• Subcribe to Our RSS Feed
Archive from febrero, 2018

CÓMO ME CONVERTÍ EN SUPERCUTO

feb 11, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
1899784_1450060711801577_1742275039_o
Publicado en “Rubio de bote”, magazine ON (diarios grupo Noticias) 10/02/2018

 

Yo, antes de convertirme en superhéroe, era una persona de lo más normal: entresemana trabajaba en la fábrica de condones, veía por las noches en la tele Gran Hermono o Ultrachef y los fines de semana tocaba la guitarra eléctrica en un grupo: Tigres y leones, nos llamábamos, y hacíamos versiones hard-core de Torrebruno.

Un sábado estábamos en mitad de un concierto, cuando de repente empezó a llover. A cántaros. Una tormenta apocalíptica. Con rayos que parecían el flash del teléfono móvil de Dios. Y de repente, uno de ellos cayó en mi guitarra, mientras yo hacía los coros:

—¡¡¡Tigres, tigres, leones, leoneeaaaaaaaaarrrg!!!!

Al principio no noté mis superpoderes. Pero cuando volví a casa,  mientras veía el telediario, sentí que un rayo volvía a atravesarme, esta vez el estómago. Y corrí al baño. Eso, la verdad, las ganas de ir al baño, me sucedía cada vez que veía el telediario. Pero entonces apreté y de mi cuerpo salió propulsada, como un misil, una morcilla de Beasain, con su etiqueta y todo.

Asustado, me subí los pantalones y me miré en el espejo. ¡Mi cara era la de un cerdo! Y no la de un cerdo cualquiera. ¡Un cerdo con antifaz! Casi sin darme cuenta, comencé a volar. Salí de casa por una ventana que estaba abierta. Todo sucedía sin que yo pudiera controlar mis acciones. Por ejemplo, no sé por qué, mi mirada se clavó, desde el cielo, en un coche que estaba en doble fila, y, además, delante de la plaza para discapacitados. Y de repente, volví a sentir unas repentinas ganas de ir al baño. No me podía aguantar, así que apreté, pero esta vez lo que salió de mi cuerpo no fue una morcilla de Beasain, sino una txistorra de Arbizu kilométrica, que rodeó como si fuera una soga el coche mal aparcado y lo lanzó a un contenedor de obra.

Así me pegué todo el día. Lanzando por el culo morcillas de Beasain o txistorras de Arbizu a quienes se colaban en la fila del autobús, a los que no recogían las mierdas de sus perros, a los que no respetaban los pasos de cebra…

Al principio, la verdad, era fácil y divertido ser un superhéroe de barrio.  Pero después, las cosas fueron complicándose. Me di cuenta de que solo me convertía en Supercuto cuando veía el Telediario. Y de que casi siempre era cuando en la tele aparecían ministros, o banqueros, o la familia real comiendo sopas. Y de que era contra los auténticos malvados, contra quienes tenía que emplear mis superpoderes. Así que un día me fui volando al Congreso de los diputados y lo bombardeé con chorizos de Pamplona, otro disolví con salchichones, duros como porras,  a un grupo de antidisturbios que a su vez estaban disolviendo a quienes protestaban por un desahucio…

Puf, eso sí que era cansado. El mundo era una pocilga, estaba lleno de malvados de verdad, y yo solo no podía hacerles frente. Hacía falta toda una piara de superhéroes. Y a mí no me quedaban fuerzas. Me rendí. Sentía que había llegado mi sanmartín.  Por suerte, una noche, tras arrastrarme hasta la cama, y quedarme dormido, me desperté en mitad de la noche, sudando como un cerdo, y, de repente, me di cuenta de que todo aquello solo había sido una pesadilla.

—Mañana volveré a la fábrica, a comprobar si hay algún condón pinchado —me dije—. Y por la noche veré en la tele Gran Hermono, o Ultrachef y el fin de semana volveré a cantar con los Tigres y leones (pero ahora en acústico).

Y pensando todo eso, de repente empecé a sentir un picor, una pequeña molestia en la espalda, allá donde esta empieza a perder su nombre, y me rasqué,  y enseguida me di cuenta de que mis dedos acariciaban una protuberancia, una flor de carne, con su tallo fino y retorcido, como un muelle. Un pequeño rabo, como el de un cerdito. Y así, en definitiva,  fue cómo me convertí en Supercuto.

 

 

 

ENTREVISTA A EDUARDO LAPORTE

feb 8, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
Foto: Paloma Toscano

Foto: Paloma Toscano

“En un diario enseñas solo la puntita, pero esa puntita tiene que ser de verdad”
Eduardo Laporte, escritor

El escritor pamplonés acaba de publicar en Pamiela sus diarios correspondientes a 2015-2016. Aunque en sus anteriores trabajos la literatura del yo siempre ha estado presente, es el primer dietario que  ve la luz, tras varios ensayos y errores en busca de una voz propia.

