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Sanfermines con silleta

jul 11, 2013   //   by admin   //   Blog  //  No Comments


Patxi Irurzun
(Colaboraciones para Diario de Navarra Sanfermines 2013)



DÍA 6
Nieve en el chupinazo


Yo en la no-primavera de este 2013 pronostiqué que para el chupinazo iba a nevar, así que lo primero que he hecho hoy, día 6, al levantarme ha sido asomarme a la ventana y sí, estaba todo blanco, pero era una cuadrilla que se había puesto a almorzar debajo de casa y ya me he quedado más tranquilo. El día 6 siempre ando escondiéndome detrás de las cortinas, nerviosico perdido, hasta que veo en la calle a alguien vestido de San Fermín y entonces me convenzo de que estas fiestas sin igual no son solo un sueño. Cada año la gente madruga más, por cierto. Ahora son las 9 de la mañana y en la parada de la villavesa hay ya un montón de gente haciendo cola (o sea, no-cola, en Pamplona se entra al autobús alabuyé). “¡Venga, chicos, arriba!”, empiezo a gritar a los niños. Para ganar tiempo ayer los metimos a la cama medio preparados para el cohete, con sus pañuelicos rojos atados a la muñeca y sus números del móvil pintados en el brazo, así que a las 11 ya estamos todo la familia lista: H, ocho años, M, tres, A, su madre, no me deja decir su edad, y yo, P, que todos los días seis de julio tengo quince. Y la silleta, que por estas fechas es como de la familia, pero a la que a la villavesa –veo una pegatina en la puerta de entrada— solo la dejan entrar plegada. Así que, nada, cuando por fin conseguimos subir tenemos que dejar por el suelo todo y ocupamos el triple: la nevera anticrisis con las cervezas, la bolsa con los bocatas, las mantas para tumbarnos a comerlos en algún hierbín, los niños…  Bueno, a los niños para que no nos los aplasten los hemos puesto junto a un grupo de apestadillos, a los que la gente no se arrima tanto: un guiri que lleva la faja a la derecha, uno del barrio que trabaja en la AEMET y otro raro que va con un paquete de cerveza cero-cero. Cuando llegamos a la última parada parece que están bien, han salido ilesos, solo con algunas manchas del colacao que se le ha caído a algún adolescente-croqueta, de esos que van al chupinazo a rebozarse en harina, huevo y champán. Y cuando ya todo el mundo ha bajado del autobús, nosotros a abrir otra vez la silleta. “¡A sentar, a sentar!”, empieza entonces a gritar M, la niña, pero la silleta en realidad no la hemos cogido para ella, qué se cree este enana, sino para cargar todos los titos. Hasta medianoche M la tiene prohibida. Y entonces, cuando se quede impepinablemente dormida, entonces sí, a la silleta. Porque uno está hecho un chaval pero Perurena no es, precisamente, y a ver qué pinto yo en la Plaza del Castillo con una niña de doce kilos en brazos mientras los Burning cantan con cierto retintín “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”.  El caso es que al bajar del autobús miro a ver si nos hemos dejado algo, mientras a mi lado veo pasar a uno con traje de neopreno y a un chino que vende gorros de waterpolo en los que se lee ¡Viva San Fermín! ¡Viva Mordor! Y compruebo que sí, que también llevo los anoraks. Por si refresca por la noche. Por la noche, por cierto, espero que no nos hagan plegar la silleta, con la niña dentro. Eso si con la nieve no han suspendido el servicio, claro.  


