• Subcribe to Our RSS Feed
Archive from enero, 2017

HOMBRES

ene 30, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Resultado de imagen para paraguas abandonadosPublicado en Rubio de bote, colaboración quincenal en ON (magazine de diarios de Grupo Noticias) (27/01/2017)

Llovía bíblicamente, en la calle no se veía un alma y había paraguas abandonados a cada paso, como si toda la humanidad hubiese salido corriendo precipitadamente a embarcarse en una moderna arca de Noé y yo me hubiese convertido en el único náufrago del planeta.

El primero de ellos, el primer paraguas que vi,  fue uno de niño. Un pequeño paraguas de plástico transparente, con barquitos estampados y timones de madera carcomidos por una gusanera de temblorosas gotas de agua. Estaba boca abajo, con la punta metálica enganchada en la rejilla de una alcantarilla. El viento era un lanzador de cuchillos y aquel paraguas parecía repeler todas sus embestidas, con su esqueleto palpitante y devolviendo al aire un aullido entrecortado, como el sonido de la hélice de un helicóptero de salvamento.

Era una imagen inquietante. Miré a mi alrededor, esperando encontrar a alguien, al dueño de ese paraguas, quizás un niño, o una niña a la que el viento había hecho caer. Pero no vi a nadie. Continué caminando, recostado casi sobre el vendaval, hasta llegar al puente. El río bajaba torrencial, furioso, escupiendo espuma y palos, con un agua marrón oscura, que por un momento me pareció sangre. Unas horas antes un hombre había arrojado al agua el cadáver de su compañera. El día anterior, otro había acuchillado a su propia hija, una niña de dos años… Todos los días había hombres que golpeaban a mujeres, las violaban, las asesinaban…  Y yo era un hombre. Me pregunté en qué me convertía eso. Si la violencia formaba parte de mi naturaleza. Siempre me había rebelado ante esa idea. Yo no tenía nada ver con esos hombres. Todos los hombres no éramos así. Pero mi forma de rebelarme había sido callar, creer que yo no debía avergonzarme por lo que otros hombres hacían.  Ahora me daba cuenta de que quizás estaba equivocado. Miré fijamente la corriente. Vi remolinos de agua desde los que trepaban hasta mi oído voces, chistes de los que me había reído aunque no me hicieran ninguna gracia, frases recubiertas de fango: “Mujer tenías que ser”, “Cuántas pollas habrá comido esa para llegar hasta ahí”…; y vi también burbujas que reventaban sobre la superficie de aquel agua ensangrentada, como pequeños y masculinos estallidos de ira, y ramas que cegaban en el ojo del puente, del mismo modo que los celos, la inseguridad, la falta de autoestima y de madurez cegaban a algunos hombres…

Volví sobre mis pasos. Continuaba lloviendo a mares y el viento era el soplido de una diosa enfurecida. El paraguas con la imagen de barcos y timones carcomidos por el agua  seguía boca arriba, aprisionado por la reja de la alcantarilla. Pronto observé que no era el único paraguas abandonado. Había paraguas por todas partes: encalados en las copas de los árboles, desarbolados en los charcos, olvidados en las papeleras… Y de repente, me di cuenta. ¡La mayoría de ellos eran paraguas de mujer! Como si solo a ellas les hubiera sido permitido subir a aquella moderna arca de Noé y salvarse de este diluvio de sangre, de este genocidio diario y doméstico, dejando atrás un mundo oscuro, tenebroso, habitado solo por hombres en silencio.

AÑOS DE PINGÜINO

ene 16, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

hcb_ruemouffetard

Publicado en “Rubio de bote”, magazine On (diarios Grupo Noticias) 14/01/17

Cuando uno se convierte en padre tiene que tener claro que durante diez o doce años no va a poder ir tranquilamente al baño. Se acabó la intimidad. Hay algún conducto secreto que conecta tu estómago con los pies o el cerebro de tus hijos, quienes se abrirán la barbilla o querrán solucionar sus dudas existenciales (por ejemplo, “Aita, ¿los robots hacen pis?”), justo en ese pingüinesco momento en que tienes los pantalones en los tobillos.

