• Subcribe to Our RSS Feed
Tagged with "CUENTOS Archivos - Patxi Irurzun"

PATO BUENO PATO MUERTO

Mar 8, 2013   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Esta es mi última colaboración para blogsanfermin.com, un viejo cuento sanferminero:
PATO BUENO PATO MUERTO
Patxi Irurzun
—O matas al puto pato o te matamos a ti —fue la última frase que me vino a la mente, antes de que a mi coche le fallaran los frenos y se estrellara, conduciéndome hasta esta galaxia extraña, poblada de hombrecitos verdes, en la que he permanecido perdido estos últimos días.
Yo volvía a Pamplona desde mi escondrijo de los últimos meses,  en un lugar que no había revelado a nadie: mi mujer, mis padres, mi camello habitual… Nunca, desde que era un adolescente, había dejado de sumergirme en la olla a presión que es la plaza consistorial el día 6 de julio a las 12 del mediodía (ni de cocerme hasta las trancas dentro de ella). Y este año tampoco iba a ser menos. Pensaba que ni siquiera esos cabronazos me iban a fastidiar el chupinazo. Pero ellos, como perros de presa, me habían encontrado.
Permítanme que me presente. Me llamo Dimas Otxoa y soy  fontanero. Aunque nunca en mi vida haya puesto el culo en pompa debajo de un lavabo. A lo que me dedico (a lo que me dedicaba, mejor dicho) era a desatascar otro tipo de cañerías. Mis compañeros del servicio de inteligencia me llamaban “Señor Lobo”, porque, al igual que aquel personaje de “Pulp fiction”, solucionaba problemas. Se los solucionaba a esa panda de forajidos que nos gobiernan. Eran cosas sencillas. Chapuzas. La última, por ejemplo, consistía en romperle el cuello a Fermintxo. Fermintxo, no se asusten, era uno de los patos del parque de la Taconera. Les explico: durante las últimas semanas habían arreciado las protestas por el funcionamiento de nuestros hospitales y centros de salud: listas de espera, falta de personal…Eso, por una parte. Por otra, la psicosis sobre el avance de la gripe aviaria se extendía como el fuego en la rastrojera y algún lumbreras del Gobierno había tenido la brillante idea de cargarse un pato para que al día siguiente la noticia apareciera en el periódico. Y junto a ella un detallado informe que explicaba cómo nuestra red de salud estaba sobradamente preparada para afrontar una posible epidemia. Una epidemia que, por supuesto,  nunca iba a tener lugar, porque Fermintxo era un pato que estaba hecho un toro. De ese modo, lo que quedaría de toda aquella esperpéntica historia serían algunos chistes de Oroz y la sensación de seguridad que proporcionaba saber que nuestra comunidad todavía se encontraba a la cabeza en materia de sanidad.
El caso es que yo nunca había rechazado hasta entonces una misión. Pero una cosa era hacerme pasar, en llamadas de los oyentes o cartas al director, por un experto en lenguas minoritarias bielorruso que avalaba la política lingüística del ejecutivo foral —por poner un ejemplo— y otra bien distinta convertirse en un asesino de patos inocentes. Más todavía cuando el único tablón al que se agarraba mi dignidad desde que había aceptado zambullirme en las cloacas era mi militancia en un grupo ecologista. Por otro lado, también era cierto que, si me negaba, me arriesgaba a perder un trabajo que me proporcionaba los ingresos necesarios para mantener una serie de vicios de lo más esclavos y que no me da puta la gana de detallarles porque yo con mi cuerpo hago lo que quiero.
Me encontraba, por tanto,  entre la espada y la pared y retrasé la solución a aquel  dilema hasta el último momento, cuando ya vestido de camuflaje en los fosos de la Taconera sostenía al pobre pato entre mis garras.
—Tienes que hacerlo, Señor Lobo, el periódico ya está impreso —me dijeron por el móvil, cuando finalmente comuniqué que no ejecutaría a Fermintxo.
—¿Y qué pasa si me niego? No podéis despedirme. Sé demasiadas cosas —jugué mis bazas.
—O matas al puto pato o te matamos a ti—contestaron. Y me colgaron. Pero yo pensé que no tendrían huevos. Así que dejé en libertad a Fermintxo, arrojé el móvil al estanque y me largué. Muy lejos. Aunque no les tenía miedo, durante una temporadita me convendría quitarme de en medio.
En cuanto a Fermintxo, no pudo eludir su condena a muerte. Algún otro fontanero con menos conciencia ecológica aceptó el encarguito y a la mañana la noticia apareció en portada, como estaba previsto.
Me dio mucha pena por el patito, pero en cierto modo me sentí liberado. Así sólo tendría que permanecer callado, dejar pasar el tiempo y esperar a que todo se olvidara.
Además esas semanas de retiro me vendrían muy bien. Aprovecharía para desintoxicarme y  después me limpiaría también por dentro. Dejaría de ser el “Señor Lobo” y qué sé yo, tal vez me embarcara en el Rainbow Warriors, el barco de Greenpeace, o montaría mi propia oenegé y me iría a darles de hostias a esos cabrones que matan bebés focas en Groenlandia…
Mi particular cuento de la lechera, vamos, porque lo cierto fue que en cuanto saqué la cabeza de mi agujero me hicieron añicos el jarrón. No sé cómo se enteraron mis excompañeros, pero me encontraron, manipularon los frenos del coche y en la primera curva que tomé aquel 6 de julio, me pegué contra un árbol una castaña de campeonato.
—Mierda, precisamente hoy, que me he puesto la tanga con trompa de elefante —recuerdo que me dio tiempo a pensar, en lugar de todas esas zarandajas “new age”: que si una luz blanca, que si la película de tu vida…A mi, por el contrario, en un momento como aquel me salió la madre que todos llevamos dentro, esa que te dice “tú siempre con mudas limpias, que nunca se sabe cuando puedes tener una accidente”.
Recuerdo también que me avergonzó pensar que aquel podía ser mi último pensamiento: una reflexión sobre un tanga rematado por delante con la cabecita de un elefantito de color rosa, en cuya trompa uno tenía que embutir la suya (me lo habían regalado en una estúpida despedida de soltero y sólo me lo calzaba —con bastantes dificultades, pues me tiraba de la sisa— para hacer el ganso en días como el del chupinazo). Intenté, por ello, buscar alguna otra explicación que no redujera la vida a un trance absurdo.  Fue entonces cuando estalló el fogonazo (“o matas al puto pato o te matamos a ti”). Y después, el coma, esa nebulosa blanca y roja como un océano de sangre y semen en el que mecí, haciéndome el muerto, durante varios días.
Cuando me desperté estaba en la UCI.
—¿Qué día es hoy?—fue lo primero que pregunté.
—10 de julio— me contestaron, y aunque lo hizo uno de los hombrecillos verdes sentí una sensación de alivio.
Nunca en mi vida me había perdido unos sanfermines y me alegró saber que, aunque fuera desde la cuneta de la fiesta, todavía podía participar de alguna manera de ella. Pronto supe, por ejemplo, que en la cama de mi izquierda yacía un torero al que un cebadagago había convertido en un colador y al que, en cuanto pude moverme un poco, yo solía torturar, desconectándole los goteros.
—Que aprenda lo que es sufrir, como los toros que se carga —me decía.
—Eso, eso —me alentaba el piesnegros de mi derecha, al que habían ingresado con un subidón terrible de anestésico para caballos y con el que por la noche, cuando las enfermeras daban alguna cabezada, solía tomarme unos chupitos en los vasitos de los análisis de orina (sus colegas solían traerle de estranjis güisqui, pacharán, kalimotxo y a veces una mezcla de todo ello).
Era divertido, nuestros pequeños sanfermines.  Pero también había momentos malos, recaídas. A veces me costaba pensar. No lograba recordar, por ejemplo,  cómo había caído tan bajo, quién me había ofrecido aquel trabajo como fontanero. Sólo sabía por qué lo había aceptado. Estaba harto de ver cómo los más bobos del colegio, los niños de papá, los putos “peteuve” que no sabían hacer la o con un canuto pero tenían un apellido,  eran los que acababan convertidos en jefazos, en esos forajidos que nos gobernaban. La sociedad era como un puzzle en el que las fichas se encajaban en los lugares que no correspondía y yo ya estaba harto de ser la última de esas fichas, la que se encajaba a la fuerza, a hostia limpia. Prefería ser un cabronazo. Pero no estaba orgulloso. De hecho, cada vez que pensaba en ello, allá en el hospital, me deprimía. Pero eso no era lo peor. Lo peor eran los hombrecillos verdes. Venían cada mañana, con el rostro tapado, se descolgaban vestidos de camuflaje del techo y trataban de taparme la boca, ahogarme, hacerme callar para siempre.
—¡Os conozco, sé quienes sois! —gritaba yo, y conseguía que las enfermeras se acercaran y los hicieran huir.
Hoy, día 14,  me han bajado a planta y hace ya varias horas que los hombrecillos verdes no intentan entrar a mi habitación. Los médicos dicen que sólo eran alucinaciones, como consecuencia de la medicación. Pero yo sé que mientras escribo estas líneas (para que alguien, ustedes sepan la verdad) ellos siguen  ahí fuera, al acecho. Como perros de presa.  Puedo incluso oír sus voces:
—O matas al puto pato o o te matamos a ti —dicen.
Y yo, por lo bajinis, entono el pobre de mí, con más pena y más resignación que nunca.
Patxi Irurzun

