• Subcribe to Our RSS Feed
Archive from marzo, 2016

HOMBRE-BOCINA

mar 25, 2016   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

autopistadelsurRubio de bote. Publicado en el magazine ON (Diarios del Grupo Noticias), 25/3/2016

Este año el invierno estaba de veraneo y regresó cuando ya nadie lo esperaba, sacudiéndose con ímpetu juvenil los restos de la última fiesta de la espuma, que se convertían al entrar en contacto con el aire súbitamente adiciembrado de marzo en copos de nieve lentos, gordos y abatidos, descendidos del cielo como palomas de la paz con un ala rota.

Una mañana, por ejemplo,  nos levantamos y, contra todo pronóstico (metereológico) y desafiando a la aburrida infalibilidad de AEMET, había caído una nevada imprevista, como las de antes de ahorcar al hombre del tiempo.

Y tanta espontaneidad nos pilló a todos desprevenidos, incapaces de reaccionar, de improvisar, de usar el transporte público o las katiuskas, en lugar de las ruedas de invierno.

Desde la ventana de casa se veía en la rotonda de salida a la autovía un atasco descomunal, que podría haber sido cortaziano, de no ser por aquel tonto del haba y su bocina. Si en su cuento La autopista del sur Julio Cortázar imaginaba a conductores que se ofrecían sándwich de jamón y vasos de granadina y se enamoraban y morían con naturalidad en mitad de un embotellamiento canicular y parisino, en el nuestro (que podría haber sido la cara B de aquel cuento y titularse La autovía del Norte), los conductores disfrutaban en calma de  la coartada perfecta de la nevada para, por un día, llegar tarde al trabajo, y lo único que se escuchaba era la música tranquila de sus radios o las risas de los niños y sus guerras de bolas o el crujido un poco denteroso y a la vez adictivo de la nieve recién hollada por los felices transeúntes…

Todo eso hasta que llegó aquel tonto del haba y su bocina. ¿Qué pretendía? ¿Tenía más prisa, se sentía más importante que el resto de los conductores? ¿Creía que estos tenían sus coches detenidos para contemplar alelados cómo caía la nieve? ¿Cómo sonaría una bocina cuando te la metían por el culo?

La expresión tonto del haba, y su apócope tontolaba, tiene su origen en una tradición navideña de  la soldadesca de los tercios de Flandes, que escondía un haba en un bizcocho, de tal suerte que  al que le tocaba en su ración durante unas horas podía mandar y sobre todo desmandar en los demás. Eso luego evolucionó hasta el roscón de reyes, por una parte, y por otra hasta elegir delegado en el instituto al más lerdo de la clase. Hoy, además, el original tonto del haba es el previsible tonto de la bocina. Y su claxon el reclamo que despierta el instinto gregario y propenso a la bulla de la especie humana carpetovetónica. Y así, en menos de un minuto, lo que podía haber sido un atasco modélico, civilizado, noruego, se convirtió en un guirigay de pitos, insultos escupidos por la ventanilla y disparos a las alas sanas de las palomas de la paz.

La bocina como paradigma del mundo en que vivimos, en el que meter ruido parece ser la única solución para todos los atascos. El ruido mediático de las noticias, que anestesian por saturación; el ruido de los likes en las redes sociales, que calman nuestras conciencias o nuestra ira; el ruido de la política-espectáculo,  con su información invasiva y excesiva, copándolo todo, sobreponiéndose a los auténticos problemas y dramas de la gente común…

Hemos decidido seguir a los hombres-bocina, en lugar de gobernarnos a nosotros mismos, de intercambiarnos mantas y cargadores de móviles en los embotellamientos. Hemos dejado nuestros destinos en manos de los líderes mesiánicos y narcisos de la vieja nueva política y en su ruido. Todo ello mientras la fila apenas avanza y la nieve sigue cayendo, como un maná que se deshace cuando intentamos atraparlo con las manos.

Patxi Irurzun

 

Síndrome Calimero

mar 16, 2016   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

Publicado en “Rubio de bote”, semanario ON (12/3/16)

Podría ser peor, como contaré al final, pero a mí nadie me toma en serio. No hay manera. Cada vez que, por ejemplo, en casa me salta el aceite mientras les frío las alitas de pollo a los niños oigo sus carcajadas desde el cuarto de estar, eso si no aparecen en la cocina para meterme el dedo en las llagas, señalándome tronchados de la risa.  También es cierto que cuando me quemo se me escapan unos gritos un tanto ridículos, como si tuviera dentro un jugador de tenis. Pero duele. Sufro. Lo paso mal. Y no está bien, niños,  reírse de las desgracias de los demás, por muy cómicas que resulten.