DÍA 7
UN MARCIANO SUBIENDO POR LA CUESTA DE SANTO DOMINGO

Yo aquí estoy de extranjis, escribiendo sobre los sanfermines cuando, técnicamente, no soy pamplonés (vivo en Sarriguren). Antes sí, antes vivía en la Txan, y luego en la Rotxa, pero ya entonces empezaba a ver las fiestas un poco desde fuera, o más bien era al revés, ellas me veían a mí como un intruso. Me di cuenta el día que alguien nos invitó a ver el encierro en un balcón de Santo Domingo y subimos andando por la cuesta. Yo llevaba a mi hijo colgado a la espalda en una de esas mochilas para padres guays. H tendría unos 8 meses, su cabeza era una pelotica y era lo único que se le veía asomando por ahí atrás, eso y sus dos ojos, enormes y mirándolo todo, como dos periscopios. 
—¡Un niño, un niño! —le señalaba la turba que esperaba a que dieran las ocho, envuelta en una manta sucia e invisible que olía a vino, tabaco, sobacos silvestres, pedos nucleares y anónimos entre la multitud, serrín de los bares…
—¡Un niño, un niño! —repetían los que se volvían a mirar, con los ojos como surtidores de  kalimotxo y sonrisas psicotrópicas.
Parecía que  en lugar de un niño H fuera un marciano,  o Moisés atravesando el mar rojo (porque lo cierto es que a nuestro paso la calle se despejaba milagrosamente). Toda aquella chavalería podía pasarse días sin cruzarse con un niño (o más bien noches, recuerdo sanfermines de vampiro en que la única luz que vi fue la de los bares y la de los mecheros). Yo por el contrario veía niños a todas horas, niños cagando, niños llorando, niños pidiendo a gritos biberón (por entonces solo tenía un hijo, pero es que era muy movido).
Los niños, en definitiva, estaban desterrados de la noche y del vocabulario de los menores de treinta años, quienes tampoco tenían ni idea de que existían otros sanfermines, los sanfermines de día, los sanfermines en Salou, los sanfermines con silleta… Una caca todos ellos, con perdón, una excusa, lo que dice uno para consolarse cuando se ha hecho viejo. No hay nada que se pueda comparar a tener veinte años y salir a quemar la ciudad, a beberte hasta el agua de los floreros, a ligar como un justinbeiber (ah, no, esto no, siempre se me escapa, siempre se me olvida que estamos en Pamplona). Ay, aquellos sanfermines fundacionales, aquellos primeros sanfermines de ensayo y error (primeras catas de pacharán/ primeros viajes en la ambulancia de la DYA; primeros intentos de empalmada/ primeras noches durmiendo y temblando en los hierbines; primeras incursiones en el casco viejo / primeros efectos radioactivos del kalimotxo en polvo y los bocatas de txistorra de los puestos callejeros; primeros ligues / ah, no, eso no, que seguimos estando en Pamplona)… En realidad,  ahora no me metería en una máquina del tiempo ni loco, me quedo con mis extraterrestres y sus periscopios, con mis niños y mi silleta y mis sanfermines de forastero sarrigurenense. Pero comparable, lo que se dice comparable a aquellos sanfermines, nada. A mí que no me digan.

DÍA 8
GORGORITO Y EL DIABLO COJUELO

“Ya le vale a Gorgorito”, pienso cuando mi hija M me despierta de la siesta de un garrotazo, por quinta vez, y con esta resaca de caballo, una resaca incipiente, o sea, más bien  de poni mareado dando vueltas en un carrusel, la resaca de los marianicos de esta mañana, menos mal que la cachiporra es un globo-churro de esos de las barracas con el careto de Bob Esponja, aunque también sigue siendo duro recordar el regreso a casa con él en la villavesa, ayer por la noche, amarrado a un extremo de la silleta, y al otro, otro globo, este de Dora la exploradora, con un subidón de helio, pegada al techo del autobús, sonriente, meándose de la risa cada vez que Bob Esponja desnucaba a un pasajero, “perdón , perdón”,  qué lacha, me hubiera gustado esfumarme, precisamente cuando M me ha despertado estaba soñando que salía volando, que me elevaba a los cielos aupado en la silleta por los globos, como en la película Upo la novela de Robe el de Extremoduro, que subía muy alto, mucho más alto que la noria (y de paso así me ahorraba los veintipico euros que nos costaría la gracia a toda la familia, si finalmente cedíamos a la presión que ejerce a todas las horas del día mi otro hijo, H, “¡Quiero montarme, quiero montarme!”, porque mira que es alta y difícil de esquivar la dichosa noria), en definitiva, que, como el Diablo Cojuelo, veía desde lo alto los tejados de Pamplona y sus entretelas, sus trastiendas, sus zonas verdes que ahora son de todos los colores (de todos los colores de las bolsas de plástico), su megaaparcamiento del Soto de Lezkairu, otra ciudad, portátil y efímera, los  maleteros abiertos, la música, el bacalao, y el papel de plata de los kebabs tirado en el suelo, brillando al sol, como un belén fuera de temporada, la jarana y la alegría y el charco, los riachuelos de pis y de vodka con lima, y un poco más allá, en Conde Rodezno, Gorgorito,  entre bastidores, preparando detrás del telón un nuevo garrotazo, maldito Gorgorito, golpeándome con saña en la cabeza, ay, no, no fue una buena idea llevar ayer a los niños a ver los guiñoles, ni tampoco lo ha sido salir esta mañana a almorzar, de suelto, haciendo alardes, sin niños, pumba, me da una colleja por sexta vez M, Gorgorita, supongo que eso quiere decir que yo soy el malo, un papá sin escrúpulos, que cambia por un vermú y un frito de huevo a su familia y la deja sola ante el peligro, ante Caravinagre y los Mickey Mouse que venden globos, oh, no, lo he dicho, globos otra vez no, pumba, pumba, pumba, se ceba la niña con el de Bob Esponja, así que no queda otro remedio que levantarse de la siesta, hoy toca torico de fuego, y fuegos artificiales, igual hasta les compramos una espada de luz a los chinos, te lo prometo, chiquitina, y mañana madrugamos para ir a la plaza, y luego a desayunar churros, a la Mañueta no, que siempre hay cola y además el año pasado tu madre la lió, y después al deporte rural, y a los kilikis, sí, hoy sí,  ay, madre mía, estas fiestas  es los que tienen, que no te dan un respiro. 



