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Los gintonics de Pikachu

ago 28, 2016   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

pokemon-go-1574003_960_720Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para ON, magazine de los periódicos de Grupo Noticias (27/08/16)

Cuando me desperté Pikachu todavía seguía ahí. Era de color amarillo correos, olía a torta del Casar y de vez en cuando me pedía, con una voz como de cantante de death metal, un gintonic con cardamomos.

Yo no tenía ni idea de cómo podía haber ido a parar al sofá de mi cuarto de estar. Intuía que tenía que ver algo con esa aplicación que hacía furor, Pokemon GO, de la que sin embargo yo solo tenía noticia por la tele y los periódicos, pues, con mi viejo móvil de concha, me había quedado anclado en la prehistoria de la telefonía.

El caso es que Pikachu llevaba ya una semana allí, frente a mi televisor, viendo las olimpiadas. Yo, por supuesto, no había contado nada a nadie, en el trabajo o en el bar, temiendo que me tomaran por loco. Y también porque estaba asustado, después de observar a todas aquellas manadas de adolescentes que merodeaban como lobos hambrientos por los parques de la ciudad, a la caza de Dragonites y Charmanders.

La primera vez que oí hablar de Pokemon GO pensé, sin embargo,  que aquello no podía ser tan horrible como decían columnistas y tertulianos. “Hay miles de cosas peores”, me dije. “Por ejemplo, apalear mendigos o pasar toda una noche oyendo reggaeton o ser columnista o tertuliano”. Pero después de que Pikachu se atrincherara en mi sofá comencé a indagar un poco, a informarme sobre el juego o a frecuentar los lugares en los que hacían batidas sus usuarios y llegué a la conclusión de que el fin del mundo debía de asemejarse bastante a todo aquello, a todos esos zombis intentando capturar peluches orejudos y virtuales como si les fuera la vida en ello.

“¿Seré yo también un muerto viviente? ¿O estaré sufriendo un  episodio de locura transitoria?”, me preguntaba.  Y cada vez que regresaba a casa abría la puerta con la esperanza de que todo volviera a ser como antes. Pikachu, no obstante, seguía allí, viendo el descenso de aguas bravas o las series de clasificación de 3000 obstáculos. Al principio tengo que confesar que hasta me hacía gracia y sentía deseos de abrazarlo o de contarle cómo me había ido en el trabajo, y que le preparaba amorosamente sus gintonics (aunque, por si acaso, en vez de ginebra le ponía agua del grifo —no tenía ni idea de cómo podía reaccionar un Pokemon a las bebidas espirituosas— y en lugar de cardamomos uñas de mis pies), pero después comenzó a agotárseme la paciencia y la queratina. No lo soportaba. Me ponía malo aquel olor a torta del Casar, cada vez más intenso, abofeteándome desde que entraba al portal, y ver a aquel bicharraco sentado en mi sofá, con el culo al aire, haciendo el gandul, gordo como una nutria… Tenía que hacer algo. Comencé a buscar agujeros, grietas que conectaran mi casa con otra dimensión.

—Déjalo, tronco —fue el propio Pikachu quien me hizo desistir, con su voz de trueno y pólipos—. No te canses y ven a ver el lanzamiento de martillo, que lo único que tenemos que hacer es esperar a que nos llamen.

Comprendí entonces que yo ya estaba al otro lado de la grieta, dentro del agujero, en aquel mundo paralelo al que van a vivir los personajes de ficción olvidados, los actores secundarios, los concursantes de First Dates para quienes no hay segundas citas… Que yo también era un Pokemon esperando a ser cazado, la estúpida invención de un escritor de prensa, un Supermario Bross aguardando su turno y su game over…  Y que aquello, si era la muerte, u otra vida, tampoco se diferenciaba tanto de esta, la verdad.

 

 

 

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