Patxi Irurzun. Iruñea. Gara 08/02/18

En 2011 Eduardo Laporte (1979) publicó Luz de noviembre, por la tarde, un libro hermosamente devastador en el que narraba la muerte de sus padres en apenas un mes.  Un duelo literario que ya anticipaba a un autor con tendencia al género autobiográfico y la narrativa de la memoria y el yo (presente incluso en otras de sus su obras, en las que aborda historias ajenas, como La tabla, en la que contaba la peripecia de un compañero de colegio que permaneció treinta horas a la deriva en Salou, sobre una tabla de surf). Lector y estudioso apasionado de diarios, publica ahora por primera vez los suyos, después de varios intentos en los que sentía su propia voz impostada.  En Diarios (2015-2016) se alternan fragmentos narrativos con otros cercanos al aforismo. Textos y apuntes de un autor al que no le importaría ser el mayor de los escritores menores.

Este es su primer diario publicado, sin embargo usted siempre ha mostrado querencia por el género…

Sí,  de hecho en 2012  iba a salir otro diario con una editorial que acabó cerrando o medio cerrando, así que el diario finalmente no se publicó, de lo cual luego me alegré, porque creo que mi escritura como diarista todavía no había cogido forma del todo. Miguel Sánchez-Ostiz dice que  en los diarios a veces hay tendencia a ponerse en escena, de un modo algo tramposo, y yo allí me veía como una especie de Bukowski, con ínfulas de seductorcillo… En este diario, por el contrario, creo que me reconozco –igual dentro de diez años lo niego y lo quemo—, porque llevaba muchos años bosquejando, rellenando libretas sin saber si eso tenía interés para el lector y si estaba siendo honesto. Ahora, después de muchos ensayos y errores, por fin me siento cómodo.

Este diario tiene por tanto, y así lo señala usted desde la primera entrada del mismo, algo de búsqueda de su propia voz.

Sí, como dice Miguel Ángel Hernández en el prólogo hay algo de ensayo literario. En este caso creo que se trata más que de un diario de un “ideario”, tiene bastantes reflexiones, en la línea de Leopardi, es una especie de cajón de sastre o torbellino de ideas, que recoge muchos de esos pensamientos que todos tenemos a lo largo del día y que sirve para que no se pierdan en el viento, y para sentirte escritor, para que el día que no has escrito nada, sientas que al menos has escrito eso, la página del diario. El diario permite ese ejercicio porque es un género libre, la mínima exigencia es un estilo coherente, pero puede tener una tensión narrativa o no, a mí me gusta que la tenga, no sé si lo he conseguido, pero cuando el autor consigue contagiar al lector de cierta progresión en el personaje es un libro, o un diario redondo.

El suyo, en todo caso, aunque también haya entradas más narrativas, se acerca a veces al aforismo

En ese sentido es deudor del mundo de Facebook y Twiter, que en realidad tampoco son nada nuevo.  Gómez de la Serna lo habría petado en Twiter, con sus greguerías. Pero no me gusta que sean solo aforismos, que los veo como una ocurrencia feliz, pero que da igual que sean verdad o no. El diario tiene espacio también para la prosa, para pequeñas historias que sobresalen solo un poco, como la punta de un iceberg, y que quedan por tanto solo apuntadas.

El prólogo en ese sentido también señala que es un diario que deja muchos espacios sugerentes o huecos para que los rellene el lector

Me gusta decir una cosa, que suena muy solemne, y es que la literatura es precisión y misterio. Yo antes era un autor con poco misterio, tal vez por defecto del periodismo.  Quería contarlo todo y dejarlo todo claro, ahora prefiero buscar ese equilibrio entre la precisión y el misterio, sin caer en la confusión y la opacidad, que es un defecto de los escritores pretenciosos. Es una vía peligrosa, pero creo tanto en la literatura como en la vida de lo que se trata es de orientarse en la oscuridad.

Eso implica seleccionar lo que cuenta. A veces se dice que el diario es un género en el que el autor se desnuda, pero lo cierto es que solo enseña lo que quiere.

Sí, enseñas solo la puntita, pero esa puntita tiene que ser de verdad.  Es como un paisaje del que eliges solo un encuadre. Además sería imposible contarlo todo, eso solo lo hace Andrés Trapiello. Uno selecciona aquello que le resulta literario, y en la selección creo que está la creación. Aprender a escribir es aprender a seleccionar, algo que a mí me ha costado veinte años.

En su caso, quienes le conocen, ¿le reconocen?