En Diario de Noticias con «Una Navidad de Muerte» y «Revisiones, obsesiones y otros tributos»

Dic 3, 2012   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

Patxi Irurzun participa en dos antologías de relatos

Se trata de ‘Una navidad de muerte’ y ‘Revisiones, obsesiones y otros tributos’
D.N. – Viernes, 23 de Noviembre de 2012 – Actualizado a las 05:12h
PAMPLONA. El escritor pamplonés Patxi Irurzun participa con dos de sus relatos en sendas antologías publicadas estos días: Una navidad de muerte Revisiones, obsesiones y otros tributos. La primera de ellas, Una navidad de muerte, de la editorial gaditana Origami, es una colección de cuentos navideños de terror, a la que Irurzun aporta su relato Auto de reyes, en el que narra una noche de reyes en un club de carretera de la autovía de la Sakana. Revisiones, obsesiones y otros tributos, publicado por los zaragozanos Voces de Margot, reúne cuentos de diferentes autores que revisan, versionan u homenajean universos creativos de otros escritores, músicos o cineastas. Irurzun participa con Superpop, una secuela de Verano Azul en la que recupera, treinta años después, a un personaje secundario (el cantante para adolescentes, Bruno) de uno de los capítulos de la serie. El escritor pamplonés recopilará buena parte de sus relatos publicados en antologías y premiados en certámenes literarios, más algún cuento inédito en un libro que publicará en los primeros meses de 2013 Pamiela, probablemente bajo el título La tristeza de las tiendas de pelucas.

http://www.noticiasdenavarra.com/2012/11/23/ocio-y-cultura/cultura/patxi-irurzun-participa-en-dos-antologias-de-relatos

PRIMERO DE MAYO

May 1, 2012   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

El cuento de hoy, 1 de mayo, es un viejo cuento (que recupera e ilustra una vez más Exprai), sobre la que fue mi primera experiencia laboral, con 17 o 18 años. Las cosas no han cambiado demasiado, y si lo han hecho ha sido a peor. Un viejo cuento.

