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EMIGRANTES

jul 5, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Emigrantes Patxi Irurzun (1)
Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para ON, magazine de los diarios de Grupo Noticias 30/06/2018

 

Los oigo hablar con sus hijos cuando volvemos de la escuela en un castellano de lengua de trapo, con su sintaxis de supervivencia y la lógica de los verbos irregulares mal conjugados, y me parece, en sus bocas y sus acentos, una lengua hermosa, perfecta, sobre todo cuando son sus hijos los que les contestan con soltura, en un español fluido, salpicado de jerga preadolescente y condicionales acertadamente mal usados.

Son senegaleses, búlgaros, marroquíes… Imagino el esfuerzo que debe suponer para ellos dirigirse a aquellos a quienes aman en una lengua que no dominan y percibo la generosidad que hay tras ese gesto. Intento imaginarme después a mí mismo en un país extraño, solo, sin trabajo, sin dinero, sin casa, con mi familia y mis amigos a miles de kilómetros, en un lugar del que desconozco por completo todas sus costumbres, todos sus códigos sociales y culturales…

Me resulta imposible.

Lo más parecido que viene a mi mente es un aeropuerto internacional, en el que se ha extraviado mi equipaje o he perdido un vuelo o hay algún malentendido con mi pasaporte, y todavía eso sigue estando a miles de kilómetros de distancia del lugar hasta el que ellos han llegado o del modo en que deben de sentirse.

Me gustaría seguirles, entrar en sus casas, verlos sentarse junto a sus hijos, con un diccionario entre las manos,  para ayudarles a hacer los deberes, colocarse frente al televisor a mirar las noticias, repetir varias veces para sí mismos cada palabra cuyo significado acaban de descubrir, leer el correo y tratar de descifrar dos veces las facturas de la luz, escucharlos reír junto a los suyos de un modo distinto al que ríen en la calle, entre desconocidos que les miran mal si sus carcajadas son demasiado altas,  observar cómo se acercan al ordenador y ponen  música de su país, cómo cierran los ojos y ese gesto se convierte en un pasaje de avión, que por un momento los transporta al lugar donde nacieron…

Me pregunto cómo habrán llegado hasta nosotros, cuántos padecimientos y humillaciones habrán sufrido, cuánto habrán llorado en almohadas que nunca eran las suyas, en camas calientes, en pisos pateras, bajo cielos en los que las estrellas brillaban con promesas que nunca acababan de cumplirse…  Trato de pensar en el vértigo que deben de sentir cuando el sello de turista expira y se convierten en clandestinos, o en el que provoca un océano carnívoro cuyo fondo está empedrado de miles de cadáveres sin nombre. Pero no puedo, también soy incapaz de imaginarlo, e imagino a la vez que serán sus hijos quienes lo hagan.

Serán ellos, los que  no son de aquí ni de allí, los que son extranjeros en todas partes, en su país y en el país de sus padres, quienes lo cuenten, quienes lo escriban, quienes lo rapeen, quienes lo enseñen en las aulas, quienes expliquen su historia, que será también la nuestra, que ya es la nuestra, porque las ciudades que habitamos son solo ciudades, civilizaciones amontonadas,  sustratos que se mezclan y compactan el suelo que pisamos, en el que solo estamos de paso y del cual somos solo la última capa de polvo.

Pienso en todo eso durante todos estos días en que hemos visto a niños enjaulados como animales, separados de sus padres, o a emigrantes trasladados en barcos de un puerto a otro como fardos. Y me gustaría  creer que una buena forma de evitar que eso siga sucediendo, o que se solucione de otro modo más humano,  es que cualquier persona fuera capaz de sentir esa empatía,  de reconocer el esfuerzo, el valor, e incluso la admiración por aquellos que han dejado todo a sus espaldas, que se han jugado la vida, para hablar a sus hijos en nuestra lengua, para ser unos más entre nosotros, a pesar de todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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