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UN RELATO DE AJUSTE DE CUENTOS

mar 16, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments

LA PRIMERA VEZ

Es de noche y como Urko no puede dormirse decide hacerse una paja. Con ella, calcula mientras se acaricia, con ella serán ya, a razón de dos por día, unas 3650 desde aquella tarde en que Urko se masturbó por vez primera. No es que Urko sea un maniático de la estadística, pero como hoy han enterrado al tío Alfonso y fue él quien, de alguna manera, le inició, Urko se ha acordado de aquella primera vez.

Entonces tenía trece años. Eran las fiestas del pueblo y como cada año, la familia se había reunido al completo para celebrar el día del patrón con una pantagruélica comida. Urko recuerda al abuelo presidiendo la mesa con su vaso de vino —del vino que el médico le tiene prohibido— ante las narices y con los ojos arrasados por la emoción de ver ante sí a todos sus hijos, a todos sus nietos, incluso al pequeño biznieto, que juguetea con sus orejas, las enormes y bailarinas orejas de elefante del abuelo, cada vez que lo sientan en su regazo. Al abuelo lo enterraron, también, una semana después, pero Urko siempre ha creído que el abuelo se murió feliz porque sabía que seguía vivo en cada uno de sus hijos, en cada uno de sus nietos, en las manos regordetas y suaves del biznieto.

Urko recuerda al abuelo y al tío Alfonso, junto al cual se sentó en aquella comida. A Urko le gustaba sentarse junto al tío Alfonso en las comidas porque el tío Alfonso se ponía la servilleta por encima de la cabeza, y tiraba migas a los demás comensales, y hablaba a gritos soltando tacos terribles que hacían sonrojarse a los mayores, y dejaba los platos llenos y las botellas vacías, y, durante la sobremesa, cuando se discutía de política, de religión, de las cosas de la vida, era él quien llevaba siempre la contraria, él contra todos… A Urko le gustaba sentarse junto al tío Alfonso porque el tío Alfonso se divertía mientras los demás mayores intentaban divertirse pero sólo le hacían quiebros a sus vidas aburridas.

Aquella tarde, sin embargo, Urko odió al tío Alfonso. Lo odió tanto como en esa otra ocasión en que el tío Alfonso le zarandeó y le gritó, malhumorado:

—¡COJONES, MÍRAME A LOS OJOS CUANDO TE HABLO!

Lo odió hasta sentirse eternamente agradecido, porque desde aquel día Urko mira a los ojos cuando habla con alguien y así sabe con quien habla.

Aquella tarde, cuando tras la sobremesa llegó el sopor y fue necesario estirar las piernas, el tío Alfonso invitó a Urko a una cerveza. Fue camino del bar. Con ellos iba la tía Mertxe, la mujer del tío Alfonso.

(Urko siente en la palma de su mano su polla bien tiesa y bien dura)

—¿Tú te haces pajas ya, Urko?— dijo de repente el tío Alfonso.

—¡Oye!— le recriminó la tía Mertxe, e inmediatamente atrajo hacia sí a Urko, que se había puesto rojo como un tomate, y le acarició el cabello.

Urko quería a la tía Mertxe. La tía Mertxe era guapa y delgada. La tía Mertxe, desde que era muy pequeño, le sentaba sobre sus rodillas y acariciándole el pelo le decía: —que pelo más negro tienes, qué pestañas más largas, como vas a gustar a las chicas— (El tío Alfonso por el contrario le decía: —Urko, narigón, tú si que eres feo.)

—¿Cómo le dices esas cosas al crío?

La tía Mertxe era buena, aunque eso sí, no parecía haberse dado cuenta de que él tenía ni más ni menos que trece años.

—Sí, me hago pajas— contestó Urko, y miró a la tía Mertxe, pero no entendió que había en sus ojos. Urko no sabía si ahora ya nunca más se sentaría en sus rodillas, o si la había hecho sentir vieja, o qué demonios. Urko no entendió qué había en los ojos de la tía Mertxe, y además, era mentira, él no se hacía pajas, aunque sus compañeros de clase se hicieran pajas, o al menos dijeran que se hacían pajas… Urko tenía ganas de llorar. Odiaba al tío Alfonso. Echó a correr.

Corrió y corrió, hasta que llegó a su casa. No había nadie. Urko, sin embargo, se encerró en el baño y lloró, lloró como un niño pequeño, lloró como se llora de verdad. Después llenó la bañera de agua tibia y se metió en ella. Estuvo casi media hora dentro y cuando sintió que entre sus piernas la sangre caliente henchía su pene de inquietud, de impaciencia, de algo que no sabía muy bien lo que era pero que pedía a gritos libertad, salió de la bañera, se sentó en la taza del baño y comenzó a frotar malhumorado su polla dura y tiesa.