PRIMERO DE MAYO
Patxi Irurzun


¿Experiencia? No. ¿Carnet de conducir? No. Servicio militar? No. Cada una de aquellas preguntas era como un conjuro que me hacía más y más diminuto frente al mostrador y también frente al mundo. El mundo siempre esperaba de uno que tuviera algo, un carnet de conducir, una licencia militar, una carrera, un trabajo fijo, y aunque uno prefiriera empequeñecerse frente al mundo no podía porque le pisaban como a una cucaracha.

—¿Puede venir mañana a las seis?

—Eso si– contesté apresuradamente, aunque quizás no pudiera: la empresa que había que limpiar estaba en un polígono industrial a las afueras y a esas horas todavía no circulaban autobuses.

—Perfecto. Entonces allí le esperamos.

A la mañana siguiente tuve que pedir un taxi. Mientras éste se dirigía a la fábrica miraba el taxímetro y pensaba que debía conseguir que alguien me prestara una bici sino quería trabajar únicamente para pagarme el desplazamiento al trabajo.

No había amanecido todavía cuando llegué a la fábrica.

—Llegas tarde– dijo el encargado, de todas maneras, cuando lo encontré, y me entregó un buzo, unas botas, un cubo y jabón.

El trabajo no parecía complicado: consistía en limpiar la grasa acumulada en las máquinas. Sin embargo al cabo de dos horas la piel de mis manos se agrietó y despellejó. Al mediodía el encargado vino con unos guantes de goma.

—Póntelo, que ese jabón es muy fuerte– dijo, pero por lo visto empezaba a serlo a partir de ese momento.

Luego sacamos escombros a un contenedor y me corté con una chapa. Fui a limpiarme. En el lavabo serpenteaban, arratradas por un débil chorro de agua, gotitas de sangre, pero no pude ni siquiera ponerme una tirita. Vi en la puerta, paseándose malhumorado, al encargado y volví al trabajo.

Al mediodia, en el vestuario, le pregunté a un compañero que me sonaba del barrio cómo había ido hasta la fábrica. Parecía un tipo legal.

—Tengo una moto– dijo.

A la mañana siguiente el tipo me llevó en su moto a la fábrica. Era un tipo legal. Continuamos limpiando máquinas. Hacíamos apuestas sobre que color aparecería bajo la capa de grasa. En una ocasión estábamos riéndonos por el resultado de una de las apuestas y el encargado gritó:

—Menos risas y más caña, que hay mucho curro, joder.

A los demás no les gritaba, incluso se mostraba cordial con ellos. Me fijé en cómo trabajaban. La gente se lo montaba de puta madre en todos los sitios. En la universidad hacían preguntas tontas para que el profesor se fijara en ellos. Allí, para que el encargado no lo hiciera, limpiaban muchas máquinas, pero sólo en las partes visibles, y si te acercabas veías las manchas de grasa en los rincones y en las tripas de los motores. En todos los sitios parecía premiarse la superficialidad.

Una vez acabado el trabajo y a pesar de la bronca, el encargado vino al vestuario y nos habló cortésmente, incluso con dulzura. Dijo que le perdonáramos pero íbamos muy mal de tiempo, tal vez habría que hacer horas extras “¿qué os parece esta tarde?”. No respondí nada. En la oficina me habían preguntado cuántas horas podía trabajar al día y había contestado ocho, que suponía era el máximo permitido. Además había visto en las paredes de la fábrica pintadas que decían :. “Horas extras, vergüenza obrera” y creía que cada uno decidía si quería ser un sinvergüenza o no. Esa misma tarde comprendí que aquello no siempre dependía de ti.

Llamaron por teléfono.

—¿Por qué no ha ido a trabajar esta tarde?– preguntaron con cierta agresividad.

Yo, por contra, intenté mostrarme amable.

—Lo siento, pero no voy a hacer horas extras.

—De acuerdo. Entonces no hace falta que mañana vuelva. Pásese por la oficina y le pagaremos su cheque.

—Vale– contesté, intentando todavía mostrarme amable, indiferente, y también que mi actitud les resultara molesta, aunque creo que yo a ellos les daba igual.

Suponía que había hecho lo que debía pero a la vez me sentía un pardillo. Colgué y pensé que al menos al día siguiente no tendría que madrugar.

UN VIEJO CUENTO ANTIMONÁRQUICO

Abr 18, 2012   //   by admin   //   Blog  //  2 Comments


A mí todo lo que sirva para desprestigiar y quitarle la silla (el trono) al rey me parece estupendo, por eso últimamente me froto las manos y asisto entusiasmado a esa pérdida de respeto reverencial que ha imperado hasta hace nada, aunque tampoco deja de sorprenderme la situación y me pregunto si pasará del chascarrillo y el chiste en twiter a algo con más fundamento. Las torpezas y desmesuras de esa institución, y sobre todo lo injusto e incomprensible de sus privilegios (una democracía cuyo jefe de estado es un monarca con visos de perpetuarse hereditariamente -es decir, el príncipe Felipe heradará el trono del mismo modo que Juan Carlos I lo heredó de Franco- es una cosa ciertamente rara), todos esos abusos son los mismos ahora que hace cinco, diez o quince años, cuando levantar la cabeza delante del rey podía suponer que te la cortarán, como sucedió, por ejemplo en la radio libre de Pamplona Eguzki Irratia, cerrada en su día, después de cubrir una visita real a la ciudad desde un punto de vista diferente al que manda el protocolo, y con uno de sus locutores encarcelado. A mí mismo, según referí en este mismo blog estuvo a punto de rozarme la espada hace unos años, aunque yo solo lo supe mucho tiempo después. Lo cuento aquí: EL ESCRITOR PATXI IRURZUN PROCESADO POR INJURIAS AL REY http://ajustedecuentos.blogspot.com.es/2010/03/el-escritor-patxi-irurzun-procesado-por.html

Por lo demás, en medio de esta oleada antimonárquica, me he acordado de que en mi libro Ajuste de cuentos incluí dos cuentos antimonárquicos, y dejo aquí uno de ellos, escrito en ¡1995! porque además tiene una curiosidad y, aunque algo traido por los pelos, cierto aire visionario al incluir la palabra elefante en su titulo:
 EL HUEVO FOSILIZADO DE UN PÁJARO ELEFANTE 
 
