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Club de lectura de verano: María Luisa Elío

Ago 1, 2021   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

TIEMPO DE LLORAR Y OTROS RELATOS,
de María Luisa Elío

Así se hizo 'Cien años de soledad' / LOS ECOS DE UN CLÁSICO DE LA  LITERATURA LATINOAMERICANA, por Xavi Ayén – Ideas de Babel
Publicado en magazine On (diarios Grupo Noticias) 30/07/21

Yo tenía ya más de treinta años cuando supe que los Escolapios, el colegio en el que estudié de niño, fue durante el golpe de estado de 1936 cuartel general y centro de detención de los requetés, quienes junto con las milicias falangistas asesinaron en cunetas y paredones de todo Navarra, donde no hubo frente de guerra, a más de tres mil personas. El mismo patio contra el que más de una vez, durante los recreos, estampé mi nariz en los partidos a cara de perro de una clase contra otra, se tiñó de otra sangre cuarenta años atrás, cuando los detenidos se arrojaban desde los ventanales de nuestras aulas, incapaces de soportar la idea de que les aguardaba una muerte segura, sin juicio, sin razón, por Cristo, por España y por la puta cara. Las clases en las que los curas nos enseñaban a ser como Dios mandaba, fueron hacía no tanto tiempo calabozos siniestros en los que se torturaba salvajemente en el nombre de un hombre —el hijo de ese dios— clavado en una cruz, es decir, torturado también.

Balas y churros
Lo cuenta Galo Vierge en Los culpables uno de los escasos testimonios directos de la represión fascista en Pamplona, un grito aislado capaz de atravesar el manto de silencio que durante décadas cubrió una ciudad en la que no pasaba, no había pasado nada, en la que muchos de nosotros crecimos ignorando que en los glacis de la Vuelta del Castillo, donde jugábamos al escondite después de la catequesis, pasaron por la piedra a cientos de hombres inocentes.

Galo Vierge, obrero metalúrgico afiliado a la CNT, anota en Los culpables los nombres de las víctimas y de los verdugos, habla (con el corazón ensangrentado en la mano, pero sin rencor) de los detenidos a los que dejaban en libertad para volver a detenerlos por la noche y darles el paseíllo; de los fusilados reclamados meses después a sus viudas o padres, en leva para la cruzada fascista; de los asesinos que cuneteaban a presos y volvían después a Pamplona para postrarse de rodillas ante Santa María la Real, en procesión por el centro de la ciudad; de la caza humana —ni heridos ni supervivientes, era la consigna— tras la espectacular fuga (la mayor en la historia penal de España) del fuerte de San Cristóbal y los cientos de prisioneros que tras huir fueron abatidos como conejos por la laderas del monte Ezkaba.

Los culpables no es el único libro testimonial que nos habla de aquel horror. En Soledad de ausencia, del juez Luis Elío, probablemente el primer detenido en Pamplona tras el golpe militar, cuenta su peripecia personal, cuando tras ser rescatado y ocultado por amigos del bando insurgente, pasó tres años enterrado vivo entre dos paredes, en un cubículo a solo doscientos metros de aquel paredón de la Ciudadela contra el que los pelotones de fusilamiento ejecutaban a decenas de detenidos mientras algunos pamploneses de bien asistían al espectáculo comiendo churros.

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María Luisa Elío y Gabriel García Márquez
Elío conseguiría finalmente huir a Francia y, tras pasar por el campo de prisioneros de Gurs, reunirse con su familia, junto a la cual se exiliaría a México.

Allí crecieron sus tres hijas, una de las cuales es María Luisa Elío, autora de Tiempo de llorar, el libro que nos ocupa hoy, y pamplonesa universal, pues su nombre no solo figura en la dedicatoria de los millones de ejemplares de una de las novelas más importantes de la literatura del siglo XX, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, sino que además su aportación a la misma fue determinante.

En México María Luisa Elío frecuentó, junto con su marido el cineasta Jomí García Ascot, ambientes artísticos y conoció a intelectuales como Juan Rulfo, Álvaro Mutis, Octavio Paz… o García Márquez, con quien el matrimonio entabló amistad.

Fue, de hecho, María Luisa una de las primeras personas a la que el escritor colombiano contaría, de viva voz, las aventuras de la saga de los Buendía, y también una de las primeras a las que confiaría su manuscrito (una de las primeras personas por tanto que se deslumbraría al leer aquello de: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”). De ella y de su marido recibió García Márquez no solo el aliento, la confianza que todo escritor necesita tras pasar meses, a veces años a solas frente a su obra, sin otro juicio que su propio instinto literario, sino también apoyo económico durante años de penuria, soledad y anonimato.  

Tal vez, quién sabe, si ellos no hubieran estado allí, García Márquez habría desfallecido y nunca habría escrito Cien años de soledad.

María Luisa Elío y la vida propia como fabulación
La familia Elío

Regresar es irse
En cuanto a la obra de la propia María Luisa Elío, Tiempo de llorar, la autora narra el viaje que hizo a su infancia y a su ciudad natal, en 1970, tal vez en un intento de reconciliarse con ambas, y que resulta fallido, pues lo que se encuentra en su regreso a Pamplona, junto a uno de sus hijos, es una ciudad triste, gris, opresiva, un pueblón amurallado, mojigato, santurrón y cazurro, que no le invita a otra cosa que a largarse cuanto antes por donde ha venido (de hecho, Elío arranca su novela con la famosa frase “Y ahora me doy cuenta de que regresar es irse”). El relato transpira esa sensación de vacío, da incluso la impresión al lector de ser un libro fallido, inacabado, que se va desvaneciendo, pero esto a la vez es el mejor reflejo de la herida que dejó en la autora aquella ciudad y aquella niñez arrebatadas por la fuerza de las armas. La herida es, de hecho, tan dolorosa que tal y como cuenta Eduardo Mateo, biógrafo de la autora, esta tuvo que internarse a su vuelta a México en un psiquiátrico y solo así consiguió “curarse de Pamplona”, de aquella Pamplona convertida en una enorme y silenciosa tumba en cuya lápida solo era posible leer los nombres de los caídos de un bando, y en la que todavía cuarenta, sesenta años después, muchos crecimos si saber, sin que nadie nos contara que el colegio en el que nos educamos o las faldas del monte que todos los días veíamos desde nuestra ventana fueron tiempo atrás mataderos, algo que —me refiero a nuestra ignorancia—, por fortuna y una vez más, subsanó la literatura, gracias a libros como Los culpables, Soledad de ausencia, Tiempo de llorar o algunos más recientes como Sin piedad, de Fernando Mikelarena, Agerre y Garcilaso, de Iván Giménez, El escarmiento y El botín, de Miguel Sánchez-Ostiz, Los promotores del 36 en Navarra, de Aitor Pescador, Matones, de Bingen Amadoz, Entre rejas, de Hedy Herrero, Fuerte de San Cristóbal, 1938 de Félix Sierra e Iñaki Alforja, El cementerio de las botellas (Francisco Etxeberria, Koldo Pla…) , Navarra 1936, de la esperanza al terror, de Mari Jose Ruiz, Juan Carlos Berrio y Jose Mari Esparza… y al infatigable trabajo de editoriales como Pamiela o Altafaylla kultur taldea y de historiadores como José María Jurío que los hicieron posibles.

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