El diario permite maquillarte, hacerse irreconocible. A veces tienes la tentación de ponerte más guapo de lo que eres, es la tentación del diarista tramposo. Pero no se trata de eso, ni tampoco de lo contrario, de convertirte a ti mismo en lamentable. Yo tampoco voy a decir que sea “auténtico” en el diario, pero quienes lo han leído y me conocen me han dicho que me ven a mí, que soy yo, y eso es para mí el mayor halago.

También resulta bastante reconocible el Eduardo Laporte de Facebook, al que le gusta hablar de lo divino y de lo humano. Pero un diario es algo diferente a una red social.

Es interesante escribir diarios porque estás libre de esas interacciones desagradables de las redes sociales. A veces Facebook creo que no es el continente para ciertas cosas, cumple su función, sirve para ocurrencias, para debates de actualidad sin demasiada transcendencia, pero creo que no puede competir con el libro  en cuanto a continente de intimidad, de soledad y de apartamiento del ruido.

Usted señala en el diario que a la vez que él trabaja en diferentes proyectos. ¿Cómo discrimina lo que va para cada uno de ellos?

Es una relación complicada y un poco esquizofrénica, pero el escritor es una especie de capataz que va metiendo materiales para una obra que va construyendo simultáneamente en diferentes lugares. Es como una gran criba, en la que se separa el grano de la paja. Y se puede decir, por ejemplo, que respecto al blog o las redes sociales, en el diario va el grano.

Y respecto a otros proyectos, novelas, ensayos… ¿Corre el riesgo el diario de ser considerado algo menor?

Bueno, a mí me gusta esa dimensión menor. De hecho, a veces me he planteado eso, ser un escritor menor, intentar ser el mayor escritor menor, me gusta esa dimensión cero pretenciosa del diario, al que la gente acude como algo que no le va a apabullar. Quizás los diarios sean un proyecto sin ambición, en el buen sentido, en el que introduzco retales. Una especie de contenedor de reciclaje exquisito.

Ha dicho que tiene intención de seguir escribiendo diarios, pero ¿cómo sabe si dentro de cinco, diez años le va a apetecer?

De más joven yo pensaba en modo blog. Todo lo que veía o me pasaba o me contaban lo veía como material para el blog. Pero con el diario no lo tenso tanto, son cosas que caen, no las provoco, y mientras sigan cayendo esas ideas, habrá diarios. Y como me conozco creo que habrá diarios para largo.

 

ENTREVISTA A PABLO LAPORTE

feb 1, 2018   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

 0201_kul_laporte

 “Eres realmente libre cuando no tienes nada”
Pablo Laporte, escritor

El escritor pamplonés acaba de publicar en Pamiela Cuatro estaciones en un día, una novela en la que cuenta su viaje durante ocho meses por Australia

Patxi Irurzun.   Gara 01/02/18

Este es el punto de partida: Pablo Laporte hizo un viaje, después lo contó en un libro y después ese libro tuvo su propio viaje. Todo empezó en 2008, cuando con 23 años el escritor pamplonés pasó en Australia ocho meses, en los que básicamente se dedicó a pasear, fumar marihuana junto a otros mochileros y backpapers, tomar café y pensar, pensar mucho y la mayor parte del tiempo en Pauline,  su primer amor, a quien reencontró casualmente (o no) allí, al otro lado del mundo. También tuvo algún pequeño trabajo (como cobaya humana o como timador, vendiendo cuadros) y también escribió sus peripecias, sobre el terreno, hasta que se dio cuenta de que entonces la aventura no había que escribirla sino vivirla. Al regresar a Pamplona se puso de nuevo manos al teclado, hizo una primera versión, después otra en la que rellenó los huecos de la primera, y finalmente otra cuando se dio cuenta de que los huecos le gustaban más que todo lo anterior. Esta tercera versión es la que presentó a los Encuentros de Navarra en 2011, y con la que ganó este premio literario. Un premio que no fue más allá, no sirvió para abrirle las puertas de ninguna editorial. El libro pasó algunos años en el cajón, hasta que tras tomar parte en la antología 24 relatos navarros de Pamiela, ofreció su novela a esta editorial, quien finalmente acaba de publicarla bajo el título Cuatro estaciones en un día. Fin (de momento) del viaje.

Reencontrarse consigo mismo, tras este viaje, primero a Australia, hace diez años y después como escritor, hace ocho, habrá sido extraño

Fue raro, sí, porque como para mí había sido algo decepcionante el trabajo que dediqué al libro para nada, no la había vuelto a leer, en cinco o seis años, y al volver a abrirlo me encontré con una voz muy joven, con sus certezas y errores, y aunque tuve tentaciones de ponerme a retocar, me di cuenta de que, más allá de las erratas, debía respetar aquella voz.