1

Resulta curioso, pero las noticias extraordinarias de los periódicos suelen tener su origen en acontecimientos de lo más mundanos. En el caso que nos ocupa dos niños de una barriada chabolista salen a jugar, a imitación de lo que le es más cercano, del mismo modo que los niños de Sarajevo juegan a la guerra, ellos, como sus padres, lo hacen a buscar entre escombros y vertederos de basura algo de valor —cascos de botella vacíos, cobre, etc.— y removiendo la tierra se encuentran el huevo fosilizado de un pájaro elefante.
—Mira que piedra más rara— dice Estrella, la niña.
Se trata de un objeto ovalado, de unos cuarenta centímetros de altura, cuatro o cinco kilos de peso y extraordinariamente liso, suave al tacto.
—¡Qué bonito, parece un huevo gigante!— exclama. Y el otro niño, Alcino, replica:
—Exacto: el huevo fosilizado de un pájaro elefante.
Eso también resulta curioso, la televisión es capaz de conseguir que un niño de una barriada chabolista, donde el absentismo y el fracaso escolar son generalizados, sea un experto en dinosaurios. No es pues la televisión un invento diabólico, simplemente está errónea y maléficamente empleado, y del mismo modo que puede poner de moda los animales prehistóricos —lo cual no está mal, si no fuera porque se hace únicamente para promocionar una película, camisetas o patatas fritas con cromos de brontosaurios— sería capaz de poner la cultura, la tolerancia y el respeto en las relaciones personales, la paz y el amor universal… Pero no perdamos más tiempo con utópicas divagaciones y sigamos con nuestra historia.
—¿Qué dices, listillo? Eso es un pedrusco. Y además ¿desde cuándo existen los pájaros elefante?— pregunta con cierta agresividad Estrella.
Alcino no se pone nervioso.
—Hace 65 millones de años existían— le ilustra, y después la deja boquiabierta con sus explicaciones.
Los pájaros elefante, le cuenta, eran animales similares a los paquidermos de hoy en día, pero con plumas y la trompa ligeramente más larga, de modo que eran capaces de deslizarla entre las piernas, pegada a la tripa, y enchufársela en el culo. Así, soplando, podían volar, como un globo. El problema era que debido a su peso no conseguían alcanzar demasiada altura y, con unas cuantas pedradas, resultaban presa fácil para el ser humano. Del mismo modo eran saqueados sus nidos, puesto que con un sólo huevo se conseguía cocinar una tortilla para toda la tribu. En vistas de eso los pájaros elefante optaron no sólo por prescindir de sus plumas —y con ello de su condición de aves— mutándola por una piel dura, resistente a las pedradas, y de color verde—grisáceo, fácilmente camuflable entre los árboles, sino también por transformar su sistema reproductor ovíparo en vivíparo ( en aquella época los seres vivos podían llevar a cabo esas transformaciones, una ameba se transformaba en un orangután en unos milloncitos de años sin ningún problema). Realmente no se trataba de algo cómodo para los pájaros elefante, sobre todo para las pájaras elefante, pues no resulta agradable soportar sobre las espaldas varios cientos de kilos durante el acto sexual, pero había que elegir entre eso o la extinción de la especie. La evolución continuó hasta nuestros días, desembocando en los actuales elefantes, quienes siguen adaptándose y luchando por su supervivencia aprendiendo a hacer el pino sobre un taburete en los circos de todo el mundo.
—El único resto que nos queda de ellos son fósiles como éste— concluye Alcino, señalando el huevo.
—Pues a mí me sigue pareciendo un pedrusco— dice entonces Estrella, y a pesar de todo inicia una discusión con Alcino acerca de la propiedad del objeto, sea éste huevo o pedrusco.
Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo toman por fin una decisión salomónica: volver a enterrarlo, esta vez en un lugar señalado, y no revelar el secreto a nadie.
—Júralo— dice Estrella. Y Alcino, cruzando los dedos y depositando sobre ellos un sonoro beso, contesta:
—Por mis muertos.

