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NAMING (COLABORACIÓN EN FRANZINE, EL BLOG DE LA FRANZISKA)

oct 7, 2013   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Aquí va la primera colaboración para el Franzine de mis amigos de La Franziska, en el que hablaremos de vez en cuando de publicidad, diseño, ese oscuro mundo en el que alguna vez estuve sumido

NAMING



“Bizcotur: dícese del que sobre ser bisojo y mal encarado, mira con aviesa intención. Puede también usarse como sustantivo.” Matías Martín, inventor de palabras (La Colmena)

Saben aquel que diu “Hemos tenido que ponerle al niño oxígeno. Vaya, pues yo que quería ponerle Ceferino, como su abuelo”. Pues eso: el naming. Cada vez que me tocaba inventar un nombre echaba humo por las orejas. Cuando trabajaba en aquel garito, digo. En la agencia de publicidad. Todos tenemos un pasado y a mí durante algún tiempo me tocó inventar nombres para ferias industriales, mascotas de hoteles rurales, productos financieros… (Vale, igual el pasado de algunos es más turbio que el de otros). El caso es que el naming era sin duda la parte de aquel trabajo que más odiaba. Uno podía volverse loco. Yo, después de todo, salí bien parado, hubo un compañero que se pasó seis meses dedicado en exclusiva a buscarle nombre a una hipoteca inversa y al final el chaval daba pena, hablando solo en voz alta (bueno, la verdad es que además era rapero) y diciendo cosas que sólo él entendía, como “acetopih” (es hipoteca al revés, inversa, ¿lo pilláis?), “hipoteca maricona” y otras sandeces por el estilo. Aquello no tenía nada que ver con Camilo José Cela en la película de La Colmena, en la que también se dedicaba al naming (claro que él lo decía mucho más castizamente: “Soy inventor de palabras. Bizcotur, se la regalo”). En el café en el que transcurría la escena, por cierto, los clientes también buscaban nombres con las yemas de los dedos por debajo de las mesas, que en realidad eran lápidas de cementerio. Y, de hecho, cuando en la agencia te tocaba un naming te caía un muerto encima. La cabeza echaba humo y total para nada, para que el tren de vapor descarrilara, porque al final lo que uno acababa aprendiendo era que al cliente le daban lo mismo lo que tú le dijeras: él solo te contrataba para comprobar que aún se podían proponer nombres más absurdos que el que tenía en mente desde el principio y que, en realidad, no pensaba cambiar por nada del mundo. Y es que no se puede luchar contra algunas cosas. Contra un Bar Manolo, por ejemplo. Un bar Manolo, con sus servilletas por el suelo, el camarero que deja en la mesa la cazuela con las alubias del menú del día a 9 euros, la tarta de chocolate que ha cogido sabor a cebolla en el frigo… Un bar Manolo solo se puede llamar bar Manolo (bueno, como mucho valen acrónimos del tipo bar Jonay, o sea, Jonatan+Yerai). Del mismo modo que en una pensión Manoli habrá que salir a mear fuera de la habitación o se oirán crujir las camas durante toda la noche y los gemidos y pedos y las risas de los vecinos atravesarán como fantasmas las paredes. Es una cuestión de marca. Tú serás inventor de palabras, pero la señora Manoli es la que cambia las sábanas en su pensión y quien sabe que en ellas está dibujado todo el mapamundi de los sentimientos humanos, sus miserias, sus cazcarrias, sus traiciones, los castillos dibujados en el aire, las lágrimas ahogadas en la almohada, los secretos que solo quien duerme en una pensión Manoli, y no en otra, está seguro de que le van a guardar. Cada uno, en definitiva, bautiza a sus hijos como quiere y el niño será Ceferino por mucho que el médico, o el publicista de turno, quiera ponerle oxígeno y diga que, si no es así, se muere o que la empresa se hunde. Por lo demás, yo opino que Matías Martín/Camilo José Cela regaló Bizcotur porque sabía que era una mierda de palabra.

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