Las relaciones paterno-filiales se componen de normas no escritas de ese tipo, de señales, códigos, gestos que uno aprende pronto a distinguir y respetar.  Uno sabe, por ejemplo, que existe un momento en que los niños llegan en sus juegos a un límite de euforia,  persiguiéndose atropellada y alegremente, y en el que el siguiente paso va a ser un tropezón, una caída, unas risas que se tornan en un abrir y cerrar de ojos en lágrimas o sangre. Es como una dolorosa metáfora de la condición humana, como si la dicha tuviera un límite que no está permitido sobrepasar y por cuyo exceso hay que pagar con huesos rotos o jarrones hechos añicos. Y uno lo ve, sabe que algo va a pasar, y sin embargo a menudo no interviene con determinación porque no quiere ser siempre el aguafiestas, así que tiene que conformarse después con una de esas frases, “Si es que se veía venir, si es que ya lo sabía yo…”,  que suenan a bruja Lola, a pitoniso nocturno y alevoso, de nueve cero dos, y que ya no solucionan nada.

Uno sabe también que la primera frase de tu hijo cuando sale al mediodía del colegio va a ser un cariñoso “¿Qué hay para comer?” y que ese día suele haber lentejas y que ya está la bronca armada; o que la comida que aborrecen en tu casa en otras les sabe a gloria; o que incluso los socorridos spaguetis pueden fallar si uno se pone creativo y decide echarles exóticos condimentos como cebolla o perejil, “eso verde qué es, qué asco”…

Y uno, que antes era un lirón,  aprende además a dormir levemente, con un sensor que le hace dar un bote en la cama cuando escucha toses o náuseas o cuando no escucha nada en las habitaciones de los niños;  y que entre las rayas blancas de los pasos de cebras hay abismos; o que algunos dolores muy fuertes solo se curan con besos…

Pero dentro de ese mundo de gestos y señales, de dietas y coreografías infantiles hay algo, un movimiento característico que resulta especialmente gozoso e hipnotizante. Me refiero a cuando los niños van caminando, en un acto espontáneo, del que ni siquiera son conscientes, dando pequeños y rítmicos saltitos, pinpán, pinpán, como si el suelo fuera una pandereta que ellos pudieran tocar con los pies. No se me ocurre una imagen que exprese mejor la felicidad, la despreocupación, la alegría de vivir. Debería ser patrimonio inmaterial de la humanidad. Desgraciadamente, llega una edad, a los diez o los doce años en que esa manera de caminar por la vida nos avergüenza y dejamos de hacerlo, sin comprender que luego nos pasaremos el resto de nuestros días intentando recuperar el paso. Yo no sé cómo todavía no han inventado en ningún centro de terapia o en ningún gimnasio una disciplina que incluya ese ejercicio (pero tampoco vamos a dar ideas, no vaya a ser que se ponga de moda, como la marcha nórdica, y luego tengamos que ver por la tele al presidente del gobierno dando saltitos, lo cual sería ya excesivo).  Por suerte, quienes tenemos hijos pequeños, si bien aún nos quedan algunos años de pingüinos en los que seguiremos sin ir tranquilamente al baño, también podemos permitirnos todavía el lujo de coger  de vez en cuando a los niños de la mano y, cuando nadie nos mira —y aunque nos miren—, acompasar despreocupada y alegremente nuestro paso al suyo, pinpán, pinpán…

ENTREVISTA A TXANI RODRÍGUEZ

ene 12, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Foto: Aratxu de Francisco

“Supongo que necesitamos ser cínicos para no enloquecer”

Txani Rodríguez. Escritora 

Txani Rodríguez explora en su última obra, Si quieres, puedes quedarte aquí,  algunos aspectos de la condición humana, como el amor y su capacidad para salvarnos o destruirnos, la infelicidad o nuestros miedos y carencias. Una novela intensamente corta en la que la naturaleza se convierte en un inquietante personaje más y el edén en una suma de pequeños infiernos.

Patxi Irurzun, Iruñea. GARA, 11/01/2017

Un paso canadiense, la imagen con la que empieza y acaba esta novela, es una límite que algunos animales evitan cruzar, pues los barrotes colocados en el suelo sobre un foso les provocan desconfianza. Esta  obra de Txani Rodríguez (Llodio, 1977), habla de todo eso, de la línea que separa nuestro comportamiento del instinto animal, y de la inseguridad y la desorientación ante ciertas situaciones. Si quieres, puedes quedarte aquí, publicada por Tres Hermanas,  es la tercera novela de Txani Rodríguez, tras Agosto y Lo que será de nosotros, y fue finalista del Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro.

Se puede decir que Si quieres, puedes quedarte aquí es la historia de una huida y al mismo tiempo de una búsqueda —es decir, como la vida misma—. ¿Qué cuenta esta novela?

