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Archive from mayo, 2019

ENTREVISTA A JESÚS VICENTE AGUIRRE

may 22, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

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“En Lo que pasó hay tragedia, muerte, dolor, pero también vida y amor”

Jesús Vicente Aguirre, escritor

El escritor riojano Jesús Vicente Aguirre ha presentado recientemente en Iruña, Bilbo y Gasteiz su primera novela, Lo que pasó, en la que, tras sus monumentales e imprescindibles estudios sobre la represión fascista en La Rioja, traslada a la ficción las historias y las heridas abiertas a raíz de una saca acaecida durante la guerra civil en un pueblecito imaginario próximo a Arnedo.

Patxi Irurzun. Publicado en Gara 21/05/2019

 Aquí nunca pasó nada. La Rioja 1936 es sin duda el trabajo más importante entre todos los que este escritor y cantautor riojano (formó parte del grupo Carmen, Jesús e Iñaki) ha dedicado a investigar los crímenes franquistas y a reparar a sus víctimas. Un trabajo que se hermana con otro, también referencial, como es el que Altaffaylla Kultur Taldea publicó en Nafarroa: Navarra 1936: de la esperanza al terror. En La Rioja, donde tampoco hubo frente de guerra, fueron dos mil las personas que fueron asesinadas, y ahora en Lo que pasó (publicado por Pepitas de Calabaza) Jesús Vicente Aguirre vuelca en el terreno de la ficción los sentimientos y las historias de todas aquellas víctimas a las que entrevistó, incluidas las de los nietos de los represaliados, que todavía más de ochenta años después esperan justicia.

¿Por qué ha decidido usar la ficción, le ha permitido acercarse más a los sentimientos, al lado más humano?

La novela es un conjunto vital, desde el año 1934 hasta el 1981, con el punto álgido del 36, tristemente, y en el que se cuenta todo lo relacionado con la saca que describo, y todo lo que sucede alrededor de la misma, las personas que mueren, las que viven, las que sobreviven… Realmente es una tragedia, hay muerte, y dolor, pero también hay vida, y amor, como la vida misma, algo que resulta más fácil contar desde la ficción. Además, cualquier escritor, al menos en mi caso, que he escrito poemas, ensayos, etc. aspira a escribir alguna vez una novela, y me pareció que era importante hacerlo con algo que yo conocía bien. En este caso, si hablamos de dos mil asesinados en La Rioja, tenemos también dos mil historias. Pero yo quería contar algo que no fuera la historia particular  de alguien conocido, sino inventarme una estructura familiar, en un pueblo imaginario, que se pudiera encontrar cerca de Arnedo, y a partir de ahí crear unos personajes que nos recordaran aquella realidad y que nos permitieran pensar en historias y sentimientos como la venganza, el resentimiento, o nos acercaran a otras historias más cercanas en el tiempo, como las de los nietos de los represaliados.

Sentimientos e historias ficticios pero que evidentemente tendrán mucho que ver con las cientos de entrevistas reales que usted realizó para sus anteriores libros

Sí, no son ninguno de ellos pero podrían ser cualquiera, al igual que sus historias, que quizás incluso, por desgracia, fueron aún más dolorosas.

Hay muchas similitudes con lo ocurrido en Nafarroa, por proximidad geográfica, no solo durante la guerra, sino después los años de silencio y humillaciones…

Efectivamente, e incluso en las exhumaciones que se hicieron a finales los 70 y  principios de los 80 en la Ribera y La Rioja Baja, y es algo que yo cuento: cómo en aquellos años en lo que todavía no había los medios que tenemos ahora, con el ADN, etc., la gente de un lado u otro del Ebro recuperaba los restos e igual sabía que pertenecían a cinco navarros y cinco riojanos, y los repartían, los llevaban a los cementerios, se les hacía un mausoleo, se les homenajeaba… Son cosas que sucedían en aquella época, que podían haber sucedido en cualquiera de estos pueblos próximos a Arnedo, como el de mi novela.

En la novela, efectivamente, hay saltos en el tiempo, no solo se nos habla de la guerra civil, sino de sus consecuencias y las heridas abiertas todavía muchos años después. Vamos desde la guerra de Filipinas al golpe de estado de 1981..

Un amigo escritor me comentaba que le había encantado esa arquitectura de la novela, que se empieza a construir desde los hechos acaecidos en Arnedo en 1932, donde hay varios muertos por disparos de la guardia civil en la plaza, y cómo alguien que va a investigar esos hechos, desata toda la trama, que empieza siendo una historia de amor, que en el 36 se viste de tragedia, y que se prolonga hasta el año 1964, el año al que el régimen llamó el de los “25 años de paz” y hasta el 23 F de 1981, en el que la nieta, Cecilia,  comienza a interesarse por la historia de su abuelo y todo lo que la rodeó.