Urko tenía trece años y por lo visto quien no se hacía pajas con trece años no era normal. Urko se frotaba la polla a toda velocidad —su mano, subiendo y bajando era sólo una nube púrpura— y no sentía nada especial, únicamente rabia, calor y algo de asco. Pero de repente llegó: un hormigueo en su escroto, una convulsión en su estómago, una sensación agradable que recorría todo su cuerpo y luego un desahogo, como si escupiera con aquel líquido blanco y espeso todas sus preocupaciones. Una caricia en el alma. La sensación más agradable que había experimentado jamás. Y después nada distinto a, por ejemplo, tumbarse sobre la hierba después de un partido de fútbol y descansar, descansar, descansar…. A no ser un sentimiento de culpabilidad que, de todos modos, no podía someter, no podría someter ya nunca a aquel placer extraordinario que proporcionaba hacerse pajas.

Urko, después, se arrodilló sobre la alfombra, olisqueó su semen —hierba, musgo…—, lo palpó —gelatina caliente—, lo chupó —dulce, algo insípido— , por último lo limpió —papel higiénico— y salió del baño. Quería volver cuanto antes a la calle, encontrarse con algún compañero de clase y decirle:

—Me acabo de hacer una paja…

Esta noche Urko, como hace unas horas han enterrado al tío Alfonso, que fue quien, de alguna manera, le inició, se acuerda de la primera vez que se masturbó y calcula que con la paja que se está haciendo lleva ya, a razón de dos por día, unas 3650 desde aquella tarde.

Esta noche Urko se acaricia lentamente. Intenta pensar en alguna chica pero no le viene a la imaginación ninguna. Urko está preocupado. Desde hace algunos días no consigue pensar en ninguna. Urko no está enamorado. Urko desea todas las chicas y no desea a ninguna. Urko se siente desorientado. Es como caminar sin rumbo. Es triste. Es tan triste como masturbarse pensando en chicas inalcanzables a las que, sin embargo, ve todos los días. Es peor. Con ellas por lo menos queda la ilusión. Urko se siente vacío. Imagina pechos, piernas, lenguas, traseros, olores, pieles que no pertenecen a nadie y que de repente pertenecen a la tía Mertxe. Es peor que sentirse vacío, pero Urko se acaricia ahora deprisa, muy deprisa. La tía Mertxe rodea con sus piernas largas su espalda. La tía Mertxe le chupa la oreja. La tía Mertxe cierra los ojos y gime. Urko se siente mezquino— hoy han enterrado al tío Alfonso y seguramente ahora la tía Mertxe esté llorando— pero no puede evitar un hormigueo en su escroto, una convulsión en su estómago, una caricia en el alma, y desahoga toda su mezquindad.

Después Urko se queda dormido. Sueña que se sienta en las rodillas de la tía Mertxe y que ella le acaricia el pelo. Sueña que el tío Alfonso le dice: —Urko, narigón, tú si que eres feo.

CERVANTES DEBE MORIR

mar 16, 2009   //   by admin   //   Blog  //  No Comments
Recomiendo leer este cuento, Cervantes debe morir, de Patxi Irurzun. Me parece extraordinario y, como le dije en su blog, más extraordinario aún en España, y me lo parece porque, entre otras cosas, en él la incorrección política emana de un realismo completamente honesto y sincero, opuesto al discurso de todos los políticos y al de una parte enorme de los opinadores más o menos profesionales. Esto es pura comunicación + cero concesiones. Extraordinario, ya digo.

David Murders



CERVANTES DEBE MORIR

No me da la gana.

Nunca he leído el Quijote y tampoco pienso hacerlo ahora.

No me da la puta gana.

Nunca me ha gustado que me digan lo que tengo que hacer. De acuerdo, a veces en la vida toca pasar por el aro, pero leer —y también escribir— para mí siempre ha sido un acto de libertad, una reconciliación con esa vida que no es como uno desearía: como si dieras un salto imaginario hacia atrás, atravesaras ese aro en sentido contrario y volvieras a colocarte en la misma postura, con los pantalones subidos otra vez, otra vez íntegro y honesto. Otra vez pegado a tu pellejo. Así que a mí nadie va a obligarme a leer nada.

Ni siquiera el Quijote.