DÍA 9
EL HARLEM SHAKE DE LOS GIGANTES

Y eso que durante el curso, en el cole,  ya ha tenido alguna terapia de adaptación, con visitas a Autobuses después de las que viene diciendo cosas raras, que si SeLim Pia El calzao que si Larancha-la, y no es que le estén enseñando a hablar bereber, sino los nombres de los gigantes. Pero nada, no hay manera, la niña es oír ya a los lejos a la Comparsa y convertirse en campeona mundial de velocidad, pero en dirección contraria.
—Parecía un Cebada Gago, tan flaquica y abriéndose paso entre la gente a cabezazos—nos dijeron el otro día una patrulla de vigilantes de la zona azulnaranja, que la pararon por San Juan. Y también que lloraba como una magdalena.
Yo la entiendo perfectamente, a mí los gigantes tampoco me gustan un pelo. Es un trauma infantil, desde que el rey europeo se tropezó una vez a dos metros de mí —como el otro día Braulia— y me pareció que el mundo se me venía encima. Aunque lo peor llegó después, cuando pararon a descansar y mi madre, la superabuela, quiso quitarme el soponcio empujándome debajo de las faldas del gigante. Era macabro: el calor, la sobaquina, aquel esqueleto de madera sobre mi cabeza… Como estar dentro de la mente de tu asesino. Claro que lo peor son los kilikis. Que unos desconocidos  como Caravinagre o Verrugas, los cuales así de primeras, miss simpatía no aparentan ser,  te den vergazos por su cara bonita –es un decir—  lo más atractivo para un niño de tres años no es. Ni para un mayor.
—Yo además parece que tengo imán en el culo— suele quejarse a veces A, mi  mujer.
Así que se ve cada cuadro… Niños que hipan y parece que vienen los bomberos, otros que se mutan en lagartijas cuando sus padres los cogen aupas “para sacarnos una foto con un zaldiko, que no hacen nada”, una madre al fondo forcejando con la verga, con perdón, de Patata… Y al día siguiente, oye, ahí los ves otra vez, a esos padres y a esos pobres niños. Digo yo que será para curtirlos, para que se insensibilicen a los golpes, o se resignen a ellos, o porque aquí haces dos veces seguidas lo mismo y ya es tradición y hay que ir caiga quien caiga, o, simplemente, porque a ellos les hace gracia (y es que nunca he visto a padres más contentos y orgullosos de que sus hijos lloren). Yo porque el otro niño, H, me ha salido yonki de la comparsa y porque ya está en edad de devolver los vergazos, que si no…
—Venga, hombre, que ahora el Caravinagre pareces tú —me reprocha a veces A, mientras se masajea el pompis con deportividad.
Y la verdad es que sí, que tampoco es para tanto, y que, después de todo, en el fondo, me gusta ese barullo que acompaña siempre a la comparsa, esa especie de caos controlado, esas silletas que adelantan por la derecha cuando ven hueco… Que me encanta desfilar al estilo Harlem Shake,  entre los gaiteros y los txistularis, ese “Ya los encontraremos”, cuando sales de casa a buscar a los kilikis, ese encontrarlos tres cañas y dos fritos después… Esa anarquía, dentro de algo a la vez tan institucionalizado en la ciudad. Sin programa ni recorrido, o a pesar de ellos. En definitiva, que cualquiera pueda sentirse un gigante, después de levantarle las faldas. Eso sí, debajo de las del rey europeo (Joshemigelerico, me dice mi hija que se llama) a mí no me pillan. 


