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Archive from noviembre, 2015

MIS PEZONES. Y LOS DE ARTUR MAS

Nov 23, 2015   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en ON (periódicos del Grupo Noticias) 21/11/15

Hoy voy a hablarles de mis pezones. Los pezones son siempre un tema jocoso y recurrente. Sirven lo mismo para una conversación de ascensor (“Hoy tengo los pezones picudos”. “Sí, parece que por fin va entrando el invierno”) que para un examen sorpresa: “Los pezones en la antigüedad. Pezones famosos. Dios y los pezones. Los pezones de Rajoy. Y los de Artur Mas. La desconexión de los pezones. ¿Cómo hay que tocar los pezones? Un kilo de pezones. Estudio de los pezones en Amanece que no es poco. Pezones e ingles. Pezones y plagio. Pezones y disposición transitoria cuarta. ¿Para qué tienen pezones los hombres?”.

Esta última nunca me la he sabido. De hecho, yo no me di cuenta de que tenía pezones hasta los dieciséis años, durante un verano que me hice piesnegros. Solía dormir en la playa de la Concha y todas las mañanas que me despertaba vivo nadaba hasta el gabarrón para saludar al sol estirándole de los cojones desde un trampolín. Y para lavarme los sobacos. Una de aquellas mañanas en las que las bandas de niños pijos con jerseys atados al cuello tampoco habían conseguido descalabrarme tirándome sillas y bolas de helado desde el Paseo, mientras practicaba el croll, comencé a ser consciente de mis pezones. Ahora que lo pienso, puede que en realidad antes ni siquiera estuvieran ahí.  Puede que mis pezones descapullaran entonces, como plantas marinas, como corales rosas, como dulces y pequeñas tetas de monja deshaciéndose en saliva… No lo sé. Lo único que recuerdo es aquel picor en mis pechos. Miles de pececillos filólogos acudían a mordisquearlos, atraídos por la fonética rotunda y familiar de esa palabra: pezón. Era un picor insoporteibol, de modo que cambié de estilo  y comencé a nadar a espalda y mis pezones enrojecidos se convirtieron entonces en boyas, en salvavidas, en lanchas de la Cruz Roja y a uno de ellos se agarró Alfonsina Storni y al otro un surfista demediado que venía colgado de los dientes de una orca. Llegué al gabarrón mareado, y me dejé caer exhausto sobre la plataforma. Todo daba vueltas. El sol orinaba sobre mi rostro una lluvia amarilla de luz y revancha, protegiéndose, eso sí, los cojones con una nube. Los otros bañistas me besaban en la boca, pero lo hacían desganados, sin lengua y sin amor y sin respeto alguno por los primeros auxilios, como si temieran que al recuperar el conocimiento yo les fuera a pedir veinte duros para un katxi-katxi de kalimotxo… No sé cuánto tiempo estuve allí. Pero cuando me desperté los pezones todavía seguían ahí. En carne viva.

Todavía hoy, de vez en cuando, me siguen picando, y cuando me los rasco siento elevarse desde ellos el olor a salitre, a sangre (mía y del surfista), a sol… Un olor antiguo, inmemorial, que lo mismo viene desde el futuro. Quizás los hombres tenemos pezones porque en otra glaciación fuimos o seremos mujeres. Y viceversa. Quizás cuando amamantemos a nuestros pececillos el mundo será por fin un lugar más habitable. Nuestros pezones están muy desaprovechados. Hay que mirárselos, tocárselos, chupárselos más e ir menos al fútbol y a la guerra. Pezones y desarme. Tratamiento gráfico de los pezones en el Marca. ¿Tienen pezones los piesnegros? El pezón, la pesca de bajura y la filología. ¿El antónimo de pezón es pezoff?

NUEVAS AVENTURAS DE PUTOSO

Nov 9, 2015   //   by Patxi Irurzun Ilundain   //   Blog  //  No Comments
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Publicado en ON, suplemento de los diarios de Grupo Noticias (7/11/15). Foto: Patxi Irurzun

Escribir es a menudo como enviar mensajes en botellas que nunca sabes si llegan a alguna orilla, si, por el contrario, son destruidas contra las rocas por el oleaje o si se pierden confundidas en un océano de cristal y éter, poblado por millones de náufragos con whatssap y cuentas en redes sociales que tampoco dejan de arrojar al vacío sus corazones y otras vísceras embotelladas.

Hace algunas semanas contaba desde esta isla la historia de Putoso, el enorme oso de peluche que me encontré abandonado una mañana junto a unos contenedores de basura. En la habitación de mi hijo había un oso exactamente igual a él, uno de sus quinientosmilillizos, y cuando subí a casa el muñeco me miró con los ojos del revés, clavándomelos como alfileres, de modo que tuve que volver a la calle a rescatar a su hermano. Demasiado tarde. Para cuando llegué aquel oso sintecho había desaparecido, no supe si engullido por el camión de la basura o adoptado por alguien con un corazón más ágil que el mío —y así terminaba el artículo, lanzando aquella duda al mar—.

Para mi sorpresa, durante las semanas siguientes recibí varios emails en los que me decían que habían visto a Putoso aquí y allá, durmiendo sobre la cama de un albergue en Bilbao, colgado por las orejas en un tendedero en Tudela o secuestrado por un hombre con una furgoneta en todas partes. Putoso, pues, o un plantígrado que se le parecía mucho, se había hecho mochilero, había escapado al triste destino que según pude saber aguarda a miles de sus congéneres (durante aquellos días recibí también unas cuantas fotos de osos de peluche desahuciados, abandonados en la basura, e incluso pude saber que hay una especie de subgénero fotográfico dedicado a ellos). Pero lo más curioso sucedió hace unos días, cuando en el autobús se me acercó un señor y me preguntó si yo era rubio de bote:

—Sí, hombre, el que escribe esa sección en el ON—me dijo, mientras yo me mesaba algo ofendido mis canas naturales—. Pues yo soy el que encontró a Putoso—se presentó a continuación, y en su cara se dibujó una sonrisa como un sol de invierno, que se nubló cuando añadió que, por desgracia, algunos días después él también tuvo que deshacerse del peluche…

No pude preguntarle el motivo (quizás Putoso era un oso conflictivo, con el que no resultaba fácil convivir, un oso pedorro o al que le gustaba el reggaeton) porque justo en ese momento el hombre llegó a su parada y tuvo que bajarse del autobús.

Daba igual. A mí casi se me saltaron las lágrimas. Alguien recogía mis mensajes en una botella. Alguien leía mis historias e incluso las prolongaba, las hacía suyas. Escribir es un oficio solitario, un oficio de náufragos, que requiere de alguien que lance el flotador de su lectura. La literatura es un diálogo extraño, complicado, en el que los interlocutores están separados por una mampara de papel. Por eso, de vez en cuando, es estimulante que alguien abra una brecha en ella y que se deje ver, que permita que entre el aire, ese aire que ventila la habitación del escritor y hace que huyan los fantasmas que la habitan: la soledad, la inseguridad, el preguntarse si lo que haces tiene algún sentido, vale para algo, para que alguien se ría o se emocione o se indigne… Yo, al menos, recibo entusiasmado ese tipo de mensajes o comentarios y los agradezco con toda mi alma de rubio de bote. De hecho, estoy esperando más emails o fotos que me informen de las nuevas aventuras de Putoso, el oso de peluche con el corazón vagabundo.

 

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