Cuatro estaciones en un día es sobre todo una oda a la juventud

Sí, yo ya era consciente entonces de que la juventud dura poco, y quería hacer aquel viaje como un homenaje a ella (por decirlo de alguna manera superficial: sexo-drogas-rocanrol; o de una manera algo más profunda: libertad-levedad-falta de ataduras), y eso es lo que el personaje va buscando durante todo el viaje. El protagonista llega a Australia con los prejuicios y aspiraciones de un joven típico pamplonés —tener una cuadrilla, un trabajo, una casa—, y poco a poco se va despojando de todo eso y celebrando ese desprendimiento, el hecho de no tener nada, ni siquiera pasaporte.

Sin embargo usted dice en el libro que la libertad exige también la responsabilidad de no desperdiciarla

La libertad es en cierto modo una putada, algo que la gente rehúye, porque cuando eres realmente libre es cuando no tienes nada ni nadie, ninguna responsabilidad, y te quedan 24 horas de absoluta nada, que es básicamente lo que yo hice durante este viaje, pasear, tomar cafés, fumar marihuana y pensar, pensar muchísimo. Algo que luego mucha gente me ha criticado. Nadie entendía que eso es algo que creo que hay que hacer al menos una vez en la vida, pararse, reflexionar, pensar que quieres hacer, e incluso experimentar sensaciones como esa misma de extrañeza con uno mismo por no estar haciendo nada, cosas que para mí tienen cierto valor. En otros países existe esa cultura, del viaje de juventud, entre nosotros prevalece más esa cultura de que si no es con un fin práctico las cosas no tienen sentido, y yo en el libro reivindico en cierto modo lo contrario.

Habla de un personaje, aunque en realidad es un libro autobiográfico…

Sí, pero hay un personaje, porque de mí mismo solo cogí una parte, y ese personaje es un poco desastroso, un romántico empedernido, que era lo que literariamente más me convenía, porque en realidad yo también tenía mis rumias, sobre mi futuro, el trabajo, y en realidad aquella bohemia, aquella libertad me agobiaba un poco… Por lo demás, el personaje cuando llega a Australia es una especie de bebé, un chavalín que no sabe muy bien porque se ha ido tan lejos, al otro lado del mundo, casi solo para demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo, pero que una vez allí se tiene que poner las pilas, adaptarse y tratar de demostrarse que ese viaje tiene un sentido, más allá de encontrar un trabajo o aprender inglés, y en ese sentido el viaje tiene algo de busca, a la que al final acaba dando sentido la aparición de su amor de adolescencia, Pauline.

A muchos otros personajes secundarios —mochileros, estudiantes que no aparecen por la academia…—  que usted va encontrando por el camino les pasa lo mismo.

Sí, pero es un poco lo mismo que antes: también me encontré mucha gente con un plan claro,  pero esas personas no me interesaban para el libro, me quedé con aquellos con un punto más marginal o excéntrico, gente que huía o buscaba, sin saber qué, algo… Y creo que también de algún modo era a ellos, a esa gente, a la que yo iba buscando en el viaje, gente que desde mi vida más normalizada en Pamplona nunca iba a conocer.

El suyo es un libro de viajes, pero tiene más capas, hay picaresca (esos trabajillos que usted hace), a veces tiene cierto punto de la generación Kronen… Y está la historia de amor, con Pauline, por supuesto.

Sí, es un batiburrillo de todo eso, que no sé cómo lo he cuajado. En cuanto a la historia de Pauline,  yo creo que es la trama principal del libro, sin ella seguramente este no hubiera existido. No se trata tanto el hecho de que me vaya a encontrar al otro lado del mundo a mi primer amor, que me parece una casualidad increíble, cósmica, algo que a día de hoy todavía me sigue perturbando, como el que, una vez allí todo el viaje, todos mis pasos vaya girando alrededor de Pauline,  lo que da también explicación, en aquel momento, al por qué de aquel viaje. Luego, cuando veo que todo no va ser tan fácil, llega la frustración, pero ahora comprendo que incluso aquellas calabazas que ella me dio tenían también sentido, que el sentido de de aquel viaje, no era Pauline en sí, sino poder escribir mi historia con ella, escribir el libro. De hecho no he vuelto a saber nada de Pauline, aunque ahora creo que quizás tengo la obligación de contarle que he escrito una novela en la que su nombre aparece 157 veces.

En ese sentido cierra una etapa

Sí, totalmente, a Pauline la conocí en marzo de 1998, en un intercambio con alumnos franceses, la volví a encontrar en Australia en marzo de 2008 y este libro ha salido ahora, pocos días antes de marzo de 2018. Por lo demás, lo otro lo que no he contado, es una nebulosa, gente, lugares, que he olvidado o voy olvidando y lo que queda ahora para mí de aquel viaje es lo que he escrito.

 

 

 

ga('create', 'UA-55942951-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');