DÍA 10
ATRACO A LAS TRES

—¡Manos arriba! —dice (o al menos eso es lo que yo entiendo) el camarero cuando viene a cogernos nota.
Tenemos visitantes en casa y, después de comer,  se han empeñado en tomarse el café en una terraza de la Plaza del Castillo.
—¡Que sí, que sí! Que estuvimos hace años y es todo un espectáculo—insisten, cuando les digo que yo soy más de latas en los chinos. Y también que para espectáculo me voy al cine, que ponen el aire acondicionado. Y aún me sale más barato.
Pero nada, nuestros invitados son más cabezones que un pan de pueblo, y ahí estoy, haciéndole con disimulo un masaje cardiaco a la cartera por debajo del pantalón  y medio ciego. Literalmente: todavía no nos han traído los gintonics (¡al final los marqueses de chorrapelada han pedido gintonics!); estoy ciego por la mesa, una de esas metálicas que convierte los rayos de sol en espadas láser.  Así que ni siquiera puedo disfrutar del espectáculo. La peli es 3D y a mí no me han dado las gafas, lo veo todo nimbado, difuso, puro surrealismo: una cuadrilla de tíos con las tetas al aire (van disfrazados de vaca lechera); uno de los juguetes del niño, un Transformer, en tamaño natural; otra cuadrilla más de tíos en tetas (van sin camiseta); la niña jugando con una botella rota…
—¡La niña jugando con una botella rota! —doy un brinco de mi silla y salgo corriendo a rescatarla.
Todavía no se me ha pasado el susto, cuando, ya de vuelta a la terraza,  llega el camarero con la cuenta.
—Esto qué es, que cada día paga un cliente lo de todos los de la terraza ¿no? —hago un homenaje a Gila.
Ay, Dios mío,  con ese dinero yo les doy de comer todo el mes a los niños, y hasta les pongo algún día merluza o ternera. Para colmo A ha empezado una de esas discusiones del tipo a ver quien mea más alto: “Esto lo pagamos nosotros”, “Que no, mujer”, “Que sí, faltaría más”, las cuales yo suelo perder con mucha deportividad, pero ella tiene más orgullo, así que prefiero no verlo, me levanto otra vez y —hablando de mear—  digo que la niña tiene pis. No tardamos mucho en volver porque en el baño hay un tigre sin cepillo de dientes y problemas de próstata. Y fuera en la calle, otra vez ese sol que parece un boxeador. Las chiribitas que dibuja en mi cabeza el puñetazo de luz me hacen confundir un cartel de una Asociación de hosteleros deseando felices fiestas con otro en el que se lee: “Si eres pobre, quédate en casa”. Todo da vueltas en mi cabeza. Esos precios mareantes. Ese gintonic a traición…  
Después todos echamos a andar como más ligeros, con la cartera hecha una sílfide y la cabeza convertida en una burbuja de tónica. Yo no pienso dejar de andar en toda la tarde. No voy a ser un espectador. Que miren otros. El espectáculo, la fiesta somos nosotros, me digo, y ahora que el alcohol se me ha subido definitivamente a la cabeza agasajo a todos los que están siendo atracados en las terrazas con un Gangnam style.  Igual luego hasta les pido a los niños que pasen la gorra.