Todo ello además narrado con diferentes recursos, como cartas, noticias de periódicos… ¿Fue difícil ordenar ese puzle?

Para mí no, lo fui haciendo bastante espontáneamente, aunque luego tuve que reordenar, repasar…. Pero me parecía algo bonito para el lector, que no hubiera una estructura lineal. Y así, tenemos las impresiones de Arturo, uno de los personajes, en el año 1964, las cartas del periodista que llega a investigar lo sucedido en Arnedo en 1932, la segunda parte en la que hay una secuencia continua que describe la saca, o el relato de Cecilia, la nieta…

Hay algunos momentos del libro en los que asistimos a algunos episodios en los que usted como autor ejerce cierta justicia poética, como por ejemplo cuando uno de los personajes tiene un apretón cuando Franco visita su lugar de trabajo.

Yo intento contarlo como algo natural, aunque efectivamente exista esa parte de justicia poética y hasta de coña marinera, pero se trata de una reacción incluso física, en la que hasta el cuerpo de ese personaje se descompone, reacciona de ese modo por no tener que ver a ese señor.

O como cuando la coronela resbala al salir de misa y se descalabra…

Sí, tristemente en los pueblos sabemos cómo hubo quien ordenó a quién había que matar, o a quién se debía vejar o humillar, y esta mujer representaba todo eso.

Aparte de la justicia poética lo cierto es que todavía queda mucha justicia, real, por hacer.

Sí, y esa es realmente la que importa: se trata de reparar a las víctimas, de que el estado se haga cargo de las exhumaciones, o de que todavía no se haya condenado abiertamente el franquismo… Esa es la justicia real que queda todavía pendiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

NI MEDIO NORMAL

may 19, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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El Franco de Eugenio Moreno en Arco

Publicado en “Rubio de bote”, colaboración quicenal para el magazine ON de los diarios de Grupo Noticias (18/05/2019)

 

 

A mí no me parece normal. Creo que a nadie debería parecérselo. Suelen aparecer de vez en cuando en un programa de citas a ciegas de la televisión. Cuando se presentan, se definen a sí mismos, sin ningún complejo, como admiradores de Franco. Y no pasa nada, la cita sigue adelante, el presentador no les rebate, ni tampoco la pareja que les toca en suerte, porque normalmente también es un o una fascista. Se normaliza su presencia. Todas las comparaciones son odiosas, sobre todo en este caso, pero imagínense que uno de esos corazones solitarios apareciera diciendo: “Pues yo tengo en una pared de mi casa el anagrama de ETA”.

No, no pueden imaginárselo, porque el programa no se emitiría, lógicamente. No entiendo por qué con los franquistas sí. Debe de haber alguien que supervisa esos programas, que decide qué sale en ellos y qué no. Alguien a quien no le preocupa que en horario de máxima audiencia se banalice la dictadura, cuando no se hace directamente apología de la misma  (bueno, no les preocupa a ellos ni a quienes supervisan  a los que supervisan esos programas, a los directores de esas cadenas, ni mucho menos a sus dueños, parece ser).

¿Por qué? En estos casos se suele argumentar que se trata de una radiografía social. Lo que da pánico es que en ella no se aprecie o no se dé importancia al tumor. Supongo que, en el fondo,  tiene que ver con la audiencia, precisamente, es decir, con la cartera, con que esos programas han encontrado un nicho, un buen puñado de espectadores, en el auge de la ultraderecha, en ese pavoroso y desacomplejado diez por ciento que vota a partidos que la representa (en ellos y, todo hay quien decirlo, en quienes miramos esos programas estupefactos, como quien mira un documental de fauna salvaje, en el que viéramos revivir a un animal que creíamos extinguido).

Hace unos años, cinco o diez, me cuesta mucho creer que un adolescente corriente conociera la tonadilla del Cara al sol o lemas fascistas como ¡Arriba España!, ahora, por el contrario, me consta que cualquier chaval, cuyos círculos familiares y sociales nunca han tenido ningún contacto con la extrema derecha, se ha topado con esos vestigios franquistas en las redes sociales, berreados por algún youtuber al que la suspicaz en otros casos Audiencia Nacional nunca le ha puesto la mordaza. A veces, esos adolescentes replican toda esa parafernalia fascista, casi siempre mofándose de ella, descifrando de manera natural su carácter extemporáneo y su puesta en escena casposa, pero a menudo también caminan por un filo peligroso a uno de cuyos lados queda la atracción hipnótica del vacío, el vértigo de los patriotas del que habló y que ha hecho caer de su pedestal a algún que otro figurón como Andrés Calamaro, que ya no tiene quince años.