Creo que todo lo que sé sobre el Quijote lo desaprendí en la universidad. El primer día de universidad. Yo entonces tenía la mitad de años que ahora y era un chico de barrio que los fines de semana vaciaba botellas de cerveza de litro en las murallas de Pamplona y después las hacía añicos contra los cascos de los antidisturbios. Por lo demás acababa de descubrir a Bukowski y a Raúl Núñez y “Ultima salida para Brooklym” —mi Quijote particular—, de modo que los cuentos que escribía entonces hablaban de las chicas en las que pensaba mientras me masturbaba —chicas para las que yo era sólo un macarra—, de los bares del casco viejo en los que me emborrachaba con mis colegas, de los coches que cruzábamos y las piedras que les tirábamos a la policía… Era, en suma, uno de esos chicos a los que en los periódicos llamaban “los de siempre”.

Para nosotros “los de siempre” eran ellos.

Estábamos a mitad de los ochenta y nuestros hermanos mayores aparecían muertos en baños que parecían zulos con una jeringuilla, una amapola marchita, colgada del brazo, nuestros padres perdían sus trabajos y a nosotros, a pesar de todo, nos mandaban a la universidad a salvar los trastos. Éramos, en muchos casos, los primeros universitarios de la familia.

Yo me matriculé en Filología Hispánica. Pensaba que una carrera como aquella me ayudaría a escribir. Era un ignorante. Mi universidad era además una universidad del Opus-Dei. Hacía poco tiempo les habían puesto un petardo y cada día, al entrar, un bedel me pedía el carnet y registraba mi bolso. Creo que conmigo siempre era especialmente meticuloso. Pero me parecía normal. Aquel tipo también sabía quiénes eran “los de siempre”, qué les correspondía a ellos y qué a chicos como yo. Él sabía que para nosotros no había nada en aquella universidad y menos que nada después de ella. Habíamos sido, en muchos casos, los primeros universitarios de la familia e íbamos a ser los primeros universitarios en paro de la familia y también de la historia. Aquel bedel, en definitiva, sabía que si había algún alumno que tenía ganas de poner una bomba —y razones para hacerlo— en la universidad era yo.

Pero bueno, —volviendo al Quijote— el caso es que el primer día de clase un profesor dijo:

—Quien no haya leído el Quijote o no vaya a leerlo que no espere aprobar esta carrera.

Yo no leí el Quijote, por supuesto.

Y, por supuesto, aprobé aquella carrera.

Aunque aquella carrera no me enseñara nada ni me ayudara en absoluto a escribir.

Sé, de todos modos, algunas cosas sobre el Quijote. Sé que era un hombre muy flaco, a lomos de un caballo todavía más flaco, que dejaba atrás su pueblo y salía a enfrentarse con el mundo. Sé que mientras recorría aquel mundo no hacía otra cosa que recibir hostias, él, y mantas de hostias su escudero. Sé que al final el mundo derrotaba a aquel hombre y que sin embargo aquel hombre ganaba. Sé todas esas cosas gracias a un libro, una edición infantil del Quijote, que compró mi madre. Lo estoy viendo, al ingenioso hidalgo, en una de aquellas grandes ilustraciones, postrado en su cama, en lugar de peleando con gigantes, pero rodeado de los suyos, orgulloso en su agonía. Y ahora sé que estaba tan flaco porque era un hombre honesto e íntegro, un hombre pegado a su pellejo.

Sé, pues, en realidad algunas cosas sobre el Quijote (las sé porque mi madre nunca me dijo: “Tienes que leer este libro”, simplemente lo dejó en la estantería, con los otros libros, a mi alcance).

Y sé también algunas cosas sobre Cervantes.

Siempre —también en la universidad— nos han enseñado la literatura de ese modo. Antes de leer los libros de un autor debíamos saber dónde nació, si pasó hambre o enfermó de sífilis, si vivió en París o traficó con armas en Eritrea (tal vez por ello, mi vida se estaba convirtiendo en una solapa perfecta, con mis carretadas de trabajos penosos, mis cicatrices y tumores, mis vagabundeos por el mundo… Una solapa a la que sólo le faltaba un buen libro en el que colocarla).

Y sé que Cervantes también pasó hambre y sufrió prisión, que saboreó la gloria y mordió el polvo.