No culpo a mis hijos, de todas maneras, la cosa viene de lejos. Una vez, en el colegio, me di un trompazo monumental. Fue durante uno de aquellos recreos caóticos y peligrosos en los que el patio se convertía en una madeja enredada de partidos de fútbol, con balones volando descontrolados en todas las direcciones. Aquel día, además, llovía como si el cielo fuera un enorme acuario al que se le había roto el fondo, y a mí, que aquel día estaba de portero y un tanto aburrido (a veces los partidos se enquistaban en una melé en la otra esquina del patio y así podía transcurrir el recreo entero), se me ocurrió imitar a Nadia Comaneci y colgarme del larguero, con tan mala suerte que como este estaba mojado, los dedos de la mano se me escurrieron y caí de espaldas contra el suelo, golpeándome la nuca. Fue uno de esos impactos que duelen también al que oye y reconoce el sonido del hueso quebrarse. De hecho,  cuando me levanté —o más bien cuando mi sentido del ridículo me puso en pie— e intenté echar a andar noté que algo en mi cabeza se había descalabrado, pues desde ella se transmitían a mis piernas una especie de entrecortados impulsos eléctricos.

—¡Ja, ja, ja, mira como hace el robocito! —oía a los demás morirse también, pero ellos de la risa.

Por suerte, aquel apagón de mis transmisiones nerviosas que me convirtió involuntariamente en Michael Jackson, duró apenas unos segundos, al cabo de los cuales estaba otra vez defendiendo como un campeón mi portería.

Me quedaron algunas secuelas, sin embargo, y al mediodía, mientras comía en casa, me desmayé en dos fases, primero sobre la ensalada y después de nuevo de espaldas contra el suelo de la cocina. Esta es la parte de la que recuerdo algo, el nuevo golpe que paradójicamente me hizo recuperar el conocimiento. Lo otro,  la fase ensalada,  la conozco porque me la han contado mis hermanos, pero al parecer debí de estar durante un buen rato restregando mi cara, hundida en el plato, contra una rodaja de tomate, sin que a ninguno de ellos mi comportamiento les pareciera extraño o fuera de lo habitual.

—Pensábamos que era alguna gansada de las tuyas —dicen.

Y así, claro, no hay manera, es imposible que te tomen en serio, las señoras mayores se me cuelan en la fila del autobús, los críticos literarios me ignoran, mis hijos no me respetan… Y al final tengo que acabar enfadándome, gritando, perdiendo los nervios, transformándome en un antidisturbios, en un energúmeno, en un notas, publicando con seudónimo, y enfadándome también conmigo mismo por ello, por verme obligado a ser alguien que no soy, algo que odio.  Es el síndrome Calimero, en definitiva.  Hago reír cuando debería dar pena. Solo hay una cosa peor que esa: dar pena (o penica) cuando quieres hacer reír. Espero que no sea el caso.

 

Patxi Irurzun

ENTREVISTA A ADELAIDA ARTIGADO

mar 8, 2016   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments

DSC00029Publicado en Gara 07/03/2016

“No me callaba ante nada ni nadie. Por eso no me enseñaron a escribir”
Adelaida Artigado. Escritora

Adelaida Artigado aprendió a escribir con 27 años, pero es contadora de historias y sentimientos desde que nació. De las historias que otros prefieren no contar y muchos no oír. En el colegio no consiguieron domarla y el castigo fue negarle el alfabeto. Su escuela fue la calle. Su primer libro lo escribió para no hacer daño a su madre. Y el que acaba de publicar, A un latido de distancia, es una colección de historias de presos y cárceles, como pequeños rayos de luz colándose y alumbrando las zonas más oscuras de las prisiones.