2

Pasados varios meses Estrella y Alcino han perdido el interés por su descubrimiento. Ella porque en realidad nunca le dio demasiada importancia; él es ahora un experto en familias reales: dentro de unas semanas se casa una infanta y la televisión habla a todas horas de ello. Además en fechas próximas Su Majestad el Rey Don Juan Carlos visitará la barriada. Pensando en esto último Alcino lleva varias noches sin dormir. Don Juan Carlos es un ser excepcional, el país no está en guerra gracias a él y sin embargo no le da importancia, hace cola como todo el mundo cuando va a romperse las piernas esquiando y siempre dice cosas graciosísimas. Alcino quiere agradecérselo de alguna manera y dedica sus madrugadas en vela a imaginar un regalo que pueda agradarle, pero no se le ocurre nada, así que solicita la opinión de su amiga Estrella.
—Pues regálale el pedrusco aquél— recuerda ella tras cavilar un rato.
¡Claro! Es una idea estupenda. Seguro que nunca le han regalado al Rey el huevo fosilizado de un pájaro elefante.
—¿A ti no te importa?
—¿A mí? No.
Cuando llega el gran día el barrio está muy cambiado. Las chabolas siguen allí, pero en las últimas semanas han estado viniendo barrenderos, basureros y unos señores que rellenaban los baches con brea. Ya no hay montañas de cascotes y desperdicios, ni sillones destripados en cualquier lugar, ni tampoco esas enormes balsas de agua negra con los reflejos de todos los colores del arco iris. Ni siquiera la gente es la misma de todos los días, ahora aparecen por doquier periodistas, curiosos y unos señores con trajes oscuros y gafas de sol. Incluso esa misma mañana la policía se ha llevado en furgonetas a unos cuantos vecinos, al «Maguila», al «Fistro», a todos los que antes se llamaban de una manera y volvieron de la cárcel con otro nombre.
Y ahora, mientras Alcino, acompañado de Estrella espera entre la muchedumbre apretujado contra el cordón de seguridad uno de los agentes que lo componen intenta averiguar qué es lo que oculta bajo el jersey.
—¿Qué llevas ahí, chaval?— pregunta, y antes de obtener respuesta alguna intenta abalanzarse sobre el sospechoso bulto, pero la comitiva, entre la cual Alcino ha distinguido la espigada figura del monarca, aparece ya a lo lejos y los dos niños se cuelan bajo las piernas del policía y echan a correr hacia Don Juan Carlos, ignorando los gritos que les dan el alto, las pistolas que les encañonan, los rápidos movimientos de los guardaespaldas, rodeando con sus cuerpos el del Rey, llevándose la mano a la sobaquera, hablando por sus talkis muy nerviosos… Apenas han recorrido unos metros cuando dos de los hombres de las gafas negras levantan a Alcino y a Estrella en volandas.
—¡Quietos!— gritan, y hurgando violentamente bajo el jersey de Alcino le arrebatan el huevo.
—¡Cuidado, puede ser una bomba!— dice uno de ellos.
—Es un regalo para el Rey— solloza Alcino.
Están armando un revuelo terrible. Felizmente eso atrae la atención de Don Juan Carlos, quien se acerca y pregunta qué sucede. Al ver la escena ordena también que suelten a los pequeños. Estos se quedan frente a él paralizados, mirándole con unos ojos que parecen sartenes. Don Juan Carlos sonríe, esperando unas palabras. Finalmente Estrella rompe a reír y le susurra algo al oído a Alcino.
—Que cara de tonto tiene.
Alcino responde propinándole un pisotón. Estrella es tan ignorante y en consecuencia tan atrevida que no sabe que está prohibido decir cualquier cosa fea sobre el Rey. Asustado ante la posibilidad de que alguien haya podido oír la frase de Estrella reacciona rápidamente. Señala el huevo, que ahora un policía ofrece a un perro, el cual lo olfatea sin demasiado interés, y dice:
—Es un regalo para Su Majestad.
Don Juan Carlos vuelve la mirada hacia el lugar que le indica Alcino.
—Gracias. Yo y la reina… —dice, y señala a su derecha, aunque en ese lugar se encuentre un barbudo concejal—… os estamos muy agradecidos. Es una piedra muy bonita— añade al tiempo que la coge entre sus manos. La mira durante apenas unos segundos y después se la devuelve a Alcino —Claro que ahora no puedo llevármela. ¿Qué te parece si se la das a alguno de estos señores para que me la guarden?— pregunta señalando un lugar indefinido tras él. Pero Alcino ya ha decidido que no desea regalarle su huevo al Rey. Y también que Estrella tiene razón: Don Juan Carlos es tonto.
—No es una piedra— murmura desilusionado. La comitiva, no obstante, ha seguido su camino y ya nadie le hace caso. Alcino entonces oculta de nuevo el huevo bajo su jersey y se retira cabizbajo hacia su chabola.
Por la noche aparece su imagen en el televisor en el momento en que el monarca le devuelve el huevo.
—Una de las anécdotas de la jornada la protagonizó Don Juan Carlos en uno de sus acostumbrados y simpáticos saltos de protocolo al acercarse hasta un pequeño que le obsequió con una extraña aunque bonita piedra— informa el locutor.
Alcino, recostado en el sillón, abraza en su regazo el regalo frustrado.
—No es una piedra. Es el huevo fosilizado de un pájaro elefante— dice. Y después se echa a llorar.

3

La imagen del pequeño Alcino ofreciendo su huevo al Rey dio la vuelta al mundo, fue vista en lugares tan lejanos como Adelaida, Vladivostok o Idaho, USA. El nombre de este estado norteamericano, por cierto, tiene su historia. Así fue como bautizó el senador George M. Willing a una extensa región minera, considerando que la traducción de la palabra india Idaho era «Perla de la montaña». El nombre, no obstante, fue desestimado en favor de Colorado, el río que atraviesa dicha región. Años más tarde, sin embargo, fue propuesto y aceptado para un nuevo territorio, ignorando todavía que el verdadero significado de Idaho era «Mierda de búfalo».
Es lógico por tanto que los habitantes de este estado sean especialmente suspicaces en lo referente a meteduras de pata, y más todavía alguien como el prestigioso investigador George M. Willing, descendiente del desafortunado senador que diera nombre al estado de Idaho, quien tras ver en el televisor la simpática anécdota protagonizada por el rey de España no pierde el tiempo en hacer las maletas y en un periquete se planta en Madrid, donde después de realizar las oportunas averiguaciones aparece en la barriada chabolista reclamando la presencia del «niño del gran huevo». Su rudimentario castellano provoca un equívoco episodio, pues es conducido hasta Manolito «El bolas», joven popular en la barriada por el tamaño de sus genitales, pero tras aclarar el error no tarda en ser llevado hasta Alcino, su verdadero objetivo. Éste se encuentra jugando al fútbol con su amiga Estrella.
—Buenos días, mi nombre es…— intenta presentarse, pero no hace falta, porque Alcino se le adelanta.
—George M. Willing, investigador de la Universidad de Idaho, USA. Ya lo sé— Los rescoldos de su antigua pasión por los dinosaurios aún permanecen en su memoria y no le resulta difícil identificar a uno de los más reputados expertos en la materia. Del mismo modo no tarda en deducir que está allí para ver su huevo fosilizado.
—Venga, se lo voy a enseñar— dice, y echa a andar en dirección a la chabola.
George M. Willing le sigue perplejo. Todavía no ha abierto apenas la boca y ya ha conseguido casi lo que se propone. Tal vez debería haber permanecido callado un rato más, pues tras observar minuciosamente el huevo, comprobar su autenticidad y fotografiarlo, lanza una oferta a Alcino (—Si das a mí huevo yo a ti money— dice, frotándose el pulgar y el índice) y Alcino, quien ha transformado su primitiva afición a los dinosaurios y las familias reales en locura por el fútbol, no se lo piensa y contesta con una cifra en consonancia con las que manejan los astros del deporte rey.
—500 kilos— dice.
El norteamericano se queda estupefacto. Después reacciona con algunos ardides que supone resultan útiles para engañar a un niño (le ofrece caramelos, un viaje a Disneylandia, incluso una porción de la fama que deparará el hallazgo: «hasta saldrás por la tele», le dice, sin darse cuenta, por mucho que sea de Idaho, USA, que de ese modo la está cagando, teniendo en cuenta la anterior aparición de Alcino por la pequeña pantalla). Todo resulta inútil. Alcino se niega rotundamente a ceder su huevo por una cantidad inferior a los 500 millones y se retira a enterrarlo en el lugar donde permaneció oculto con anterioridad.
En los días sucesivos George M. Willing visita sin éxito la barriada. Finalmente, resignado, decide regresar a los Estados Unidos. Se consuela pensando que por lo menos tiene las fotos, aunque comparado con lo que se había propuesto cree que eso es una mierda. Una mierda de búfalo, concretamente.

