigante Naranja, la principal empresa de administradores de fincas de la ciudad− irrumpieron en la reunión derribando la puerta y reduciendo violentamente a algunos vecinos.
En cuanto al administrador, no supimos nada de él hasta el día siguiente, cuando lo vimos en el telediario camino de un juzgado, esposado y con un ridículo gorrito de lana con orejas de Mickey Mouse. Lo acusaban de regentar varios narcopisos, alguno de ellos, al parecer, en nuestro propio bloque (nosotros, la verdad, no supimos a qué se referían, como no fuera al olor a marihuana que de vez en cuando salía de uno de los trasteros en el que solía meterse el hijo del del noveno C con sus amigos los días que hacía frío en la calle).
Unas horas después, durante la entrega de un premio que concedía el Ayuntamiento al dueño de El Gigante Naranja, por su inestimable contribución a la convivencia en la ciudad, este respondió a las preguntas de varios periodistas y dijo que a partir de ese momento su empresa se ocuparía de administrar nuestra comunidad y que una de las primeras medidas que iba a tomar sería utilizar nuestro jardín-privado-de-uso-público, que en su opinión estaba infrautilizado, para levantar en él una franquicia de otro de sus negocios, la cadena de comida rápida McPato…
A mí todo me resultaba surrealista y un poco increíble, entre otras cosas porque a nadie, a la alcaldesa, a la policía, a los periodistas, le parecía extraño aquel comportamiento. Me parecía que, en realidad, aquello debía de ser un sueño, una pesadilla, o una película, un videoclip (por ejemplo, para esa canción de La Polla Records, Jhonny)… Y, en efecto, justo cuando el dueño de El Gigante Naranja añadía que para el correcto funcionamiento de su nuevo McPato “necesitaba” ocupar la panadería que había en uno de los bajos de nuestro edificio, me desperté.
Como cada mañana, lo primero que hice fue mirar el móvil. Me saltó la alerta de una noticia de última hora: “Donald Trump ordena …”, comenzaba el titular…