Sí, la novela habla sobre el vértigo que produce la infelicidad, sobre la situación de fragilidad en la que nos coloca y que hace que no nos distingamos mucho de los animales desorientados. Nos exponemos tanto en esas circunstancias que, a veces, es cuestión de suerte que no nos quedemos atrapados en la huida.

La naturaleza, los animales, se convierten en personajes de la novela, que nos va dando pistas, o sirven para marcar elementos de tensión o inquietud en la misma… Pero, creo que usted –y Andrea- son bastante urbanitas…

Pretendía que la novela tuviera algo orgánico, que nos pegara a la tierra y a nuestro cuerpo… ¿Urbanita? Me gustan las ciudades, pero vivo en un pueblo, es verdad que bastante grande, pero veraneo en otro muy pequeño. Me gusta mucho dar paseos por el monte y no soy una buena compañía para quien quiera ir a paso ligero porque yo me entretengo a cada poco con cualquier cosa.

Respecto a los animales, un momento del libro la protagonista se dice que nunca ha visto a un animal reír. ¿Aspirar a la felicidad es lo que nos define como humanos?

La infelicidad nos hace sufrir y creo que no hay ningún ser vivo que desee sufrir: cuando tenemos hambre, comemos; cuando tenemos sueño, dormimos… A nadie le gusta acostarse con un vacío en el pecho. La infelicidad es que como ir por ahí envueltos en una manta en pleno agosto: algo agotador e insano. Sin embargo, no siempre podemos ser felices. Creo que ahora no admitimos la infelicidad, no esperamos a que el tiempo pase,  y que hay todo un negocio –no siempre honesto- alrededor de la búsqueda de  felicidad y del bienestar instantáneo.

De hecho, en ese supuesto edén en el que se refugia, o le obligan a refugiarse a Andrea, hay muchos pequeños infiernos (por ejemplo,  se prioriza el gasto en flores, que permita manteniendo ese aspecto de edén,  sobre las ayudas sociales)…

Realmente, tal y como está el mundo, creo que estamos preocupados por las flores, por decirlo de alguna manera, sí, porque no parece que nos concentremos mucho ni en lo importante ni en lo urgente. Supongo que necesitamos ser cínicos para no enloquecer. Por otro lado, a veces creo que cada quien lleva su bandera de su buena causa, la que sea, y a veces ya no vemos más allá ni vemos las legítimas causas de los demás.

El estilo  de Si quieres, puedes quedarte aquí es muy eficiente, contenido, pero sin desechar momentos poéticos cuando es preciso, dosificándonos información sobre los personajes… ¿Le costó encontrar ese tono?

No me gusta el lirismo desbordado y aspiro a escribir cada vez de forma más depurada. Esas líneas rojas autoimpuestas –aunque por momentos seguro que me las salto aún- configurarán el estilo. Sí me costó bastante dar con el tono; de hecho, hasta que no lo encontré no comencé realmente con la novela. El tono es la pista de aterrizaje concedida; si lo encuentras, ya puedes comenzar el descenso a la tarea.

Y detrás de esa contención lo que asoma es una historia de amor truncada, incluso terriblemente truncada… ¿Se puede decir que esta es, en definitiva, una historia de amor?

Es una historia de amor, sin duda. Son las ganas de amar de la protagonista las que la salvan de caer en picado, y es el amor de otra persona —una especie de ángel contemporáneo— lo que la salva de sí misma. También hay una reflexión sobre el amor, que yo creo que solo puede ser generoso si hay de verdad una entrega. La naturaleza del amor impide dañar al ser amado; si se daña a propósito, ya no se ama.

ENTREVISTA A CARLOS BASSAS

ene 6, 2017   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
0104_kul_bassas

Foto: Ana Oliveira


“Creo que hasta que no cumpla cincuenta años no escribiré MI libro”
Carlos Bassas del Rey, escritor

Escritor de novela negra y juvenil, recientemente se ha estrenado con los haikus, guionista, director del festival literario Pamplona Negra, promotor, entre otros, de la recientemente creada Asociación de escritores navarros, colaborador en programas de radio y televisión, como El lector de huesos… El navarro-catalán Carlos Bassas del Rey no para.

