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OTRO LARGO Y FELIZ DÍA

abr 19, 2012   //   by admin   //   Blog  //  3 Comments

Este lunes pasé una agradable tarde-noche (noche entera, digamos) en Alagón (Zaragoza), a donde fui a dar una charla en la semana cultural junto con Dani Sancet (Insolenzia) y en donde a este paso voy a decir que tengo ya segunda casa, lo mismo que Joaquín Carbonell, que también para mucho últimamente por allí y de quien os dejo arriba su última y dilanyana canción, inspirada por el suicidio hace unas semanas de un farmaceútico griego (que a este ritmo y por desgracia, con medicamentazos, y demás expolios, va a encontrar pronto émulos por aquí, bebedores de cuatro cafés amargos al mes, desesperadas antorchas humanas que buscan encender con su inmolación la mecha de una revuelta constantemente aplazada).

El caso es que después de hablar muy a gustico de nuestras cosas (el título de mi charla era La ironía como arma arrojadiza o algo así, así que, jaaaaaal, intenté hacer algunos chistes, sobre por qué y como empecé a escribir, etc.), después de la charla en el Centro Cívico, decía, hasta donde todas las personas que llegaron lo hicieron con piedras en los bolsillos para que no se las llevara el cierzo terrible, pues después de eso nos fuimos a echar un pote,y resulta que cuando salimos me encontré con que había aparcado en el parking de un supermercado al que habían echado el candado con nocturnidad y alevosía (o sea, que era tarde ya; en realidad fue culpa nuestra, que tenemos la cabeza solo para llevar el sombrero y como ese día ya hemos dicho que hacía viento dejamos en casa las dos cosas).

Mis anfitriones removieron Roma con Santiago, Alagón con Utebo, para tratar de encontrar a alguien que pudiera abrir la puerta, pero nada. Yo estaba angustiado, porque al día siguiente tenía que fichar, es decir llevar a los niños al cole (yo en realidad no soy escritor, soy el puto amo… de casa). Por suerte, al menos supimos que a las seis de la mañana llegaba un camión para descargar, y entonces ya me relajé, me tomé un par de vinos y me quedé a cenar ya dormir en casa de Isabel y Dani, donde siempre hay un mesa y camas y pizza y vino y tabaco para emergencias  porque si te juntas con Insolenzia siempre te la lían. Además estaban otros dos insolentes, Benito, que ejerció de eficaz telefonista y Miguel, que tampoco rompió nada esta vez. Y allá estuvimos,  charlando y echando unas risas, es decir, que a todo hay que sacarle el lado positivo, lo comido por lo bebido, vamos, que  sin el descuido del coche no habría habido sobremesa.

A la mañana siguiente, madrugón, y sí, ahí estaban los curriquis del supermercado, así que por fin pude recuperar mi Córdoba, que con sus quince años y sus 300.000 kilómetros está hecho un chaval y hacía solo un día se había metido otros seiscientos kilómetros desde Benidorm, donde estuvimos unos días de jolidais con los  niños y donde constaté que aquello no es una ciudad, sino un no-lugar fascinante, con sus pensiones completas, sus imitadores de Jhonny Cash, los guiris que, como diría Albertucho, parecen fresones de Huelva…

Luego, volviendo de madrugada por una autopista gélida y fantasmal, me acordé de algo que escribió Claudio Ferrufino sobre mi diario Dios nunca reza y que se le ocurrió también conduciendo, y me acordé también de su libro “El exilio voluntario”, de los curriquis de los muelles de Washington, que entran a protegerse del frío terrible en las cámaras frigoríficas de las naves industriales, que beben y follan y se gastan bromas a trasmano para sobrevivir a jornadas laborales aniquilantes. Leí ese libro durante la ola de frío polar de hace un mes o dos y para mí también fue durante algún tiempo mi refugio, la cámara frigorífica donde resguardarme al calor de un libro audaz, no solo en cuanto a lo que cuenta sino como lo cuenta y cómo vapulea el lenguaje, en el buen sentido, como cuando se sacude el polvo de una alfombra por la ventana. Claudio Ferrufino es un escritor valiente, y eso no se perdona: hace poco le levantaron su columna en un periódico boliviano acusándolo de racismo, que yo no vi por ningún lado cuando leí su texto, pero eso da igual, porque quien sí lo vio fue el ministro que le señaló con el dedo y quien, por el contrario, reconocía en una entrevista, con todo su cuajo, que no había leido la columna de Ferrufino. Surrealista.

También me acordé, supongo que por el madrugón que me retrotajo a mi época en la fábrica, las mañanas esperando al autobús muerto de frío y de asco, fumando,  temblando, encogido sobre mí mismo, por dentro y por fuera… también me acordé, decía,  de un cuento de Pepe Pereza que había leído el día anterior, del caballo reventado que bajaba por el río mientras Pepe también fumaba mientras hacía tiempo para entrar a trabajar, después de otro madrugón y de una putadita de su encargado. Pepe acaba de publicar Relatos de humo y hachís y es como tener a un Carver que vive en Logroño.

En todo eso iba pensando, mientras conducía y al fondo amanecía, y yo llegaba a tiempo a casa, a las siete y media, para que mi mujer cogiera el autobús para ir a trabajar y yo levantara a los niños y arrancara otro largo y feliz día.

3 Comments

  • Otra gran crónica tuya de lo cotidiano. Gracias, Patxi.

  • el caver logroñes le da las gracias a el houellebecq de navarra. En fin, esto de las comparaciones…

    te llamaré en breve para una proposición deshonesta.

    abrazo

  • Por cierto, el artículo puro periodismo gonzo.

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