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DIOS SIGUE SIN REZAR

may 14, 2012   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Reboto este post del blot Tentativa (s) en el que se menciona mi dietario Dios nunca reza y se reproduce un párrafo del mismo, sobre el que el autor hace algunas interesantes reflexiones:

 ELECCIONES

Hace algunos días discutíamos con dos amigos sobre la imágenes de los perfiles en las redes sociales, sobre la elección de las imágenes con que nos identificamos en las redes, más bien. La superficialidad, las exageraciones, las poses, el divismo: el autobombo. Si algunas de esas imágenes representan algo en particular, tal vez algún aspecto de nuestras personalidades o si quizás formaron parte de algún momento importante de nuestras vidas.
Una conversación distendida, entretenida, con la profundidad y la seriedad de cualquier charla de café. En un momento determinado nos reímos de uno de ellos -de las imágenes que suele usar en sus perfiles-. Nos preguntamos por qué algunas veces elegimos esos símbolos grotescos para que nos representen. Si es que realmente nos identificamos con ellos, nos parecen ocurrentes o si por lo menos nos gustan. No obtuvimos ninguna respuesta satisfactoria a esos cuestionamientos y dejamos el tema concluyendo que la elección de la imagen era banal. Quien escoge un símbolo ridículo es porque se pasa la consigna por el forro y se ríe de todo eso -se dijo-.
Como suele pasar siempre la respuesta más adecuada a un interrogante cualquiera nos llega cuando menos lo esperamos. Hoy, releyendo un libro de Patxi Irurzun que me gusta mucho, encontré un párrafo que me susurró una respuesta posible:
Y he recordado también la última vez que escuché esa canción -tal vez esa ha sido la fisura que ésta ha encontrado para herirme -, fue en una proyección de diapositivas que nos hizo en el trabajo Iñaki Otxoa de Olza, el montañero que falleció hace unos meses en el Himalaya. Le invitó un compañero, amigo íntimo del alpinista, un compañero que lo único que pretendía era que mi jefe se rascara el bolsillo para la siguiente expedición de Iñaki (por supuesto, mi jefe no lo hizo, aunque luego, cuando él murió, se sumó al coro de plañideras y escribimos en la revista un artículo muy emotivo, mencionando los proyectos que el montañero tenía en mente -un artículo que ni siquiera escribió su amigo, mi compañero, porque lo acababan de despedir-).
El caso es que Iñaki nos habló de sus sueños, de lo que significaba para él la montaña, de los compañeros que había visto caer desde el techo del mundo, de las veces que él había estado a punto de hacerlo y cómo se había levantado. Yo le escuché con cierta desconfianza, nunca me ha atraído el frío, la nieve, el sufrimiento como superación, desafiar a la muerte por placer, cuando hay tanta gente que tiene que pelear por no perder la vida cada día.
“¿Qué significan esos aros que llevas en las orejas, cada uno es un ochomil?” fue lo único que se me ocurrió preguntarle. Iñaki dijo: “No en realidad no significan nada, simplemente me gusta llevarlos, sirven para definirme, para que determinadas personas vean que no tengo nada que ver con ellas”, contestó. Para definirse, posicionarse, enfrentarse, ponerse en guardia frente a los enemigos… Esas eran sus armas. *
Pequeña conclusión y paráfrasis: Hasta que no lo necesité, el párrafo había sido casi invisible. De algún modo todos los que hacen bien su trabajo son invisibles. En una cultura que nos exige vivir en los medios y en las redes, la invisibilidad es un don. Algo de ese espíritu vive en los escritores que me gustan -los que elijo-, esos que no salen a buscarte desde monstruosos aparatos editoriales sino que se los encuentra, finalmente, cuando son necesarios.

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