Adelaida Artigado (Valencia, 1966) es, además de escritora, limpiadora, pero, recalca, es la misma persona, igual de importante, con el bolígrafo que con una fregona entre las manos. A un latido de distancia es su tercer libro y está editado por Txalaparta, con prólogos de Lucio Urtubia y Fernando “Alcatraz” y epílogo de Irma Leites. En sus páginas la escritora valenciana recopila, entre otras, historias de presos vascos, tupamaros o panteras negras, en las que habla de tortura e injusticia, pero también de dignidad y libertad.
Cuéntenos cómo empezó a escribir…

Empecé a escribir por una mentira que le eché a mi madre. Yo había estado detenida en Marruecos por inmigración clandestina y cuando iba a viajar allí mamá se quedaba muy intranquila. Para evitarle preocupaciones me inventé que iba a viajar a París porque iban a editarme un libro. A mi vuelta y ante la insistencia a su pregunta, “¿Pero te van a editar?”, me vi en la obligación de escribir un libro para ocultar ese pequeño embuste. Escribí un libro con una ventaja; mamá no sabía leer. Lo escribí en quince días. Mi colega Fernando “Alcatraz” lo corrigió y lo maquetó. Lo metí en una web de autoedición y compré un ejemplar para mamá. Al estar en descarga gratuita lo leyó un editor e inmediatamente se publicó en Nueva York.

De todas maneras, antes de aprender a escribir, usted ya tenía dentro muchas historias que contar, muchos sentimientos dentro que necesitaba expresar.

A mí en la escuela no me querían por expresarme demasiado. Con siete años se me “diagnosticó” inteligencia deficiente. No sé quién hizo esa valoración pero los resultados fueron lo que a día de hoy se denomina Discapacidad Cognitiva Grave. Por supuesto nunca tuve un pelo de tonta. El problema era que siempre decía lo que nadie quería escuchar. Las injusticias las gritaba y no me callaba ante nada ni ante nadie. Por eso no me enseñaron a escribir. No tuvieron la ética de alfabetizarme. Mi rendimiento intelectual debía de ser nulo para que permaneciera en una categoría inculta e ignorante. Antes cantaba y contaba mis sentimientos de forma verbal. Ahora lo hago de forma oral y escrita. El problema es que digo lo que nadie quiere escuchar y escribo lo que pocas personas quieren leer.

A un latido de distancia no es su primer libro

Mi primer libro fue el que escribí para mi madre. Ese libro fue, como te he dicho, una mentira. Yo no deseaba que se editara; al menos en Nueva York, pero me dejé convencer. Después escribí un segundo libro que le dediqué a un colega que se estaba muriendo. También fue algo muy rápido porque el tiempo apremiaba. Él tenía un cáncer terminal. Lo escribí en dos meses y artistas de muchos lugares el mundo lo ilustraron. Hice lo mismo que con el libro de mamá; lo introduje en la web y compré un ejemplar. Ángelo murió un mes después. Yo no quise publicarlo aunque se me insistió en ello. Se hizo una edición artesanal y limitada de 25 ejemplares que regalé a los colaboradores.
Pero para mí A un latido de distancia es mi primer libro. La siento mi “obra maestra”.

¿Por qué decidió escribir un libro sobre las cárceles, influye alguna situación personal, conocía ya el mundo de las prisiones?

La decisión de escribir un libro sobre prisiones no fue mía. Mi colega Fernando me lo sugirió a raíz de unas jornadas que se organizaron: “Cárcel = Tortura”. Fernando ha sido mi impulsor en el mundo de la escritura. Él me propuso escribir este libro porque considera que tengo una gran empatía con el sufrimiento ajeno. Plasmo muy bien los sentimientos y soy capaz de resumir en pocas palabras muchos sentimientos y sufrimientos.
Sobre lo de conocer el mundo de las prisiones, mi hijo ha estado preso. Yo conozco la vida tras los barrotes, como te he dicho, por inmigración clandestina. Todos mis grandes colegas han pasado por la cárcel. Bien como presos políticos, bien como sociales. A las que nos parieron las calles siempre andamos entre vagos, maleantes e ilegales, lo mejor de cada casa.
El libro es un recorrido por diferentes prisiones e historias del mundo y a lo largo de la historia ¿cómo ha sido la labor de investigación?

Fernando es una de las personas más implicadas en la lucha anti prisiones que hay en el estado español. Él tiene dosieres desde el nacimiento de las primeras prisiones hasta el día de hoy. Otros documentos los busqué personalmente en archivos históricos, hemerotecas… También he recurrido a muchos testimonios personales que para mí han sido los más interesantes. Este fue un trabajo de tres años y medio de investigación. Creo que hice una buena labor en cuanto a recopilación e información.