A Cervantes lo veo sentado en el suelo de una lóbrega celda. Apenas se distingue nada en la oscuridad. Tan sólo se oyen toses tuberculosas, ruido de goteras y de ratas que corren muertas, locas de sed hacia ellas, carcajadas vitriólicas de otros presos a los que el cautiverio —el hambre, la tortura, el frío y sobre todo la falta de libertad— han vuelto tan locos como a ratas…

Miguel de Cervantes, sin embargo, no tiene miedo. Él es un duro. Ha conocido presidios mucho peores que ése, y de todos ha salido vivo y lúcido, siempre más fuerte. Esta vez lo han llevado allá porque un caballero ha amanecido en un callejón próximo a su casa en Valladolid, con dos puñales clavados en el corazón, uno de acero y otro invisible, mucho más afilado y mortal, una cuchillada de desamor, asestada al parecer por una de las damas de la casa de Cervantes, alguna de sus hijas, tal vez su mujer. Es un asunto turbio, casi tan oscuro como esa celda. Pero los ojos de Cervantes se acostumbran pronto a las tinieblas, las conoce bien y sabe cómo vencerlas, como arrojar luz sobre ellas.

Miguel de Cervantes se arrima las manos a la cara y las observa. En la izquierda a veces todavía siente el escozor de la pólvora. Está inutilizada, pero a él le gusta exhibirla y hablar en sus libros de ella, como si fuera una medalla de guerra. Una medalla prendida al pecho que lo atraviesa y se hunde en el fondo de su corazón, donde a veces también siente la herrumbre de palabras como honor, patria, guerra, cuando recuerda lo heroicamente estúpido que fue en Lepanto, desoyendo a su capitán, y subiendo, enfermo y febril, a cubierta a pelear.

Mira después su mano derecha. Esa mano con la que ha escrito todos sus libros, muchos de ellos en otras prisiones más oscuras y más sórdidas. El último de ellos es, precisamente el Quijote. Ha sido todo un éxito. Lo han leído admirados en muchos de los lugares en los que Cervantes, cuando era soldado, visitó igualmente admirado: Florencia, Corfú, Navarino, Túnez…Pero ahora Cervantes ya es un hombre curtido y desengañado. Un hombre que no olvida que visitó aquellos lugares porque salió huyendo de España antes de que, implicado en otro cruce de acero y desamores, cortaran su mano derecha; la misma mano con que años después escribiera el Quijote. Un hombre que sabe que la gloria y el polvo que tantas veces ha mordido tienen un sabor parecido.

Ahora, de hecho, Miguel de Cervantes, el autor del famoso Quijote, está allá, de nuevo encarcelado, privado del sol y la libertad. Su Quijote ha asombrado al mundo entero, pero pronto intentarán despojarlo de él. Alguien escribirá una segunda parte apócrifa. Otros dirán que el Quijote es una obra con vida propia, ajena a Cervantes, que él sólo ha sido el instrumento —un instrumento prescindible— para alumbrarla.

Y yo sé que allá en su celda, mientras Cervantes estudia sus manos en la oscuridad y piensa cómo volver a iluminar con ellas las tinieblas, también sabe perfectamente todo eso, y quiénes son “los de siempre”, qué les corresponde a ellos y qué a él.

Y pienso que Cervantes debe morir. Que debe morir para que no lo maten una y otra vez. Que Cervantes debe morir para convertirse en inmortal.

Sé todo eso sobre Cervantes y sobre el Quijote, sin haberlo leído nunca. Ni siquiera lo hice una vez acabada la universidad. Eran ya los 90. “Los de siempre” nos convertimos en terroristas. Los ochenta en un póster de colores. Las botellas de cerveza de litro en litronas. Nuestros barrios en barriadas… Fue una década estéril, la de los 90, una interminable llanura pedregosa, recorrida bajo un sol abrasador, en cuyo horizonte sólo se distinguían molinos de viento que abatían sueños y esparcían mierda. Pero tampoco entonces leí el Quijote. No me dio la gana. Supongo que estaba más ocupado adornando las solapas de mis primeros libros con más trabajos como condenas, con más viajes a los basureros, con más cuchilladas en el corazón. Aquellos primeros libros que sin saberlo ni premeditarlo imitaban —como todos, según dicen— al Quijote: uno era una parodia de otro género; en el segundo intenté incluirlo todo, el humor, el amor, el horror, la poesía.

En definitiva: nunca he leído el Quijote. No me ha dado la puta gana. Y no me siento un ignorante, ni tampoco desafortunado por ello. Al contrario, quienes lo han leído, si es cierto todo cuanto cuentan, no pueden sentir por mí más que envidia. Porque tal vez algún día, cuando nadie me diga “tienes que leerlo”, el Quijote me encuentre a mí y yo también experimente ese deslumbramiento que ellos sintieron y que perdieron para siempre. Vale.

PATXI IRURZUN

Este relato pertenece a la antología que realizó en 2005 Juan Francisco Ferré, “El Quijote: instrucciones de uso” (e.d.a.), y en la que autores de diferentes generaciones (desde Juan Goytisolo a Hernán Migoya.) daban diferentes interpretaciones sobre el Quijote en su cuarto centenario.

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