DÍA 11
 UN RESPETO PARA EL ARTISTA

Yo si mis hijos no me salen artistas los echo de casa. Y para que vayan poniendo en valor—como dicen los barbis—  su oficio siempre que vemos a algún artista callejero les doy unas monedas para que les llenen la gorra. Siempre menos en San Fermín (bueno, y una vez que vimos a uno cantando una de Melendi). En San Fermín para hacer crowdfunding peatonal hace falta una cuenta en Suiza, por lo menos. O dos. La calle es un gigantesco escenario: el que pinta cuadros con las manos mientras suena Pink Floyd, sus yemas de las dedos embarazadas de lunas y de soles; los corazones africanos, fugitivos y hambrientos de futuro, latiendo en jembés y batukadas, su música esperanzada y optimista (porque hay que ser optimista para intentar que se muevan nuestras caderas como muebles blancos a ese ritmo pélvico); Elmo con los pies llenos de barro negro y voz de pito y un hombre sudando la gota gorda debajo del muñeco, a solas con sus pensamientos;  los peteuves dominicanos, los rotxapeanos de Ecuador, sacándole brillo al viejo suelo sucio de la ciudad con sus espaldas de breakdancers y sus cuerpos musculados en las calles y no en los gimnasios ni en las piscinas privadas; ¿los guaperas de la txalaparta de Mercaderes están este año?;  un Spiderman con un traje comprado en un todo a cien que le tira de la sisa y le marca las lorzas, apuntando con sus dedos como ristras de chorizo a la oficina de un banco; los indios, con sus plumas, y las flautas, y los sintetizadores saturando los bafles, que parece que en cualquier momento va a abrirse la tierra y a aparecerse Quetzatcoalt lanzando rayos y centellas (al menos los primeros años, ahora esa conexión entre los dioses y la pachamama en cada esquina ya nos impresiona un poco menos a nosotros que nos hemos criado con religiones monoteístas y con el concurso internacional de fuegos artificiales)…
Y así podríamos seguir. La lista sería tan larga como atravesar Carlos III en hora punta o la Estafeta durante los vermuses. Solo se abren huecos a la hora de pasar la gorra.
—Un respeto para el artista— exige una maga argentina, cuando un gracioso que no tiene ni puñetera gracia intenta reventarle el número.
Pero el público, en general, en Pamplona, es respetuoso con los artistas. Y generoso. Lo malo es que siempre hay algún gracioso. Algún pata. Algún destalentado que se cree que él se merece más porque tiene un trabajo formal de 6 a 2 y ahora está de fiesta y la fiesta está a sus pies. El artista los torea como puede, con buenos modales y mejor humor. Con mucho arte. Luego, a los artistas,  hay que verles la otra cara,  cuando empieza a anochecer y llega la hora de quitarse el maquillaje y debajo de la pintura aparecen  los hombres y las mujeres de carne y hueso, molidos, ajenos,  con una tristeza insondable, inexplicable, personal e intransferible. Es entonces cuando, algunas veces, también en San Fermín, les doy a los niños unas monedas para que les llenen el estuche o a la gorra y vean cómo sonríe, de verdad,  con el corazón desnudo, un artista.