4

La aparición de dichas fotos, no obstante, provoca un considerable revuelo en la comunidad científica, que duda de su veracidad. George M. Willing se resiste durante un tiempo a revelar su procedencia, pero finalmente las presiones le obligan a hablar.
—Las fotos fueron tomadas en una barriada de chabolas del sur de Madrid— confiesa —Y allí permanece, si Dios quiere, el huevo: en España, o Hispania, como se llamaba en fenicio y cuya traducción es «Tierra de conejos»— esto último es una manía que tienen los habitantes de Idaho, USA y que ponen en práctica en cuanto las circunstancias se lo permiten.
De ese modo la barriada vuelve a poblarse en pocos días de desconocidos. Es una pequeña torre de babel en la que se mezclan con el castellano y el calé el inglés, el árabe, el ruso… Son coleccionistas, periodistas en busca de la exclusiva, científicos locos por el Premio Nobel… Sus visitas continuadas a la chabola hacen sospechar algo a los papás de Alcino. Después de todo, el muchacho va a tener razón y aquel ridículo pedrusco es un tesoro de incalculable valor.
Por lo menos todos esos extraños tipos que desfilan por la puerta ofrecen cantidades astronómicas, cada una mayor que la anterior. Son ellos, los papás de Alcino, quienes llevan las negociaciones. Él se lo permite, imagina que se trata de sus representantes. Cualquier futbolista profesional tiene uno. Claro que nadie le ha pedido su opinión, se han convertido en sus representantes por narices, sin saber qué es lo que están negociando.
—Pero yo tengo la última palabra— piensa, porque ni siquiera a ellos ha revelado el lugar en el que permanece enterrado el huevo. Sólo él y Estrella lo conocen. Y Estrella, claro, también reclama su parte del pastel. Ella y sus papás. Así las cosas los dos niños deciden renovar su juramento. Hasta que no tengan garantías, en primer lugar del comprador, después de sus respectivos papás, de quienes tampoco se fían, no hablarán. Eso complica las cosas, los compradores no se comprometen a pagar sin ver el huevo, lo cual hace ganarse a Alcino y a Estrella unas cuantas bofetadas paternas que no solucionan nada, porque están acostumbrados.
Lo peor de todo es que el tiempo va pasando sin llegar a acuerdo alguno con nadie. Hay quien, aburrido o insolvente, se retira de la puja. Llega incluso un momento en que Alcino está harto del asunto y le importan bien poco las negociaciones. Al principio el dinero despertó su codicia, le hizo soñar con una vida repleta de lujos, pero ahora oye hablar a todas horas de «money» y es como si ya no lo necesitara, como si ya le hubieran pagado los miles de millones en que han valorado sus papás el huevo.
El huevo, por cierto, parece ser lo de menos. En el fondo para todos sigue tratándose sólo de un extraño pedrusco, un cambalache que otorga prestigio, fama, dinero a su propietario, sea éste un particular o un estado. Porque en los últimos días han vuelto a aparecer por la barriada los tipos de los trajes y las gafas oscuras. Pertenecen al CESID. Hasta ellos han llegado noticias del asunto a través del cuñado de un conocido de un confidente de un agente de estupefacientes que a su vez es cuñado de otro agente de los servicios secretos, quien —el primer cuñado de todos, no nos perdamos— es vecino de la barriada.
Estos señores del traje y las gafas oscuras afirman, en efecto, pertenecen al CESID y reclaman el huevo sin ningún tipo de contrapartida económica. Se basan en que fue descubierto en suelo español y es por ello patrimonio cultural del país. A Alcino no le asustan. No pueden asustarle si en teoría son de los servicios secretos y van pregonándolo por ahí. El único problema es Estrella, que muerde el cebo y quiere precipitar las negociaciones, cerrarlas de una vez. Alcino sospecha que está actuando a sus espaldas. No se equivoca. Sin embargo la noche en que ella acude sigilosamente y en solitario a desenterrar el huevo no encuentra nada en el agujero.