El fascismo se ha blanqueado y alentado, con la pasividad y complicidad de determinados partidos políticos, medios de comunicación o estamentos judiciales y policiales en los que en realidad siempre ha estado latente, aunque lo nieguen, o lo negaran (ahora ya no se preocupan ni de disimular), del mismo modo que esos concursantes de los programas de citas a ciegas niegan que ellos sean fachas. Tienen un retrato de Franco en su salón, pero no son fachas. Después, eso sí, todas sus citas acaban mal, incluso cuando los dos corazones solitarios comparten ideología, pero se dan cuenta de que al otro, por ejemplo,  no le gusta que ella salga a bailar sola, o con sus amigas, o que una mujer beba, o fume… Del mismo modo, las televisiones que tan alegremente sacan a estos especímenes en sus programas alardeando de sus “pecadillos” franquistas se echan las manos a la cabeza cuando la ultraderecha amenaza con cerrarles el canal si llegan a gobernar. Cuando lo que deberían hacer es dejar de normalizar a esa ultraderecha. Porque normalizarla, en fin, no es ni medio normal.

 

 

 

 

 

ESCENA DOMÉSTICA

may 5, 2019   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en Rubio de bote, colaboración quincenal para ON, suplemento de diarios Grupo Noticias (04/05/19)

 

Todos lo hemos hecho alguna vez. Las bromitas por el portero automático. Por ejemplo, yo, el otro día, cuando vi por la ventana que mi hija se acercaba al portal, me acerqué al telefonillo y, en cuanto  llamó, respondí con la voz de la abuelita de Piolín:

—¿Quiéeen eees?

Y no me debió de salir mal del todo, porque se hizo un silencio desconcertante, que mi hija rompió pagándome, o eso me pareció, con la misma moneda, que tintineó extraña, con un tono grave, de actor de doblaje.

—Perdone, señora, está aquí la niña —dijo, aunque en realidad no tardé en darme cuenta de que no era ella: mi hija de diez años no podía engordar de esa manera tan prodigiosa las cuerdas vocales, ni tampoco tenía dos gargantas, pues a la vez que la de Constantino Romero oí, solapándose,  su vocecita infantil:

—¡Huy, creo que me he equivocado de piso! —dijo, dirigiéndose, supuse, al vecino con el que debía de haber coincidido en el portal.

Me entraron unos sudores repentinos. ¿Qué debía de hacer ahora? Lo más normal habría sido contestar “No, que soy el aita, haciendo el tonto”, pero en este tipo de situaciones tiendo a ofuscarme y a optar por la opción mas petersellerniana, a convertirme en un Mr. Bean de andar por casa, nunca mejor dicho.

—No, no, cariño, sube, ya te abro, que soy la abuela —dije, tratando de mantener el mismo tono trémulo y aflautado (y ridículo, por otra parte, porque mi madre tampoco habla así).

Y abrí la puerta.

Bueno, ya estaba, otra escena más para la comedia que es mi vida doméstica (tendrían ustedes que verme, por ejemplo, cocinando, echando las croquetas al aceite hirviendo y gritando como una jugadora de tenis cuando me salpican; o limpiando la jaula de Gainsbourg, mi conejo enano belier, mientras él le susurra a mi pantorrilla Je t’aime).

Pero la cosa no terminó ahí, como yo creía.

“Dindón”, llamaron a la puerta de arriba. Y cuando fui a abrir, allá estaba la niña… y Constantino Romero, que se me quedó mirando boquiabierto.

—¿Es tu padre? —preguntó.

—Sí —contestó mi hija, encogiéndose resignada de hombros.

Fue entonces cuando me di cuenta de las pintas que llevaba, con los pelos locos, la bata abierta, dejando ver la camiseta sucia (una de un banco en la que se podía leer “Revolución”),  los calcetines gordos por encima del chándal, raído y lleno de agujeros…

—Ah, es que la he acompañado porque no ha reconocido a quien le ha contestado por el telefonillo —dijo el vecino, que en vez de ojos tenía rayos X.

Estuve a punto de darle las gracias de nuevo con la vocecita de la abuelita de Piolín, o de Psicosis, pero me contuve, porque creo que eso habría terminado de convencerle de que yo estaba como una puta cabra.

Durante unos días lo pasé muy mal, pensando en que cada vez que me cruzara con ese vecino a su cabeza le vendría mi imagen hecho un cuadro (clínico). Pero luego se me pasó. ¿Quién no se pone cómodo en casa?  Me imaginé, por ejemplo, a la familia real con camisetas de la selección suiza, o de Arabia Saudí.

No hay, en fin,  nada mejor que llegar a casa y despreocuparte de tu aspecto, ser uno mismo. Como en casa en ningún sitio. Y si tiene videoportero, mejor que mejor.

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