DÍA 12
AJO, PAN, PELUSAS Y UNA POMPA DE JABÓN

—Una chapata y una barra-baguette —dice al subirse a la villavesa uno que viene de empalmada, a eso de las once de la mañana.
—¿Perdón? —le contesta la chófer, con cierto escepticismo, pues a estas alturas de la fiesta ya ha visto y ha tenido que aguantar de todo.
—No, como para cargar la tarjeta me he tenido que recorrer todos los Taberna de Pamplona… Desde el respeto institucional lo digo ¿eh?
La verdad es que tiene razón y tiene gracia el chaval y además no molesta, no forma tapón, porque si hace el mismo chiste en la 18 después de los fuegos, lo linchan a biberonazos. En horas punta la villavesa es la guerra. En algunas hasta han puesto sherifs, para controlar a todos los que se cuelan cuando se abren las puertas traseras, o para menear a los que hacen el colesterol, plantándose tan panchos al principio del pasillo y obstruyendo la circulación.  Para la circulación, por cierto,  los que se quedan en tierra y han visto saltarse la parada a dos o tres villaburras saben que lo mejor es el ajo. A joderse y a aguantarse. Y luego lo de las filas, o sea lo de las no-filas, o lo de ceder los asientos…  El civismo de cada lugar viaja a bordo de sus autobuses.
Este de las once de la mañana, sin embargo, va tranquilico, medio vacío.
—Así da gusto, entresemana, que estamos solo los de casa —se le oye decir a un señor, que en sus ratos libres, cuando sube en el ascensor con algún vecino, es metereólogo.
—Pues a mí no me salen las cuentas —tercia el empalmado, con perdón—. ¿No hemos quedado que en sanfermines la mitad de los de casa salen por patas de Pamplona?
Y así, tópico a tópico, se hace el viaje más corto. Cuando llegamos a casa, al abrir la puerta, por el pasillo cruza una pelusa de polvo como si fuera una película del oeste. La casa anda manga por hombro estos días. La casa es una guarida, el reposo para el guerrero, un sillón que te traga y te comprende, el único que te aguanta los malos humos y la resaca y amansa los rugidos del animal salvaje que llevas dentro del estómago. Para los de fuera todo lo demás: las risas, las buenas caras, los “ya voy a pedir yo”…
—Esta tarde podíamos ir con los niños a la piscina —propone A, mi mujer.
¡Sacrilegio!  ¿Qué pretende esta insensata? ¿Romper la burbuja? En sanfermines no hay vida más allá de la fiesta. Ni noticias del mundo exterior. Que se acabe el mundo si quiere, nosotros seguiremos flotando como un planeta extraño, como una pompa de jabón por la galaxia. Hasta los días de la gran resaca, de parada técnica en que uno se queda en casa, en la tele solo hay que ver las repeticiones de los encierros y de los programas de NavarraTv. 
—Bueno, pues ya nos vamos nosotros —dice A, y yo ya, aprovechando el tirón,  le digo que de paso al volver compre pan. Y que cargue la tarjeta de la villavesa.


DÍA 13
SUPERABUELA

Aunque las negociaciones con la superabuela han sido arduas  al final hemos conseguido que haga un hueco en su agenda sanferminera y se quede una noche con los niños. “No sé, no sé, porque hoy había quedado con los de aquagym para ir a oír a los Flitter”, se ha hecho de rogar un poco al principio, pero ha sido ver a los niños y en un pispás les ha organizado el día: “Primero nos damos una vuelta por los jipis, luego un bocata en el París, después a los fuegos, después, ya que los Fueros están ahí al lado,  oímos las dos o tres primeras canciones del concierto, os compro un helado y uno de esos trastos que te los metes en la boca y, piu-piu, te hacen la voz pituda (que ya me ha dicho la niña que os lo lleva pidiendo todas las fiestas, rácanos, más que rácanos) y para casa, venga que sí, pesados,  iros, iros tranquilos”, nos ha echado finalmente a empujones a la calle.
Así que aquí estamos A, mi mujer, y yo, en mitad de Jarauta, con un sombrero Panamá en la cabeza –sin duda el tito-accesorio triunfador esta temporada—, todavía trasegando con el primer cubata el sentimiento de culpa y el complejo de explotadores de abuelos y  mirándonos como si fuéramos extraños; o más bien, mirando todo el rato a nuestro alrededor, “¿La niña, donde anda la niña?”, “Tranquilo, hombre, que hoy vamos de novios”, “Ah, sí”, me tranquilizo, pero ha sido cruzarme con un conocido que es tirando a tirillas y pedirle a ver si por favor me deja cogerle un poco en hombros. “¿Hace cuánto que no salíamos los dos solos en sanfermines?”  me pregunta A. “Desde aquella vez que la liaste en la churrería”,  le contesto, y se me salta la risa recordando el pollo que le montó a aquella señora que después de una hora de cola pasó por delante de todos y se llenó tan ricamente un cucurucho. “¡A ver, esa, colonica!”, le gritaba A , así hasta que al final la otra se volvió  y dijo “Colonica no, que soy la dueña”.
A se pone colorada como un guiri en el tendido de sol,  pero luego nos reímos mucho los dos recordándolo, hasta que desde arriba oímos una vocecita que dice “Bueno, puedo bajar ya o qué” y yo pongo a mi amigo tirillas en la acera. Después nos hemos despedido y, ya solos, hemos seguido, de bar en bar, menos un rato que nos hemos quedado en una curva varios minutos pegados al suelo, por culpa del antideslizante (el que pone el ayuntamiento no, el otro, el que brota por degeneración espontánea). Y así, cubata va, cerveza con limón viene, era bien entrada la noche y conseguíamos ya hilar varias frases sin mencionar en ninguna de ellas a H ni a M, cuando he tenido una alucinación y me ha parecido ver a lo lejos, entre la marabunta, a una señora mayor con un niño tirando de una de sus manos, los dos con muñequeras de pinchos, y una niña agarrada de la otra haciendo soplar un silbato, piu, piu,  del que salían despedidos grumos de helado. “¿Nos tomamos la espuela?”, le he preguntado a A. “Vale”, ha dicho ella, y nos hemos ido vaso de plástico en mano a casa, que es donde mejor se está y donde el móvil no se satura cuando llamas a la superabuela y le preguntas qué tal han dormido los niños. 