Es más “fácil” hablar de la situación y de las injusticias de presos cuando estos están lejos, pero no tanto en casos más cercanos como el de los presos vascos, que usted sí ha abordado en alguno de los relatos…

Titular el libro A un latido de distancia es por la proximidad que he sentido con cada una de las personitas que en él describo. Sin ponerme fronteras ni distancias. De hecho, te diré que si he de hablar de dificultades, para mí unos de los relatos más difíciles ha sido el de un ciudadano vasco: Joseba Arregui, del que por cierto, este mes de febrero se cumplen 35 años de su asesinato. Con Joseba me cerraban todas las puertas a las que llamaba y nadie quería darme información; al menos información que a mí me pareciera fiable. No por ello me aflojé. Todo lo contrario, me dio más fuerza para escribir y describir las tortura y la ejecución del muchacho. Afortunadamente, Fernando Viñuelas, de KM Luburutegia de Donostia tuvo la amabilidad de buscarme, escanearme y enviarme todos los artículos de Egin que hacían mención a Joseba. Como él diría después de recibir las torturas y antes de morir: “Oso latza izan ha”. Y sí, con Joseba fue muy difícil.

Literariamente algunos de los relatos tienen cierto tono a lo Galeano, a quien usted además conoció.

Es normal que esté influenciada con Galeano. El primer libro que yo leí fue Días y noches de amor y de guerra. Me lo regaló una colega cuando cumplí 30 años. Con él aprendí a leer porque antes no sabía. Para mí Galeano fue mi maestro. Yo le admiraba y sus palabras me encandilaban.

El mensaje del libro es claramente abolicionista, ¿qué papel cree que cumple en las sociedades modernas la cárcel y cuál sería la alternativa a ella?

Las cárceles son las cloacas para pobres y rebeldes. Y cada día un negocio más rentable. Como describo en el libro, Cobi, la mascota olímpica, la hicieron los presos. Multinacionales como Adidas han tenido concesiones en prisiones con mano de obra barata. Toda una organización burocrática- administrativa de asistencia judicial, social…genera grandes beneficios. Empresas como Hidroeléctrica, Telefónica, Banco Santander, Fomento de Construcciones y Contratas, El Corte Inglés…ganan millones en las cárceles. El negocio penitenciario es un entramado muy productivo. Aquí voy a citar a la tupamara Irma Leites que ha participado en este libro con su experiencia tras ocho años de torturas en las cárceles de la dictadura uruguaya: “Deseo que la libertad esté por encima de la propiedad”. Porque, por ejemplo, de ser libre Euskal Herria, ¿cuántos presos políticos habría? Y si no existen codiciosos, ¿quién se va a rebelar? Y si no hay propiedad, ¿quién iba a robar?

Por último, el libro de Txalaparta, ¿que aporta de nuevo respecto al original, editado por Tokata?

Me gustaría explicar la gestación de este libro: como he dicho fue una sugerencia de Fernando que sería mi primer editor (Tokata). Para él escribí lo que sabía que le iba a gustar porque le conozco bastante bien. Cuando se acabó el libro, como soy bastante osada, le envié el libro a Txalaparta (hay que reconocer que es el sueño de todas las escritoras de izquierda radical). Esperaba un no por respuesta. Mi sorpresa fue que a Jon Jimenez (mi editor) le gustó bastante y me habló de la posibilidad de editarlo. Tuve dos sentimientos muy contradictorios; me sentía feliz a la vez que desleal. Me disculpé con Jon por mi impulsividad, pero yo me había comprometido con Tokata y mi palabra tiene un peso. Jon no puso objeción; “Edita con Tokata y el año que viene con nosotros”. A Fernando también le pareció buena idea y así se hizo. Gesto que le agradezco a Fernando y nunca olvidaré. Fíjate; de ser analfabeta, pasé a tener dos editores para una misma obra.
La edición de Tokata tiene relatos que no aparecen en la de Txalaparta y viceversa. Jon me sugirió añadir para Txalaparta más relatos de presos vascos. Y a mí, solo tienen que decirme que quieren que escriba que yo lo plasmo en pocas palabras y con mucho gusto.

Páginas:12»
ga('create', 'UA-55942951-1', 'auto'); ga('send', 'pageview');