5

Alcino está triste. Por culpa del maldito huevo ha perdido a su mejor amiga. Porque fue él, quien si no, el que cambió de escondite el dichoso fósil. Y ahora Estrella está enfadada. Dice que rompió el pacto, que la traicionó. Alcino contesta que la traición fue mutua.
—Sí, pero la mía por lo menos nos habría hecho ricos—alega la niña. Y tiene razón. Los agentes del CESID aparecieron finalmente con unos papeles que les concedían la propiedad del huevo, los enseñaron a todo el mundo y los coleccionistas, científicos y demás desaparecieron en un santiamén de la barriada. Y con ellos sus ofertas multimillonarias.
Los papás de Alcino también están enfadados con él. A la menor, si se le escapa un taco, o un pedo, por ejemplo, le estampan en la cara un violento bofetón. Y lo mismo los papás de Estrella. Los otros niños se ríen de él, le llaman mocoverde y tontolaba. Alcino se siente solo. A la vez, sin embargo, está orgulloso de ello, porque experimenta un rechazo terrible por el resto de la humanidad, la considera codiciosa y ruin. En el fondo de su corazón cree que ha hecho lo que debía. Lo malo es que Estrella no quiere jugar a fútbol con él. Por eso se debate entre atenerse a su código ético o ceder e intentar sacarles a los señores del CESID algunos millones de pesetas que satisfagan, aunque sea mínimamente, a quienes están cabreados con él, devolviéndole de ese modo su amor y su amistad. Aunque sea mínimamente. Y mientras cavila el huevo permanece siempre oculto.
En esta duda se debate a lo largo de varias semanas, hasta que el rechazo continuado de los demás va haciendo anidar en su corazón el rencor e inclinando de esa manera la balanza hacia el lugar en que los señores del CESID aguardan la caída del huevo. Durante este tiempo han intentado camelarle con todo tipo de argumentos, apelando a su conciencia, a sus deberes legales, a su patriotismo y curiosamente a la vez el progreso y el bien de toda la humanidad… Precisamente lo prolongado de las tribulaciones de Alcino, justo en el momento en que había determinado acceder a sus demandas, lleva a los señores del CESID a emplear otro recurso que desbarata por completo sus pretensiones: intentan convencerle diciéndole que es un favor que le solicita expresamente «tu íntimo amigo Su Majestad el Rey Don Juan Carlos».
—¡Ése!— contesta malhumorado Alcino —Pues entonces ya pueden ir despidiéndose del huevo.
En sólo unos segundos las dudas que le han atormentado durante casi un mes se disipan. El huevo no será ni para unos —los científicos o coleccionistas extranjeros, a quienes todavía podría acudir en el mercado negro— ni para otros —los hombres de los trajes y las gafas oscuras—. El huevo es suyo, él lo encontró y le pertenece. Las leyes dirán lo que quieran, son sólo papeles. Y ni siquiera los papeles van a empapelarle. Es menor de edad y no puede ser castigado penalmente. En el peor de los casos lo llevarían a un tribunal de menores, o a un reformatorio, pero eso no arreglaría nada, porque seguirían sin saber en que lugar escondió el huevo. Así se lo hace saber a los señores del CESID.
—En ese caso habrá que poner en marcha el plan B— le contestan éstos, y suena como una amenaza, que ratifican al añadir: —B, de violencia—

6

En los días sucesivos Alcino descubre que varios tipos espían constantemente sus movimientos. Esperan sin duda que cometa la imprudencia de acudir al escondrijo. El se divierte haciendo agujeritos aquí y allá, enterrando y desenterrando. Cuando se va y llegan los policías sólo encuentran lombrices, notas insultantes, mierdas de perro…
Esto no dura mucho tiempo. Al cabo de una o dos semanas los mismos tipos empiezan a cruzarse con él y a proferir amenazas.
—Como no cantes te vas a enterar de lo que vale un peine, gitano de mierda— dicen.
Alcino no les tiene miedo. A él le gusta llevar el pelo encrespado y no tiene ninguna necesidad de saber cuanto vale un peine. Se pone en el peor de los casos, es decir, la muerte, y piensa que sería ridículo: se llevaría consigo el secreto a la tumba. Lo que Alcino ignora es que la muerte no es el peor de los casos.
Una noche, al volver de una sala de juegos próxima (la nueva pasión de Alcino son los marcianitos, las máquinas de petaco, juegos recreativos que no precisan la compañía de nadie) dos encapuchados le abordan en un descampado cercano a la barriada y sin mediar palabra le propinan una paliza y huyen. Cuando, maltrecho y con la ropa hecha jirones, consigue llegar a su chabola y explicar entre lágrimas lo ocurrido sus papás dicen:
—Serán los «eskinjís» esos otra vez.
Pero Alcino no está tan seguro. Sospecha que algo tiene que ver en todo eso la historia del huevo. No se equivoca. Una mañana, en la misma puerta de su chabola los tipos de los trajes y las gafas oscuras están aguardándole. Son dos. Alcino todavía conserva en la cara las postillas y magulladuras.
—¿Que te ha pasado, bonito?— pregunta uno de ellos, y hunde su dedo en una de las heridas.
—¿No querrás que se repita, verdad?— dice el otro. Entre ambos han emparedado el cuerpo del pequeño.
—¿Vas a hablar ahora?
Alcino les mira asustado desde abajo.
—No —consigue contestar con voz trémula, apenas audible. Luego logra zafarse de los dos hombres y echa a correr. Ellos no le siguen. Saben que es imposible capturar a un chiquillo corriendo.
—Ya habrá una nueva oportunidad— se dicen. Alcino tampoco duda de ello. Por eso ahora procura permanecer el mayor tiempo posible dentro de la chabola, sin salir a la calle. Una chabola, sin embargo, no resulta un lugar demasiado seguro, es como la primera de las casitas de los tres cerditos, no aguanta ni unos segundos en cuanto el lobo se pone a soplar.
Una tarde en que Alcino se ha quedado solo en casa, de repente se escuchan violentos golpes contra una de las paredes de hojalata. Poco después ésta se viene abajo y los dos encapuchados de la anterior ocasión penetran a través del hueco. En un instante Alcino se encuentra esposado, sentado en una silla y recibiendo sopapos.
—¿¡Dónde está el huevo, dónde está el huevo!?— le preguntan, y por primera vez se siente flaquear. Está acostumbrado a las bofetadas pero no es lo mismo cuando éstas te las sueltan tus papás, alguien que en teoría te quiere, que unos desconocidos. A pesar de todo aguanta y permanece en silencio.
—Trae la bolsa— pide entonces uno de los encapuchados. El otro extrae de su bolsillo una bolsa de plástico y envuelve con ella la cabeza de Alcino. Éste no entiende muy bien qué pretenden. Supone que secuestrarle, pero no le mueven de la silla. Comienza a sentir calor. El vaho de su propia respiración humedece las paredes de plástico. Poco a poco le va faltando el aire. Intenta desembarazarse de la bolsa pero dos manos firmes la sostienen apretando con fuerza en el cuello. Lanza desesperados mordiscos para abrir algún agujero. Todo inútil. Siente que sus pulmones van a estallar y cuando ya está punto de desvanecerse los dos esbirros retiran la bolsa.
—¡¿Dónde está el huevo?!— gritan.
Alcino no puede contestar. Bastante tiene con recuperar en aparatosas boqueadas la respiración.
—¡¿Dónde está el puto huevo?!— repiten, y vuelven a colocarle la bolsa en la cabeza. Esta vez no aguanta y se desmaya. Cuando vuelve en sí decide hablar. No está dispuesto a pasar otra vez por lo mismo. Los dos encapuchados le obligan a conducirles hasta el escondrijo, y una vez allí es él mismo quien debe excavar en la tierra y desenterrar el huevo.
—Y mucho cuidadito con volver a engañarnos— le advierten.
Pero no hace falta. Quiere acabar de una vez por todas con esa pesadilla, poder salir de casa cuando le apetezca, jugar de nuevo con Estrella…
—Aquí está— dice una vez que lo ha extraído. Antes de entregárselo lo mira durante unos instantes y siente pena e impotencia pero también una especie de satisfacción consigo mismo. Después los hombres se lo arrebatan bruscamente y desaparecen, no sin antes patearle un poco el estómago y los testículos.
Alcino queda tendido en el suelo retorciéndose de dolor. Cuando éste se atenúa todavía sigue llorando. Piensa en lo injusta y absurda en que han convertido los seres humanos la vida. Se pregunta qué habría esperado de aquel huevo el pájaro elefante, la pájara elefante que con tanto amor lo hubiera puesto e incubado. Seguro que jamás traer al mundo tanto sufrimiento, tanta codicia… tanta maldad.