DÍA 14
PITONISO A LA INVERSA

Y al final no ha nevado estos sanfermines, contra lo que yo pronostiqué en la no-primavera de este 2013. Todo el día con los anoraks en los bajos de la silleta para nada. Así que el año que viene las predicciones metereológicas se las dejaré a mi amigo Juantxo el jipi, que el día que decide disfrazarse de troglodita para ir a los toros, con sus pieles y todo, se pueden freír los huevos con chistorra sobre la andanada, o, si se viste de hawaiana, sopla una rasca siberiana. Juantxo el jipi es un pitoniso a la inversa. Infalible. Como es infalible que la fiesta deje  sus momentos y sus imágenes antológicas. Hace años fueron aquellos chinos corriendo el encierro de la manica y sonrientes como si con ellos no fuera la fiesta, mientras a unos centímetros pasaba un morlaco blandiendo dos navajas. Los chinos eran inmunes a todo: a la muerte, a las miserias del resto de la humanidad, a los comentarios de todos quienes leían el periódico y decían “¡Menudos locos!”. Estaban enamorados  y todo lo demás, todo lo que había fuera de sí mismos, de su burbuja, de su escudo, les sonaba a chino. Este año la que corría despavorida por el callejón era la delegada del gobierno. Otra imagen entre chusca y metafórica (por lo que tendría de justicia poética que cada vez que un cargo público hiciera un chandrío les bufara en la nuca un toro indignado y rebelde). Rebeldes también los mansos que no han querido heredar la tierra y han preferido correr en dirección contraria o renunciar a su destino emasculado y morir sobre la arena, con un par. Aunque para foto chula la de Pedro Armestre  que ha circulado por las redes sociales, de una Estafeta, el encierro del día 7, abarrotada, con los balcones a rebosar, una Estafeta medio distópica, bladerunnersca. He visto, estos sanfermines, cosas que nunca imaginarías. 9 días consecutivos de bochorno en Mordor. Huecos para aparcar más allá del ensanche. Un bar en el que me cobraron la caña a un euro… También por las redes sociales, y ahora en serio,  han circulado otras fotos lamentables (las de decenas de jóvenes manoseando los pechos desnudos de algunas chicas, el día del chupinazo) que han generado un encendido debate sobre el machismo en nuestras fiestas. Yo —ya que puse algún comentario en mi Facebook, lo digo aquí también— en esas fotos lo que veo es a unos grimosos muertos de hambre que no parece que hayan preguntado a esas chicas, por muy enkalimotxadas que estén o precisamente por eso,  si les parece divertido que las toquiteen. Y, por supuesto, las angustiosas y tristísimas imágenes del encierro de ayer. Y guerra de banderas, en lo alto, y bandera blanca, en la calle. Hoy dicen algunos que la fiesta terminará unos minutos más tarde, pero es tontería,  la fiesta en realidad terminará cuando el último e irreductible rezagado se meta en la cama el lunes por la tarde, y justo entonces ya estarán empezando los sanfermines 2014, que yo vaticino, y ahí sí que creo que no puedo fallar, serán, después de varios años, mis primeros sanfermines sin silleta.  

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