Patxi Irurzun, Iruñea.
Publicado en Gara 05/01/2017

Acaba de publicar la tercera entrega de su serie de novelas protagonizada por su personaje Herodoto Corominas, Mal trago, y comienza ya a sentir ya el ronroneo de una pantera en el estómago ante la inminencia de la nueva edición de Pamplona Negra, que se celebrará entre el 17 y el 21 de enero.

Empecemos por la novela: para situarnos un poco cuéntenos quién es Herodoto Corominas y en qué se ve envuelto esta vez.

Herodoto es un madero con todas las de la ley, un madero a caballo entre los de la vieja escuela y la nueva hornada, que en este caso investiga un crimen un poco rocambolesco. Todo arranca a partir del hallazgo de un cadáver de un niño vestido de primera comunión en un caja fuerte de un viejo edificio de Ofidia —esa ciudad imaginaria, que se parece más a Pamplona que a ninguna otra, aunque esto no hay que decirlo muy alto—, un edificio que ha sido derribado y que pertenecía a un familia de postín, una de esas familias en las que ya se sabe que el abuelo genera la fortuna, los hijos se la esnifan y los nietos se la follan… Ese es el punto de partida de la trama, pero casi lo más importante, más que la investigación,  en esta novela es qué le sucede al protagonista en su vida, en su relación con su hijo, o con algunos amigos…

Mal trago, es la tercera entrega de la serie, después de Siempre pagan los mismos y El honor es una mortaja (Premio Ciudad de Carmona) con lo cual estamos ya ante una novela de asentamiento…

Esto es como aprender a hablar o a andar, primero balbuceas, luego articulas alguna palabra con sentido, y después ya empiezas a hablar, o a encontrar algo tan difícil para un escritor como es una voz, una mirada un estilo propios, que empiezan a definirte. Yo soy de los que digo que hasta que no cumpla los cincuenta no escribiré MI libro, porque se supone que uno crece o debe crecer como escritor y la experiencia y la lógica te lleva a mejorar. Es como el sexo, cuanto más practicas mejor lo haces, o eso se supone…

La literatura como camino de aprendizaje…

Sí, y ya no solo de cómo hacerlo, cómo construir frases, cómo utilizar los adjetivos, cómo tirar los adverbios por la ventana, sino sobre todo de cómo asentar una mirada, una forma de mirar la realidad y expresarla de un modo único. Estamos en un momento editorial en el que a veces lees un libro y podría ser de ese escritor y podría ser de otros veinte, pero otras veces descubres a un escritor que reconocerías sin dudar en una cata a ciegas… Hay muchos libros correctos, bien narrados, que funcionan bien, sobre todo para las editoriales, pero que aportan al lector poco de quien los ha escrito. Yo trato de huir de esto y creo que este es mi primer libro en el que se puede decir “Ahí está Carlos”.

Pero mantener esa voz debe ser difícil cuando se escribe en registros tan diferentes como la novela juvenil, los haikus…

Sí, pero, por ejemplo, en el caso de lo haikus, escribirlos me ha ayudado a ser más certero, más breve en las descripciones de esta novela. Cada vez tiendo más a eso y estoy más de acuerdo con Simenon, que decía que cuando él quería que el personaje entrara en un sitio, se sentaba y escribía: “El personaje entra”.

Cambiando de tema, hablemos ahora brevemente de Pamplona Negra, que se celebrará dentro de unos días. Tercera entrega también —y por tanto festival también consolidado—. ¿Qué vamos a encontrar en esta edición?

Asentamos la sección “El crimen a escena”, que quizás es la que más nos distingue de otros festivales, y que en esta ocasión contará, entre otros,  con un detective privado, con  un fiscal que hará una selección de un jurado popular en directo… Y después tenemos a escritores como Rosa Ribas, Víctor del Árbol, Dolores Redondo (es decir, Premio Nadal y Premio Planeta de 2016)… Vamos a tener también mesas redondas muy especiales, una dedicada al mal, en la que habrá desde un experto demonología hasta un policía que ha detenido a varios asesinos en serie, otra dedica a novela negra y memoria histórica, otra dedicada a la novela negra en euskara, con autores como Aingeru Epaltza, Jon Arretxe, Eneko Aizpurua, Jon Alonso;  Carlos Zanón impartirá un taller literario… Y además tenemos teatro, cine, gastronomía, un concierto final… En definitiva tocamos todos los palos para que cualquier persona interesada en este mundillo, sin necesidad de ser un lector empedernido, se pueda acercar y disfrutar.

 

 

ga('create', 'UA-55942951-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');