7

Toda esta historia termina aquí, con su filtración, nunca mejor dicho, a los periódicos. La noticia, más o menos, sin gran diferencia entre unos y otros, venía a decir lo siguiente:

ESPAÑA A LA CABEZA EN INVESTIGACION CIENTIFICA

» España es el país puntero en la investigación científica de pájaros elefante merced al descubrimiento de un huevo fosilizado de esta extraña especie, extinguida hace millones de años. El hallazgo de dicho huevo es el resultado de una rocambolesca historia en la que incluso ha intervenido, providencialmente, Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I. Al parecer dos niños de un popular barrio del sur de Madrid descubrieron el valioso fósil y lo enterraron para evitar que el gobierno se quedara con su «tesoro». Y es que habían planeado venderlo a científicos de otra potencia extranjera que les ofrecían cinco millones de pesetas por él. La intervención de Don Juan Carlos en el suceso llega en este punto. Sensibilizado por la desigualdad social Su Majestad realizó hace unos meses una gira por los barrios más humildes del sur de Madrid, en el transcurso de la cual, casualmente, conoció a estos dos niños. A través de su mediación el Rey consiguió llegar a un acuerdo con los pequeños para que cedieran el huevo a investigadores nacionales. A cambio el gobierno recaudará una cantidad similar para financiar la educación de los dos niños, Albino y Estela. «

En cuanto a Alcino, el día que tuvo conocimiento de la noticia no experimentó ningún sentimiento en especial, sorpresa o rabia. Cree incluso que quizás Estrella tenía razón y el huevo no era más que un pedrusco.
—Quien sabe, quizás ni siquiera existieron jamás los pájaros elefante— se dice.
Ahora es un experto en grupos terroristas, sobre todo si el objetivo de éstos son militares, y el asunto ya no le importa.

Patxi Irurzun, 1995

CAFÉ AMARGO

Oct 23, 2011   //   by admin   //   Blog  //  1 Comment

Tú no deberías tener derecho a momentos como éste. Cabronazo. Ni siquiera aunque esos momentos duren sólo unos segundos y después la felicidad se escurra por esa cloaca en la que algunos os empeñáis en convertir la vida. Estoy sentado en una terraza, tomando un café que, por una vez, no sabe como el agua de un charco. Está tan rico, tiene una temperatura tan perfecta, el placer es tan intenso que por uno de los ojos eyaculo un lagrimón, como un pequeño planeta transparente, en el que todo es perfecto: los niños juegan en el parque y no se caen nunca del tobogán, sus padres beben cerveza fría o café caliente y al día siguiente no tienen que ir a trabajar… Si ahora me preguntaran cómo sería para mí una vida ideal elegiría un sábado soleado de otoño como este . “1,65 m., 60 kilos, 100 de tetas”, leo, sin embargo, de repente en la mesa. Alguien ha escrito sobre ella con un rotulador unas letras temblorosas. “¿Te parezco gorda? A él sí, pero ya nunca más me vas a insultar, ya nunca me vas a poner la mano encima? Hoy empiezo una nueva vida. Antes muerta que volver contigo”. Me quedo helado. Mi pequeño planeta transparente, mi mundo perfecto tiembla un momento sostenido en las pestañas. Después rueda y se estrella contra el suelo. “Cabronazo”, murmuro entre dientes, y apuro el último trago de mi café. Este café que de pronto se ha vuelto tan amargo.

Patxi Irurzun

Esta es una de las colaboraciones que hice en el diario ADN durante mi fugaz paso como columnista por él (ocho o diez semanas).

Páginas:123456»
ga('create', 'UA-55942951-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');